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No somos una generación perdida

Ser feliz es una forma de pasar por la vida

Esta fotografía es obra de Irene Muñoz, alias Neneando.

Con el paso de los años, la madurez nos obliga a tranquilizarnos y no saltar a la primera de cambio cuando algo nos enfurece. Sin embargo, pasa a veces, que algo nos molesta tanto, tantísimo, que progresivamente va creándonos una sensación primero de enfado y después de ira, que nos obliga, al final, a dejar que la rabia se encargue de elegir las palabras que salen de nuestros labios. Pues bien, ha llegado el momento en el que los elefantes explotan de rabia.

Un tweet fue el detonante de una idea que desde hace unos días no consigo sacarme de la cabeza. Los 140 caracteres hablaban, nuevamente, de la famosa “generación perdida”. De esa cantera del ’85 al ’90, más o menos, que no colaboramos en ninguna medida en la crisis, pero que la vamos a pagar, y con intereses, con nuestros futuro. Aún así, creo que cito un clamor muy extendido cuando afirmo que los niños de la Logse, los primeros hijos de Internet, los jóvenes de hoy en día, vaya, no somos una generación perdida. En ningún sentido. Puede que hayamos tenido las cosas más o menos fáciles, que nos espere un futuro mejor o peor, que nos merezcamos o no la jubilación cuando, con suerte, llevemos cuarenta años trabajando, pero ya se ha convertido en ofensivo que se nos meta a todos en el mismo saco y se nos tache, así como si nada, de “miembros de una generación perdida”. ¿Quiere decir esto que por culpa de la crisis y la consecuente falta de empleo nuestras vidas están perdidas o no valen nada?

Es necesario ser realista y admitir que existe la figura del nini, que es una persona que no solo no estudia ni trabaja, sino que no lo hace porque no quiere, al margen de que las circunstancias se lo impidan. Sin embargo, generalizar siempre entraña el riesgo de dejarse a alguien por el camino. La mayoría de los jóvenes nos hemos ganado el derecho a no ser, como indicaba aquí un gran compañero y maestro en el oficio, metidos en el mismo saco, como si todos fueran borrachos insolidarios, ninis apolíticos, vagos redomados, ronaldos tristes o pijos con manos de porcelana.

Miro a mi alrededor y lo que veo son jóvenes con mucho futuro. Con sueños que se van cumpliendo, que aspiran a algo más que quedarse de brazos cruzados, que publican libros, destacan en su oficio, renuncian a sus miedos y se marchan al extranjero para no ceder ante la desazón, que se enfrentan a retos del siglo XXI -como oposiciones o prácticas eternas- y salen airosos, que se forman constantemente, que sí estudian y sí trabajan, o que no estudian ni trabajan, pero porque las circunstancias y el poderoso caballero se lo impiden, pero que no tienen ni pizca de ninis. Y, ojo, que seguir soñando en tiempos de tormenta es muy difícil, pero se trata de jóvenes, en definitiva, que, a pesar de los monstruos de los ERE y los recortes, no se cansan de mirar más allá de los muros que nos impone la crisis y que nunca, nunca dejan de aprender. Para mí, esto significa aprovechar (y muy bien, por cierto) la vida, sean cuales sean las circunstancias. Esto también deberíamos contarlo.

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Publicado por en 20 de septiembre de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes, Platos preparados

 

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Arte (bastante) dramático

Una no sabe si quedarse durmiendo o salir corriendo.

Pero, ¿hacia dónde?

Es la tormenta. Sí, tiene que ser la tormenta la que nos está haciendo perder los papeles. Sabíamos (o, al menos, intuíamos) que la crisis nos iba a hacer cambiar la estructura de la obra, que los actos y las escenas se multiplicarían, pero no se nos pasó por la cabeza que podría destruir los guiones y redistribuir los papeles, lanzándolos al aire y repartiéndolos al azar. Tiene que haber sido el viento de la tormenta, porque, de repente, hemos perdido el Norte.

El guion ha cambiado, y el verano ha dejado de ser la estación más feliz del año para convertirse en un hervidero de informaciones negativas. Con nosotros, la época estival ha madurado y las noticias que han copado la escena informativa estos días, por sorprendente que pueda parecer, no han tenido nada que ver con el calor. Y con ellas, unos cuantos personajes que se presentaron al casting para secundarios, han acabado protagonizando nuestras vidas. Los papeles de jueces y abogados han cambiado de actores. Algunos diarios y televisiones, a raíz de la horrible noticia del presunto asesinato de dos niños a manos de su padre, han encontrado la excusa perfecta para aumentar sus ventas unos días. Resulta que, a veces, la sangre vende más que una verdad matizada, y hay quien no ha dudado en saltarse la oposición y, de paso, sus principios, para convertirse en juez y, ya que estamos, en el rey del share y del kiosko.

La comunidad twittera, por otra parte, también adopta de vez en cuando papeles que nunca se le concedieron. La influencia de los 140 caracteres es tan grande, que a veces mueve montañas, o casi. Un vídeo bastante personal de una concejala (no importan el nombre, el partido ni el contenido) fue publicado y difundido por todo el país en cuestión de horas. La mujer, que sin comerlo ni beberlo se convirtió en protagonista, retiró su dimisión al verse apoyada por la comunidad de las frases breves, que, en una suerte de fenómeno sociológico, interpretó un papel de Óscar como abogada y le ganó el juicio a la hipocresía y los prejuicios de quien solo gastaba su tiempo lanzando insultos por el desafortunado vídeo.

Me pregunto qué diría alguien que hubiera pasado los últimos diez años en coma y despertara de repente en este país de panderetas que hemos montado. La sola figura del tertuliano de los programas en un tiempo llamados de cotilleos dispararía sus ganas de volver al sueño. Es probable que se asustara de lo que estamos haciendo con todo. Igual es que estos tiempos solo los podemos aceptar los que hemos nacido en ellos. Pero de lo que no se sorprendería sería de ver toros en la televisión pública. Espontáneamente han vuelto a aparecer esas imágenes en las que el negro, el granate y el camel son protagonistas absolutos. Hasta en los colores ha cambiado la jerarquía y los secundarios han vencido a los protagonistas. Y, con los toros televisados, regresa el debate. Vuelve la cortina de humo a colmar nuestras conversaciones, mientras hay quien aprovecha la distracción general para recortarnos, a golpe de IVA, la sonrisa mañanera, las tontas alegrías y los sueños de tener un futuro.

¿Dónde quedaron los buenos tiempos? Nos educaron en que son los buenos los que triunfan al final de la película, pero de momento los malos nos están ganando la batalla. Será que aún queda mucho para el desenlace, porque las obras maestras nunca terminan en un punto álgido, que es donde nos encontramos ahora. Un momento en el que a los veinteañeros nos llaman generación perdida, justo cuando los principios de este país parecen regirse por una pandereta. Que levante la mano quien esté harto de ser llamado “miembro de una generación perdida”. Porque… perdida, ¿de qué? No conozco a muchos jóvenes a los que pueda meter en el saco de vidas perdidas, aunque es cierto que son tiempos raros. Estos son los años que relataremos a nuestros nietos como los peores de nuestras vidas, como aquellos en los que la tormenta y algunos personajes dotados de paraguas aprovecharon para robarnos las ilusiones durante un tiempo. Durante un tiempo, porque la tormenta siempre se pasa.

Pero seguro que, dentro de 50 años, en las verbenas de la pérgola te encontrarás a unos pucelanos que tuvieron que pasar su juventud con más paro del que hubieran querido, con menos oportunidades de las que se merecían, con más tijeretazos de los necesarios, con más mentiras de las deseables. Serán pucelanos que, rondando ya los 70, recordarán aquellos años en que los jóvenes eran metidos, con injusticia, en el mismo saco, como si todos fueran borrachos insolidarios, ninis apolíticos, vagos redomados, ronaldos tristes o pijos con manos de porcelana.

Víctor M. Vela, El Norte de Castilla, Fiestón feat. Pucela

 
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Publicado por en 17 de septiembre de 2012 en Platos preparados

 

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La aguja y el pajar

Viñeta de Antonio Mingote

En el periódico se ve en seguida, nada más hojearlo, que el mundo, en general, es un sitio espantoso, atravesado por desagracias, ulcerado de hecatombes, de las variedades más inauditas de la explotación y la crueldad, anegado de miles de millones de vidas humanas que pululan arrasándolo como una plaga global de termitas, y la mayor parte de las cuales transcurren, del nacimiento a la muerte, de manera espantosa, entre la miseria, el dolor y la oscuridad, en un hacinamiento parecido al de los dibujos de Brueghel.

Ventanas de Manhattan,

Antonio Muñoz Molina

El músico de la estación de Guzmán el Bueno entona No woman no cry, como cada mañana a las nueve y treinta y cinco, junto a las cintas transportadoras de personas. La prisa y el sueño madrileños, con resaca ambos de la fiesta de San Isidro, se ven interrumpidos por la detención del metro, que, por dificultades técnicas, no arranca hasta transcurridos cinco minutos (una locura de desfase horario en una ciudad que no permite la relajación ni en los parques, siempre abarrotados). Al-Jazeera y Al-Arabiya protagonizan la lección de Sistema Mundial de la Información. Más tarde, degusto, en la medida en que se me permite, un café con leche fría y una barrita de cereales con frutas rojas. Despliego virtualmente la primera página de El País y leo: “La prima cae de 500 puntos tras marcar otro máximo histórico”. No hace falta explicar de qué prima se trata. Otra feliz mañana truncada por el agobiante futuro de nuestros bolsillos.

A diferencia de lo que ocurría hace unos meses, las noticias sobre desagravios económicos, así como las anteriormente sorprendentes portadas de La Razón, han dejado de provocar un atragantamiento en mis desayunos y se han convertido en irremediablemente habituales. Una servidora se ha cansado ya, definitivamente, de emplear la palabra crisis como conclusión a toda conversación. La sensación de agobio generalizado por el futuro, o peor aún, por el presente, ha dejado de ser una novedad y, por ello, me veo en la tesitura de tener que defender a capa y espada el optimismo, que se ve peligrosamente amenazado por la tormenta que, no podemos negar, se está tomando su tiempo antes de marcharse. 

Viñeta de Forges

¿Hay motivos para el desaliento? Desde luego, pero la clave para una vida mental sana reside en no ser permeable a él. Buscar un optimista en este país se ha convertido en una hazaña más admirable que encontrar una aguja en un pajar. Sin embargo, y sin ánimo de abuelocebolletizarme, creo que es posible obtener diariamente, al menos, una infusión de optimismo. Abril nos ha tenido a más de uno haciendo equilibrismos sobre la frontera entre el optimismo y el pesimismo, pero, por fortuna, la red de seguridad que había debajo nos ha permitido no caer.En Periodismo hay ciertos enunciados que se repiten constantemente. Cada estación, cada acontecimiento y cada sección tienen las suyas propias. Por poner un ejemplo: los ciudadanos están llamados a las urnashoy España vive su fiesta de la Democracia el voto de los indecisos será clave son típicas del periodo de elecciones. Con la crisis, nos han llegado unas cuantas; entre ellas, máximo histórico. Había un tiempo, recuerdo, en el que nos provocaba gran sensación de alegría y orgullo escuchar esa expresión… eran tiempos en los que el paro no figuraba como la primera de las preocupaciones de los españoles y no teníamos ni remota idea de lo que prima de riesgo iba a significar. Ahora, sin embargo, hemos gastado en tal medida la esencia de la palabra récord que ya no nos sorprende que la prima de riesgo alcance un máximo histórico, pues lleva haciéndolo sistemáticamente desde hace meses.

Fuente: Twitter

El pasado sábado, por primera vez acudí a una concentración del movimiento ciudadano del 15-M. Estábamos de aniversario y unas 30.000 personas salieron a las calles de Madrid a celebrarlo. Fue mi inyección de positivismo de la semana. Pese a lo que pueda parecer por actuaciones como el desalojo de la plaza de Sol en la madrugada del sábado al domingo, esta movilización ciudadana no debe ser motivo de preocupación, por lo que resulta difícil de comprender que intente ocultarse algo tan grande. Opiniones sobre el 15-M hay muchas, pero lo que es innegable es que por primera vez desde hace mucho tiempo, el debate político se ha trasladado a las calles y hay una parte muy grande de la población que ya no quiere seguir esperando a ser rescatada por unos políticos carismáticos y prometedores (algo que se ha demostrado con creces que no casa con las costumbres de nuestro país), sino que prefiere hacer todo cuanto esté en su mano para demostrar que, al menos, no está de acuerdo con lo que está pasando. Me parece muy positivo reconocer que, con lo mal que está la situación económica del país y de cada familia en concreto, el movimiento ciudadano ha resultado ser pacífico y no violento. Hay motivos para el desaliento, sí, pero no podemos dejar que la batalla la gane la desazón, porque entonces sí habrá una crisis irrevocable. 

La normalidad es una fuerza geológica, lenta como el curso de un glaciar, y cada persona se aferra infinitesimalmente a la suya, porque casi nunca puede hacerse otra cosa, y porque las amenazas siempre son abstractas, mientras que la vida inmediata es tan precisa, tan rica en pormenores, que no puede someterse a categorías ni a dictámenes generales sobre el estado de ánimo de una ciudad entera o de un país o sobre las expectativas de lo que puede o no puede ocurrir.

Ventanas de Manhattan,

Antonio Muñoz Molina

 
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Publicado por en 17 de mayo de 2012 en Platos preparados

 

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El Surrealismo en Botswana

El hombre siempre tropieza dos veces en la misma piedra. Por lo visto esto está demostrado, pero una servidora suele caer unas veinticinco en la mismos pedruscos hasta que aprende. Tras diez meses desarrollando una adicción a Twitter, parece increíble que todavía no haya memorizado las lecciones básicas. La que ayer me traicionó fue Si has dormido poco y tu intención es gastar la mañana en los brazos de Morfeo, no se te ocurra echar un vistazo a Twitter: te desvelarás.

Los elefantes, de Salvador Dalí

La causa de mi desvelo no fue otra que la conocida noticia de la operación de cadera del Rey. El estado de zombificación y semi-inconsciencia en el que me encontraba me impedía pensar con racionalidad, o a eso achaqué mis dificultades para entender el tema. Elefantes, caza, cadera. Mi cerebro no alcanzaba a relacionar esos tres conceptos en una idea coherente, así que salí de Twitter y acudí a la prensa. Resultaba que el Rey, un hombre célebremente campechano que hemos visto estas semanas en los periódicos con peligrosa frecuencia, había decidido hacer un viaje privado a Botswana. Aún ahora, después de leer decenas de informaciones y opiniones sobre ello, me parece surrealista, ya que mi cerebro aún no consigue entender dónde reside el atractivo de cazar elefantes ni por qué un jefe de Estado de un país como España puede dedicarse a ello con total tranquilidad. Decía Almudena Ariza en su Twitter que un safari para cazar elefantes en Botswana cuesta de media 35 mil euros. ¿Cómo era eso de que España está en crisis?

Me importa el elefante. Me preocupa la imagen que esta noticia va a dejar de España. Me doy cuenta de cómo afecta esto a una Casa Real que no deja de salir en los titulares de los periódicos españoles día sí, día también. Sin embargo, lo que me quita el sueño es que nos hemos enterado de todo esto solamente por el accidente de la cadera. Si no, nos habríamos conformado con que el Rey está de viaje privado en Botswana, y nos habríamos quedado tan tranquilos. ¿No fue la prensa creada para evitar esto?

La cocina del elefante se manifiesta férreamente en contra de la caza de elefantes, cualquiera que sea la causa y el autor.

 

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Hay algo que no es como me dicen

Mi versión del 17N comenzó como un día bastante corriente. Me levanté perezosamente de la cama y desayuné revisando en Twitter las noticias del día. Nadie mencionó que había huelga. En la parada de Islas Filipinas, justo antes de llegar al andén del metro que me lleva a Guzmán el Bueno, centré mi atención en un cartel ante el cual hay que pararse obligatoriamente, pero solo porque el giro para acceder a las escaleras así lo exige. La omnipresente figura de un Rubalcaba triunfante hacía las veces de altavoz de la campaña socialista e intentaba atrapar nuestro voto con el lema: Pelea por lo que quieres. Llegué a Ciudad Universitaria tarde, como casi siempre, y al alcanzar el edificio nuevo de la facultad me fijé en que varios carteles empapelaban las puertas. Uno de ellos decía: Propiedad privada. Suspiré y permanecí unos segundos mirándolo y pensando que, lamentablemente, un día aquello sería verdad. No era lugar para reflexiones aquel intermedio que enlaza el conocimiento con la calle y por el que pasan a diario cientos de universitarios, así que volví a tierra rápidamente y eché a correr a clase. La facultad estaba mucho más vacía que de costumbre.

Vayamos al grano. La privatización de la Universidad va a tener muchas consecuencias para todos los estudiantes que cruzamos varias veces al día ese umbral, disfrutamos de los pinchos de tortilla de la cafetería y frikeamos en las conferencias de Ciencias de la Información. Y para nuestros compañeros de otras facultades, universidades y centros educativos. Y para los profesores. Y para los escolares. Y para los padres. La Educación Pública o, mejor dicho, la Universidad pública se encuentra ahora mismo en el punto de mira de las grandes empresas. El gatillo de los recortes está a punto de ser accionado, aunque se han lanzado algunas flechas antes. Hace tiempo que se viene hablando de la famosa Estrategia Universidad 2015, que procedo a resumir para que no haya dudas. Entre otras medidas, la EU15 establece que la encargada de designar al rector (el cual nombrará a sus cargos subordinados) será una Junta de Gobierno formada por personas externas a la Universidad (empresarios incluidos); aparecerá el famoso Campus de Excelencia Internacional [página 7 del este documento], por el que las Universidades serán comparadas por medio de rankings globales y recibirán financiación pública extraordinaria los proyectos educativos más atractivos en función de intereses mercantiles, lo que traerá como consecuencia una mayor competitividad entre centros universitarios; las segundas y terceras matrículas subirán hasta cubrir el 50 y el 100% (lo que significa que las terceras matrículas en una asignatura podrán costar fácilmente 1.000€) o el fortalecimiento de las becas-préstamo. Pero es que en los documentos oficiales lo pintan tan bonito… No nos fiemos: hay algo que no es como nos dicen. De todas formas, ahí queda esa información resumida y comentada, cada cual que se forme la opinión que crea mejor.

Hace un par de días, mis oídos fueron testigos de algo así como esto: Todas las universidades deberían ser privadas. No hubo comentarios, pero un rato más tarde, con la cabeza mucho más calentita, estaba yo rumbo a Neptuno. El jueves pasado salí a la calle animada por compañeros de clase y por mi propio espíritu enrabietado con el cuadro educativo que nos están pintando. En Valladolid me consta que llegaron a manifestarse unas 400 personas (datos ofrecidos por asistentes a la manifestación, también fiables aunque no coincidan con los indicados en los medios) y en Madrid, dice El País que unas 26.000, entre las que me encontraba yo haciendo peripecias con una cámara prestada. No sé si esos números son ciertos o están exagerados, pero no me quita el sueño. Seguramente las cifras mientan, pero eso no es lo importante. Con que se hubieran manifestado tan solo los 400 vallisoletanos que llenaron la Plaza Mayor el pasado jueves, ya sería reseñable, porque esa pequeña cifra refleja que hay gente que no solo no está contenta, sino que está decepcionada y enfadada con la Educación pública que tenemos hoy en día.

No sé si el 17N habrá tocado un poquito la conciencia de algunos. En Madrid se pidieron las dimisiones de Esperanza Aguirre y Lucía Figar [Consejera de Educación y Empleo de la Comunidad de Madrid], pero quizás ni siquiera eso ha golpeado levemente las cabecitas de los que están arriba. Sin embargo, es necesario intentarlo y demostrarles que, al menos, no estamos de acuerdo con su manera de hacer las cosas. Por eso salimos a la calle. La Educación es un derecho de todos y protegerla, un deber de todos. Es una apuesta de futuro, la mejor inversión a largo plazo que podemos hacer para asegurarnos un sitio en el mundo. Necesitamos gobernantes con altura política suficiente como para entender lo que eso significa. Hoy es un día para reflexionar sobre el poder que nos otorga el derecho a voto. Ojalá los políticos reflexionen también.

#tomalauva, 17N

Las fotografías son de Irene Muñoz (abajo) y servidora, Elena Lozano (las dos primeras).

 
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Publicado por en 19 de noviembre de 2011 en Platos preparados

 

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De debates y comedias

Saquen las palomitas, tomen asiento y guarden silencio. Bueno, no. No se callen. Comienza el espectáculo. Son las 21:46 horas. Candidatos nerviosos. Periodistas que repiten. Twitteros con los dedos preparados sobre el teclado esperando el ‘toma y daca’. Los ojos bien abiertos y el teléfono desconectado. La cena se enfría mientras se inician los monólogos. Bienvenidos a El Club de la Comedia.

Es un rasgo común a todos los periodistas y estudiantes de Periodismo (o al menos debería serlo) sentir un gusanillo en la tripa cada vez que se produce un acontecimiento importante. Los periodistas lo aprovechan para dar todo de sí mismos en las redacciones, mientras que los estudiantes los envidiamos y nos lamentamos por que ese acontecimiento no haya coincidido en el tiempo con nuestro periodo de prácticas. Es ese gusanillo que me hace cosquillas internas el que me hace reflexionar sobre el Periodismo. En pasado, presente y futuro.

Un debate electoral no es, como indicó Manuel Campo Vidal anoche al término del cara a cara, algo que debamos agradecer a los dos principales candidatos. Un debate electoral debería ser un derecho de los ciudadanos a conocer los programas electorales de varios partidos y ponerlos uno frente a otro para poder elegir el que nos parece menos malo. Debería ser un espacio para dar opción a los indecisos a elegir con cordura su voto. Pero no lo es. ¿De quién es la culpa? De lo que debería haber sido una contienda, una lucha o un combate (utilizo sinónimos directamente importados de la RAE) que se jugó anoche en esa carpa de circo, me quedo con una frase que ha penetrado sin permiso alguno hasta mi cerebro y que no ha dejado de rebotar en él. Un hombre que lleva siendo profesor mío un mes y seis días, pero que ya me ha enseñado bastantes cosas interesantes, publicó el siguiente tweet cuando todavía se estaban lanzando globos de agua Rubalcaba y Rajoy en el patio del colegio: Si hubiera verdaderos periodistas, el debate sería una cosa totalmente distinta. Aplausos, por favor.

Nos quejamos (y me pongo la primera en la lista) de que los debates electorales no sirven para nada, que son una sola repetición de promesas sin sentido y verdades disfrazadas para ganar votos hoy y perderlos mañana, aunque, eso sí, siempre aderezadas con gráficos de muchos colores. En esta ocasión, los gráficos han sido más bien escasos, al igual que los verdaderos enfrentamientos. Rubalcaba, asumiendo ya una futura victoria del candidato popular, ejerció de periodista al intentar desarmar a Rajoy con preguntas pretendidamente incómodas. Y ni eso, porque un buen periodista repite la pregunta una y otra vez hasta alcanzar la verdadera contestación, pero esta vez no ha habido respuestas claras. Rajoy, que pestañeaba una vez por minuto, contrarrestando el nervioso parpadeo constante del socialista, no dejó de leer sus apuntes ni siquiera en sus últimos tres minutos, en la conclusión, que debería haber sido el punto fuerte de su argumentación.

Y la falta de respuestas, ¿es culpa de los candidatos? ¿De los asesores, tal vez? No, la culpa es nuestra, por consentir que el único debate que ofrecen en cuatro años esté “moderado” por un solo periodista que se limita a controlar el tiempo de las ponencias. Se necesita, y lo cuento con términos prestados, una trinchera de cinco periodistas que pongan el dedo en el ojo a los candidatos, que les obliguen a responder a las preguntas que todos tenemos en mente. Necesitamos periodistas con sentido de la responsabilidad sobre su oficio.

¿Quién ha ganado el debate? Ellos, los dos candidatos, los dos. Porque ambos han aprovechado la oportunidad para recordar errores pasados y exponer las promesas que saben que no cumplirán, pero que necesitan para sumar votos. El debate ha sido, una vez más, su altavoz. ¿Y quién lo ha perdido? Nosotros, porque no hemos sacado nada en claro. Pero por eso vamos cada día a clase. Por eso luchamos porque haya más facultades que llamen Ciencias de la Información. Me alegro de haber podido ser testigo del debate en Twitter, y, sobre todo, de haber comprobado que la mayoría de los tweets eran de mis compañeros de clase. Somos críticos y eso es bueno. Muy bueno. Hacen falta cosas así. De este debate no me llevo a casa nada que no supiera sobre Política, pero algo de Periodismo he aprendido, como siempre. Será que le pongo muchas ganas.

 
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Publicado por en 8 de noviembre de 2011 en Platos preparados

 

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