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El principio del camino

“El futuro no está por venir. El futuro es lo que hacemos ahora”

Este no es el final de su vida, sino el inicio de una vida distinta

Es ley universal que todas las despedidas dejan un extraño sabor de boca. Esta, sin duda, se merece unas palabras. Si todo va bien, el mes que viene no habrá facultad a la que acudir a diario a aprender Periodismo. No habrá universidad de la que quejarse ni compañeros con los que reírse del futuro. Bueno, los habrá, pero nuestros escenarios ya no serán los pasillos de Filosofía y Letras, esa facultad en la que con mucho orgullo nos hemos colgado el título de “más numerosos y más ruidosos” que los demás estudiantes de Letras. El pasado sábado se habló durante muchas, muchísimas horas de futuro. Los que pasamos de graduandos a graduados nos sentimos unidos en el desprecio a la pregunta: ¿Qué vas a hacer el año que viene? Un discurso, muchas conversaciones o incontables bailes nos ligaron también en la obligación de darle a estos cinco años de carrera un final digno que haga honor a todos los sentimientos y pensamientos que nos han asaltado durante los que dentro de algún tiempo recordaremos como aquellos maravillosos años.

Hoy la vida nos obliga a madurar. Nos han repetido hasta la saciedad que hoy es el día en el que nos hacemos adultos, que es el momento de enfrentar la vida, que hoy empezamos a vivir. La pregunta ¿Qué quieres ser de mayor? ya no tiene proyección futura, sino que debería haber sido ya respondida. Bueno, no hay que ponerse tan melodramáticos, mejor intentemos resolver otras ecuaciones, como aquellas que nos lleven a descubrir quién queremos ser de mayor, es decir, quién queremos ser. Estos son los días en los que el corazón se ablanda y las gargantas tiemblan. En estas fechas solo se reciben mensajes de ánimo a través de palabras emotivas de personas maravillosas que han sido compañeros de camino durante estos años y que lo serán a partir de ahora, pero en una selva mucho más grande, más competitiva y más dispuesta a borrarnos de las listas.

Es imposible resumir lo que esta carrera ha significado para cada uno de los que la elegimos. Con ella y por ella hemos crecido, madurado y aprendido a vivir, a conocernos y a valorarnos. Nuestros ojos y su forma de ver el mundo, de leer los periódicos, de entender la vida… han cambiado radicalmente desde aquel día en que seleccionamos el Periodismo como nuestra primera opción de vida. Sin embargo, debo confesar que lo que más ha significado para mí de esta carrera han sido las personas que he conocido a través de ella en Valladolid, Lieja y Madrid, y, por supuesto, los lugares a los que esas relaciones me han llevado, tanto físicos como intangibles… entre ellos, a La cocina del elefante, donde me he quedado a vivir. De mis compañeros he aprendido lo que significa no dejarse amilanar ante una problema, no conformarse con el mundo que nos han dejado y no descansar hasta conseguir ser quien quieres ser. Y que las dificultades, por muy gordas que parezcan, siempre se hacen pequeñas después de un rato de sanas, contagiosas e irreductibles carcajadas. Con ellos he aprendido, reído, soñado, viajado, estudiado… pero también con ellos he llorado, me he frustrado y me he superado a mí misma. Uno nunca conoce sus límites hasta que se acerca a ellos, eso lo aprendí en el Camino de Santiago. Y un poeta contemporáneo me enseñó: Pie detrás de pie, no hay otra manera de caminar.

Así se despedía de nosotros una buena profesora: Que no temáis a ningún Poseidón (crisis o como quieran llamarlo), mantened alto el pensamiento y limpia la emoción. Así lo haremos, no quepa duda, porque el futuro es para los valientes. Palabra de elefante.

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Publicado por en 25 de junio de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Hustle and bustle

Hoy hace seis meses que vivo oficialmente en Madrid

Esta ilustración de ROBERSON está tomada de cuadernodelegados.blogspot.com

Madrid cambia, pero es tarea de uno mismo que el cambio sea para bien. Probar a romper la rutina y volver de repente a una ciudad pequeña, hermosa y lenta después de haber hecho la mente a Madrid es difícil hasta si se pretende ir de compras. En otras ciudades la gente no corre, no emplea horas en llegar al trabajo y, desde luego, no está entrenada para esquivar personas constantemente y caminar de manera cuadriculada. Aún no se ha decidido si Valladolid es una ciudad pequeña o grande, pero lo cierto es que tiene el tamaño idóneo para vivir sin agobiarse y sin sentir que falta algo, y eso que el centro de la ciudad no ha sido aún colonizado por los grandes imperios de nuestra generación. Eso me gusta.

Hay muchas recetas para sobrevivir en Madrid. Una de ellas, la cual recomiendo, es convertirse en lo que Noemí Hernández llama “un férreo optimista”. Una de las primeras cosas que hay que tener claras en todo momento es que no importa cuánto tiempo lleves viviendo allí para adaptarte, pues la mayoría de sus ciudadanos están educados por un reclutamiento al que los de fuera nunca hemos sido invitados. En Madrid el día se compone de pequeños espacios de tiempo; por ejemplo, el rato que tardas en (no) desayunar. Las jornadas se sienten muy largas y están muy cargadas de actividad. Lo esencial para no caer en la tentación de permanecer durmiendo toda la mañana es no pensar en la cadena de acciones cotidianas que son necesarias para que termine el día.

Edificio Metrópolis de Madrid. Esta fotografía fue tomada el 17 de noviembre de 2011 por una servidora (Elena Lozano).

Nada más hacer la mudanza uno se da cuenta de que los colores del cielo de Madrid son diferentes. Es cierto que los atardeceres adquieren tonalidades nunca antes apreciadas, aunque el dato se pierde si se recae en quién tiene la culpa de ello: la boina de contaminación. El cielo es un espacio al que poca gente mira, pues las condiciones meteorológicas se sitúan en un segundo plano. Solamente se percibe que ha llovido por los charcos que aparecen en el suelo de los pasillos del metro, y molesta la lluvia únicamente porque retrasa el camino hacia la obligación, porque aumenta el número de frustraciones cotidianas por las que el subterráneo te obliga a pasar cada día. Perder calorías por los pasillos, escuchar los gritos del metro, bajar las escaleras a toda prisa, doblar la esquina y comprobar que se trata del tren del andén de enfrente. Pocas ciudades influyen tanto en el estado de ánimo como aquellas en las que estás obligado a agobiarte por todo. Precisamente esa es la razón por la que los artistas del metro existen aquí. Son más necesarios que nunca, porque son uno de los pocos factores que te obligan a salir del ensimismamiento y la individualidad que adquieres al hacerte el abono de metro.

Madrid no es solo Gran Vía, y no todo son famosos, musicales y tiendas de marca. Lo primero que aprendes al llegar es que eres pequeño, muy pequeño. De hecho, eres insignificante. Es cosa tuya hacerte un hueco. Eso sí, no venir es un error si piensas que realmente vale la pena.

Aviso para soñadores: aunque todo parezca perfecto, no lo es. En Madrid, muchas veces te sientes solo. Y también con la autoestima por los suelos (está llena de gigantes que te hacen sentir diminuto). La gente es muy independiente (a la fuerza), la ciudad es demasiado grande como para hacer planes para el mismo día, tienes que pasar horas y horas fuera de casa, comer en el trabajo, rendirte a la muchedumbre solitaria del metro y sacrificar parte de tu vida social. Pero, como todo en la vida, es una elección.

Marina Vega, ‘Vivir en Madrid o la mili moderna’.

http://www.informauva.com/?p=1114

 
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Publicado por en 3 de abril de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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