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Pulmones

Inglourious Basterds

De nuevo, días repletos de nada, de gris y de niebla. Hay demasiados pulmones ahí fuera intentando desestabilizar nuestro mundo. Demasiados balones de oxígeno salvando las vidas que nosotros no podemos rescatar. Este fin de semana el oxígeno se terminó para Enrique Meneses, el mejor ejemplo de que el Periodismo no se aprende en las aulas, sino en la calle. Un hombre cuya sangre era tinta y cuyos ojos fotografiaron tanto la crueldad más pura del ser humano como su cara más amable. Él se marcha, pero nosotros nos quedamos a echar el último baile.

Cada semana se cae en el riesgo de echar de menos el aire contaminado de Madrid. Las vías respiratorias están más tranquilas, sí, pero la cabeza está demasiado relajada cuando empieza una a reacostumbrarse al ritmo lento de Valladolid. Ahora que 2013 se presenta como un gigante imbatible lleno de pruebas desde los primeros días, crecen las oportunidades, el desaliento, los sueños y las pesadillas. Y, sobre todo, los sobresaltos sin motivo en medio de la noche y las pequeñas obsesiones sin sentido.

Las Navidades siempre son familiarmente productivas. Las calles se llenan y Valladolid, por unos días, parece habitada. Se enfrentan a la crisis los langostinos, los Reyes Magos y el carrusel de la Plaza Mayor. Hay más colores que de costumbre. Sin embargo, las Navidades tienen un problema. Es esa sensación de vacío que dejan a su paso, ese miedo repentino a no se sabe qué. Los días más felices ocurren a final de año, cuando aún no nos ha dejado ciegos la excesiva iluminación de las calles. En enero, los días siempre son de color rojo.

Hay quien está perdiendo el aliento, pero aún hay otros pulmones que nos recuerdan que la vida va en serio y que llegar a la meta ha de ser nuestro latido. Que no entre líquido malicioso en ellos, sino aire puro, como el que Trapseia intenta insuflarme gracias a su pequeño reconocimiento. La vida puede ser maravillosa. Quizás no hoy, pero sí mañana. 

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Publicado por en 9 de enero de 2013 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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El principio del camino

“El futuro no está por venir. El futuro es lo que hacemos ahora”

Este no es el final de su vida, sino el inicio de una vida distinta

Es ley universal que todas las despedidas dejan un extraño sabor de boca. Esta, sin duda, se merece unas palabras. Si todo va bien, el mes que viene no habrá facultad a la que acudir a diario a aprender Periodismo. No habrá universidad de la que quejarse ni compañeros con los que reírse del futuro. Bueno, los habrá, pero nuestros escenarios ya no serán los pasillos de Filosofía y Letras, esa facultad en la que con mucho orgullo nos hemos colgado el título de “más numerosos y más ruidosos” que los demás estudiantes de Letras. El pasado sábado se habló durante muchas, muchísimas horas de futuro. Los que pasamos de graduandos a graduados nos sentimos unidos en el desprecio a la pregunta: ¿Qué vas a hacer el año que viene? Un discurso, muchas conversaciones o incontables bailes nos ligaron también en la obligación de darle a estos cinco años de carrera un final digno que haga honor a todos los sentimientos y pensamientos que nos han asaltado durante los que dentro de algún tiempo recordaremos como aquellos maravillosos años.

Hoy la vida nos obliga a madurar. Nos han repetido hasta la saciedad que hoy es el día en el que nos hacemos adultos, que es el momento de enfrentar la vida, que hoy empezamos a vivir. La pregunta ¿Qué quieres ser de mayor? ya no tiene proyección futura, sino que debería haber sido ya respondida. Bueno, no hay que ponerse tan melodramáticos, mejor intentemos resolver otras ecuaciones, como aquellas que nos lleven a descubrir quién queremos ser de mayor, es decir, quién queremos ser. Estos son los días en los que el corazón se ablanda y las gargantas tiemblan. En estas fechas solo se reciben mensajes de ánimo a través de palabras emotivas de personas maravillosas que han sido compañeros de camino durante estos años y que lo serán a partir de ahora, pero en una selva mucho más grande, más competitiva y más dispuesta a borrarnos de las listas.

Es imposible resumir lo que esta carrera ha significado para cada uno de los que la elegimos. Con ella y por ella hemos crecido, madurado y aprendido a vivir, a conocernos y a valorarnos. Nuestros ojos y su forma de ver el mundo, de leer los periódicos, de entender la vida… han cambiado radicalmente desde aquel día en que seleccionamos el Periodismo como nuestra primera opción de vida. Sin embargo, debo confesar que lo que más ha significado para mí de esta carrera han sido las personas que he conocido a través de ella en Valladolid, Lieja y Madrid, y, por supuesto, los lugares a los que esas relaciones me han llevado, tanto físicos como intangibles… entre ellos, a La cocina del elefante, donde me he quedado a vivir. De mis compañeros he aprendido lo que significa no dejarse amilanar ante una problema, no conformarse con el mundo que nos han dejado y no descansar hasta conseguir ser quien quieres ser. Y que las dificultades, por muy gordas que parezcan, siempre se hacen pequeñas después de un rato de sanas, contagiosas e irreductibles carcajadas. Con ellos he aprendido, reído, soñado, viajado, estudiado… pero también con ellos he llorado, me he frustrado y me he superado a mí misma. Uno nunca conoce sus límites hasta que se acerca a ellos, eso lo aprendí en el Camino de Santiago. Y un poeta contemporáneo me enseñó: Pie detrás de pie, no hay otra manera de caminar.

Así se despedía de nosotros una buena profesora: Que no temáis a ningún Poseidón (crisis o como quieran llamarlo), mantened alto el pensamiento y limpia la emoción. Así lo haremos, no quepa duda, porque el futuro es para los valientes. Palabra de elefante.

 
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Publicado por en 25 de junio de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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El Periodismo tiene que cambiar

Pero, ¿cómo?

El 3 de mayo se conmemoró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, y los periodistas, sus garantes, lo celebramos en las calles, nuestro legítimo lugar de trabajo.

Elena Lozano Santamaría

La ciudad de Miguel Delibes, a quien seguramente también le habría gustado cambiar las cosas para proteger nuestra profesión, fue testigo el pasado mes de abril del nacimiento de un texto al que, además, puso nombre. Surgida del seno de la LXXI Asamblea General de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), la Declaración de Valladolid es el nuevo manifiesto de los profesionales del sector periodístico en este 2012. Las cosas tienen que cambiar, o al menos eso opina el colectivo, que propuso una defensa del Periodismo en las calles españolas el pasado jueves 3 de mayo y acuñó término: el #periodigno.

La Declaración de Valladolid pide a los periodistas ser los protagonistas del necesario cambio que ha de vivir el Periodismo en nuestro país. Los desafíos se han multiplicado en poco tiempo en una profesión cuya crisis, que empezó hace décadas, se ha visto agravada con la ya célebre recesión en la que estamos inmersos. El oxígeno está empezando a terminarse y ya son demasiados los profesionales que han perdido su trabajo en la inmensidad de esta doble crisis. Nuestros representantes asumen que debemos ser los líderes de la transformación del sector, pero, ¿depende esto exclusivamente de nosotros?

La clave está en buscar y lograr un Periodismo de calidad. La FAPE nos exhorta a ser originales en los contenidos informativos, a adaptarnos a los nuevos tiempos, a impulsar nuevos proyectos periodísticos, a modernizar los obsoletos planes de estudios de las universidades, a cambiar la mentalidad de los editores y a huir de las ruedas de prensa sin preguntas y de las declaraciones enlatadas. Esto no depende solamente de los periodistas, sino que entran en juego un gran número de factores, como empresarios y universidades, por lo que cambiar el sistema solo puede ser fruto de un esfuerzo conjunto.

No obstante, sí es cierto que no podemos seguir esperando y soñando con que alguien de fuera nos saque de esta maraña. Si los periodistas no nos movemos, la situación se alargará hasta que sea insostenible, aunque, de hecho, ya estamos empezando a perder el equilibrio. Los despidos masivos y la precarización ya no pueden justificarse con la crisis económica. Los ERE en las empresas, por desgracia, han dejado de ser noticia al perder la condición de nuevo, pero están llegando ya a todos los rincones de la profesión, incluidos los grandes diarios.

La idea es que sin periodistas no puede haber Periodismo, y sin Periodismo no puede haber democracia. Eso sí, para hacer verdadera esta tesis es muy necesario un cambio, pero de raíz, pues hay fallos muy graves que es necesario solventar, como deja claro este manifiesto: “El futuro sigue estando, independientemente del soporte en que se exprese, en el Periodismo hecho con rigor, el Periodismo que contrasta la información, el que verifica lo que está ocurriendo, el que recurre al uso independiente y plural de las fuentes y el que cumple las normas éticas y deontológicas que rigen nuestra profesión”.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer nosotros? Entre otras cosas, salir a la calle y demostrar que no estamos bien, que no aceptamos lo que está pasando y que necesitamos un cambio, porque en caso contrario nuestra profesión seguirá devaluándose hasta un punto en que perdamos los valores que dieron origen al Periodismo. Necesitamos que manifiestos como este no se queden solo en el papel. Y lo que sí está en nuestra mano es que la figura del periodista sea, en palabras de la FAPE, la de alguien “bien formado y capacitado para jerarquizar la abundante información que circula, para cubrir las noticias que interesan y preocupan a los ciudadanos y para hacer las preguntas que temen los poderosos”.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 4 de mayo de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/05/falta-fotoel-periodismo-tiene-que-cambiar/).

 
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Publicado por en 7 de mayo de 2012 en Publicaciones, Uncategorized

 

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Hustle and bustle

Hoy hace seis meses que vivo oficialmente en Madrid

Esta ilustración de ROBERSON está tomada de cuadernodelegados.blogspot.com

Madrid cambia, pero es tarea de uno mismo que el cambio sea para bien. Probar a romper la rutina y volver de repente a una ciudad pequeña, hermosa y lenta después de haber hecho la mente a Madrid es difícil hasta si se pretende ir de compras. En otras ciudades la gente no corre, no emplea horas en llegar al trabajo y, desde luego, no está entrenada para esquivar personas constantemente y caminar de manera cuadriculada. Aún no se ha decidido si Valladolid es una ciudad pequeña o grande, pero lo cierto es que tiene el tamaño idóneo para vivir sin agobiarse y sin sentir que falta algo, y eso que el centro de la ciudad no ha sido aún colonizado por los grandes imperios de nuestra generación. Eso me gusta.

Hay muchas recetas para sobrevivir en Madrid. Una de ellas, la cual recomiendo, es convertirse en lo que Noemí Hernández llama “un férreo optimista”. Una de las primeras cosas que hay que tener claras en todo momento es que no importa cuánto tiempo lleves viviendo allí para adaptarte, pues la mayoría de sus ciudadanos están educados por un reclutamiento al que los de fuera nunca hemos sido invitados. En Madrid el día se compone de pequeños espacios de tiempo; por ejemplo, el rato que tardas en (no) desayunar. Las jornadas se sienten muy largas y están muy cargadas de actividad. Lo esencial para no caer en la tentación de permanecer durmiendo toda la mañana es no pensar en la cadena de acciones cotidianas que son necesarias para que termine el día.

Edificio Metrópolis de Madrid. Esta fotografía fue tomada el 17 de noviembre de 2011 por una servidora (Elena Lozano).

Nada más hacer la mudanza uno se da cuenta de que los colores del cielo de Madrid son diferentes. Es cierto que los atardeceres adquieren tonalidades nunca antes apreciadas, aunque el dato se pierde si se recae en quién tiene la culpa de ello: la boina de contaminación. El cielo es un espacio al que poca gente mira, pues las condiciones meteorológicas se sitúan en un segundo plano. Solamente se percibe que ha llovido por los charcos que aparecen en el suelo de los pasillos del metro, y molesta la lluvia únicamente porque retrasa el camino hacia la obligación, porque aumenta el número de frustraciones cotidianas por las que el subterráneo te obliga a pasar cada día. Perder calorías por los pasillos, escuchar los gritos del metro, bajar las escaleras a toda prisa, doblar la esquina y comprobar que se trata del tren del andén de enfrente. Pocas ciudades influyen tanto en el estado de ánimo como aquellas en las que estás obligado a agobiarte por todo. Precisamente esa es la razón por la que los artistas del metro existen aquí. Son más necesarios que nunca, porque son uno de los pocos factores que te obligan a salir del ensimismamiento y la individualidad que adquieres al hacerte el abono de metro.

Madrid no es solo Gran Vía, y no todo son famosos, musicales y tiendas de marca. Lo primero que aprendes al llegar es que eres pequeño, muy pequeño. De hecho, eres insignificante. Es cosa tuya hacerte un hueco. Eso sí, no venir es un error si piensas que realmente vale la pena.

Aviso para soñadores: aunque todo parezca perfecto, no lo es. En Madrid, muchas veces te sientes solo. Y también con la autoestima por los suelos (está llena de gigantes que te hacen sentir diminuto). La gente es muy independiente (a la fuerza), la ciudad es demasiado grande como para hacer planes para el mismo día, tienes que pasar horas y horas fuera de casa, comer en el trabajo, rendirte a la muchedumbre solitaria del metro y sacrificar parte de tu vida social. Pero, como todo en la vida, es una elección.

Marina Vega, ‘Vivir en Madrid o la mili moderna’.

http://www.informauva.com/?p=1114

 
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Publicado por en 3 de abril de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Duende del Sur

Fuente: Zahoяí (Flickr).

Pero qué bueno es salir un ratito de casa. Qué bueno es hacer caso a Chambao y perder un poco el Norte. Cambiar por unos días las ausencias de saludos y los toma el cambio, reina por las palabras más cortas e incansables que se conocen. En Sevilla los tópicos se cumplen, pero para bien. Hay salas donde se baila flamenco a las cuatro de la tarde. Hay figuras religiosas que te sorprenden por cada esquina. Y hay naranjos poblando sus calles. Es una ciudad educada que rebosa una alegría que nunca se hace pesada, ni siquiera para alguien acostumbrado y amante de la precaución castellana. 

Volver al Sur, pero esta vez un poquito más arriba. Pasar la tarde en el Valladolid de la Plaza de España y sentirse como en casa, pero en un marzo inimaginable en cualquier otro lugar. Y volvió Tánger a teñir las cervezas de recuerdos, y volvió nuestro pequeño choque de civilizaciones. Que no se dice chaleco, que se dice chaqueta. Que esto no es sangría, que es tinto de verano. Que qué increíble fue lo de Tánger. Que en eso estamos de acuerdo.

Sevilla tiene un color especial, sí, es el amarillo. Sus paredes pasan desapercibidas en las noches, pero destacan durante todas las horas del día en que el sol las alumbra con fuerza, un sol al que le gusta tanto el Sur que no lo abandona en ningún momento del año. Es por una cosa que en Andalucía se llama tener duende, ahora lo entiendo. Ya he comprendido sus razones. 

El Sur es diferente.

 
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Publicado por en 14 de marzo de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Hay algo que no es como me dicen

Mi versión del 17N comenzó como un día bastante corriente. Me levanté perezosamente de la cama y desayuné revisando en Twitter las noticias del día. Nadie mencionó que había huelga. En la parada de Islas Filipinas, justo antes de llegar al andén del metro que me lleva a Guzmán el Bueno, centré mi atención en un cartel ante el cual hay que pararse obligatoriamente, pero solo porque el giro para acceder a las escaleras así lo exige. La omnipresente figura de un Rubalcaba triunfante hacía las veces de altavoz de la campaña socialista e intentaba atrapar nuestro voto con el lema: Pelea por lo que quieres. Llegué a Ciudad Universitaria tarde, como casi siempre, y al alcanzar el edificio nuevo de la facultad me fijé en que varios carteles empapelaban las puertas. Uno de ellos decía: Propiedad privada. Suspiré y permanecí unos segundos mirándolo y pensando que, lamentablemente, un día aquello sería verdad. No era lugar para reflexiones aquel intermedio que enlaza el conocimiento con la calle y por el que pasan a diario cientos de universitarios, así que volví a tierra rápidamente y eché a correr a clase. La facultad estaba mucho más vacía que de costumbre.

Vayamos al grano. La privatización de la Universidad va a tener muchas consecuencias para todos los estudiantes que cruzamos varias veces al día ese umbral, disfrutamos de los pinchos de tortilla de la cafetería y frikeamos en las conferencias de Ciencias de la Información. Y para nuestros compañeros de otras facultades, universidades y centros educativos. Y para los profesores. Y para los escolares. Y para los padres. La Educación Pública o, mejor dicho, la Universidad pública se encuentra ahora mismo en el punto de mira de las grandes empresas. El gatillo de los recortes está a punto de ser accionado, aunque se han lanzado algunas flechas antes. Hace tiempo que se viene hablando de la famosa Estrategia Universidad 2015, que procedo a resumir para que no haya dudas. Entre otras medidas, la EU15 establece que la encargada de designar al rector (el cual nombrará a sus cargos subordinados) será una Junta de Gobierno formada por personas externas a la Universidad (empresarios incluidos); aparecerá el famoso Campus de Excelencia Internacional [página 7 del este documento], por el que las Universidades serán comparadas por medio de rankings globales y recibirán financiación pública extraordinaria los proyectos educativos más atractivos en función de intereses mercantiles, lo que traerá como consecuencia una mayor competitividad entre centros universitarios; las segundas y terceras matrículas subirán hasta cubrir el 50 y el 100% (lo que significa que las terceras matrículas en una asignatura podrán costar fácilmente 1.000€) o el fortalecimiento de las becas-préstamo. Pero es que en los documentos oficiales lo pintan tan bonito… No nos fiemos: hay algo que no es como nos dicen. De todas formas, ahí queda esa información resumida y comentada, cada cual que se forme la opinión que crea mejor.

Hace un par de días, mis oídos fueron testigos de algo así como esto: Todas las universidades deberían ser privadas. No hubo comentarios, pero un rato más tarde, con la cabeza mucho más calentita, estaba yo rumbo a Neptuno. El jueves pasado salí a la calle animada por compañeros de clase y por mi propio espíritu enrabietado con el cuadro educativo que nos están pintando. En Valladolid me consta que llegaron a manifestarse unas 400 personas (datos ofrecidos por asistentes a la manifestación, también fiables aunque no coincidan con los indicados en los medios) y en Madrid, dice El País que unas 26.000, entre las que me encontraba yo haciendo peripecias con una cámara prestada. No sé si esos números son ciertos o están exagerados, pero no me quita el sueño. Seguramente las cifras mientan, pero eso no es lo importante. Con que se hubieran manifestado tan solo los 400 vallisoletanos que llenaron la Plaza Mayor el pasado jueves, ya sería reseñable, porque esa pequeña cifra refleja que hay gente que no solo no está contenta, sino que está decepcionada y enfadada con la Educación pública que tenemos hoy en día.

No sé si el 17N habrá tocado un poquito la conciencia de algunos. En Madrid se pidieron las dimisiones de Esperanza Aguirre y Lucía Figar [Consejera de Educación y Empleo de la Comunidad de Madrid], pero quizás ni siquiera eso ha golpeado levemente las cabecitas de los que están arriba. Sin embargo, es necesario intentarlo y demostrarles que, al menos, no estamos de acuerdo con su manera de hacer las cosas. Por eso salimos a la calle. La Educación es un derecho de todos y protegerla, un deber de todos. Es una apuesta de futuro, la mejor inversión a largo plazo que podemos hacer para asegurarnos un sitio en el mundo. Necesitamos gobernantes con altura política suficiente como para entender lo que eso significa. Hoy es un día para reflexionar sobre el poder que nos otorga el derecho a voto. Ojalá los políticos reflexionen también.

#tomalauva, 17N

Las fotografías son de Irene Muñoz (abajo) y servidora, Elena Lozano (las dos primeras).

 
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Publicado por en 19 de noviembre de 2011 en Platos preparados

 

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