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No era día de oficina

En días como hoy, en los que la decisión de una persona marca el curso de la historia de un país, es cuando más rabia se siente. La vocación es una amante exigente que no se conforma con ser silenciada. Es esa voz que insiste para que contestes al mensaje, es esa pregunta constante. Ese grito que siempre vuelve y no calla hasta que corres hacia él. Es la abrumadora sensación de que perteneces a otro mundo. Las americanas y las corbatas pueden darte una vida, pero nunca hacerte tan feliz como la página en blanco.

Forges

Forges

 

 

 

El Rey pasa a un segundo plano. Merece pasar a la primera línea una generación más joven, dice. Toma sus achaques, sus valoraciones según el CIS, sus elefantes, sus escándalos, sus triunfos, sus fracasos y su 23F… y se va. Ya no es su momento. Cree, dice, que esa generación joven traerá la renovación tras la crisis. Y tiene razón. Al menos él se ha dado cuenta.

Hoy han nacido con la abdicación cientos de expertos en Protocolo, Derecho y Política. No nos sirven de nada. Solo su propia conciencia entenderá todo lo que nos dejó sin aliento. Solo él mismo sabrá si España fue siempre lo primero. En todo caso, es algo que ya no debe importarnos, pues ahora, como cada día, lo que ha quedado en nuestras manos tras una decisión tan relevante es nuestro futuro. De nosotros depende que el día de hoy marque huella o se quede atrapado en las hemerotecas. Somos los responsables del debate político que nace en las calles, del interrogante de qué sistema nos hará más libres. No perdamos la oportunidad de, aunque no consigamos nada, reflexionar. Treinta y nueve años de jefatura de Estado no se pueden resumir en lo que se enfría el café o lo que tardan en dar paso a los Deportes. Tampoco el derecho a decidir que algunos llevan casi un siglo esperando. No es un día de sentenciar con prisas.

Del día de hoy me quedo con los múltiples debates políticos que se han abierto en cada desayuno, en cada mesa de oficina, en cada comida familiar, en cada vagón de metro, en cada tienda. Algo está cambiando en la mentalidad colectiva. Nadie puede robarnos eso.

Hoy es un día para vivir en una redacción, no en una oficina. Hoy todos esos supervivientes con tinta en las venas que vemos nuestro sueño escapar poco a poco entre los dedos hemos sentido lo mismo: la necesidad de estar ahí. Estudiamos Periodismo para vivir días como hoy. No era día de oficina.

 

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La supervivencia del periodista más fuerte

Charles Darwin

Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que lo estamos intentando.

Thomas Alva Edison

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 25 de octubre de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/10/darwin-periodismo-ere-elena-lozano-santamaria/).

Hace ya más de 150 años que el naturalista inglés Charles Darwin publicó su famosa teoría en El origen de las especies. Sus conclusiones, alabadas entonces y ahora por la comunidad científica, determinaron, entre otras cosas, que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común, mediante un proceso de conservación o supervivencia de los más adecuados que él mismo denominó “selección natural”.

La teoría de la supervivencia de los más aptos es una de esas materias que se graban a fuego al estudiar Biología en el colegio. Desde la primera lectura de El origen de las especies hasta la etapa adulta, si se observa con detenimiento la sociedad, no es difícil llegar a esas mismas conclusiones. En Periodismo, por ejemplo, se nos educa directamente en la supervivencia del más fuerte y en la competición como única alternativa al desempleo o a una vida infeliz. Entre los profesores de Periodismo están extendidas, principalmente, dos actitudes: o bien intentan insuflar a los alumnos su fuerte pasión por la profesión, o bien se creen enviados especiales de las altas esferas para tratar de disuadirles, recordándoles en cada clase que se trata del peor oficio del mundo o, al menos, de que está reservado solamente para unos pocos y que es imposible que todos lleguen a la meta. El primer paso para convertirse en periodista es sobrevivir al desánimo que tantos buscan imponer en todo aquel que lo intenta.

Si Darwin levantara la cabeza y echara un vistazo a las condiciones en las que los estudiantes de Periodismo desarrollan su periodo de prácticas, abandonaría sus estudios sobre palomas y, de inmediato, cambiaría de sujeto. El becariato es una fuente inagotable de experiencias, la mayoría muy positivas. Las primeras entrevistas y ruedas de prensa, colarse por primera vez en los entresijos de un medio de comunicación, los necesarios tropezones iniciales, los primeros contactos con los grandes profesionales… Al final de los primeros trabajos es maravilloso descubrir lo que has crecido y aprendido, no solo como periodista, pero el camino no es nada fácil. En ocasiones es obligatorio ‘pelear’ con compañeros de oficio por una entrevista, una apertura, unos segundos más de vídeo o en el aire… por ser el elegido, en definitiva, para dar el siguiente paso. Y a veces no es bonito ni sencillo, pero es lo que la profesión y, cada día más, la sociedad nos exigen para no quedarnos rezagados por el camino.

Por último, queda enfrentarse al mundo real, a esa jungla en la que no sirve de excusa ser aprendiz. Llega el momento de demostrar quién es el más fuerte y quién no está hecho para todas las horas que exige la profesión. Una de las primeras cosas que aprendes cuando asomas la cabeza en el Periodismo es que no existe el horario laboral. Las horas de entrada y salida de la redacción son más que flexibles, pero en el tiempo libre no es nada fácil desconectar de la actualidad, y lo habitual es acabar pensando a todas horas en el enfoque de un tema o las preguntas de una entrevista, aún estando fuera de la redacción. La falta de horario no es fácil de asumir, a veces no solo por el propio periodista, sino por la gente de su entorno. He ahí otra prueba de supervivencia del más fuerte.

Señalaba Darwin que la lucha por la existencia lleva a la conservación de las modificaciones provechosas de los instintos. Es decir, que somos los que somos por lo que han venido antes que nosotros, de los que hemos heredado sus mejores cualidades. Desde los primeros comunicadores hasta el periodista todoterreno del siglo XXI, necesariamente capaz de cubrir, redactar para el papel, fotografiar, sintetizar para la web y twittear un hecho noticioso, todo con la mayor rapidez posible. El periodista 2.0 no es más que el perfeccionamiento del periodista analógico en relación con las circunstancias actuales. La selección natural, decía Darwin, “ocasiona extinción y divergencia de caracteres”, lo cual viene a significar que si no te adaptas, desapareces de la competición.

¿Solo llegarán los mejores? Darwin no se equivocó. La vida del siglo XXI nos prepara indefectiblemente para la competición constante. Y el Periodismo, un oficio de 24 horas al día, 7 días a la semana, no es una excepción. Especialmente ahora, que el miedo a los monstruos de los Expedientes de Regulación de Empleo conviven con la actualidad en el trabajo diario de las redacciones. Sobrevivir a todo eso es posible que no te convierta en el mejor o el más famoso, pero sin duda es la única llave para cumplir el sueño de vivir de esta profesión. Triunfar como periodista es un acto de supervivencia. Pero, ¿acaso hay algo en la vida que no lo sea?

 

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Arte (bastante) dramático

Una no sabe si quedarse durmiendo o salir corriendo.

Pero, ¿hacia dónde?

Es la tormenta. Sí, tiene que ser la tormenta la que nos está haciendo perder los papeles. Sabíamos (o, al menos, intuíamos) que la crisis nos iba a hacer cambiar la estructura de la obra, que los actos y las escenas se multiplicarían, pero no se nos pasó por la cabeza que podría destruir los guiones y redistribuir los papeles, lanzándolos al aire y repartiéndolos al azar. Tiene que haber sido el viento de la tormenta, porque, de repente, hemos perdido el Norte.

El guion ha cambiado, y el verano ha dejado de ser la estación más feliz del año para convertirse en un hervidero de informaciones negativas. Con nosotros, la época estival ha madurado y las noticias que han copado la escena informativa estos días, por sorprendente que pueda parecer, no han tenido nada que ver con el calor. Y con ellas, unos cuantos personajes que se presentaron al casting para secundarios, han acabado protagonizando nuestras vidas. Los papeles de jueces y abogados han cambiado de actores. Algunos diarios y televisiones, a raíz de la horrible noticia del presunto asesinato de dos niños a manos de su padre, han encontrado la excusa perfecta para aumentar sus ventas unos días. Resulta que, a veces, la sangre vende más que una verdad matizada, y hay quien no ha dudado en saltarse la oposición y, de paso, sus principios, para convertirse en juez y, ya que estamos, en el rey del share y del kiosko.

La comunidad twittera, por otra parte, también adopta de vez en cuando papeles que nunca se le concedieron. La influencia de los 140 caracteres es tan grande, que a veces mueve montañas, o casi. Un vídeo bastante personal de una concejala (no importan el nombre, el partido ni el contenido) fue publicado y difundido por todo el país en cuestión de horas. La mujer, que sin comerlo ni beberlo se convirtió en protagonista, retiró su dimisión al verse apoyada por la comunidad de las frases breves, que, en una suerte de fenómeno sociológico, interpretó un papel de Óscar como abogada y le ganó el juicio a la hipocresía y los prejuicios de quien solo gastaba su tiempo lanzando insultos por el desafortunado vídeo.

Me pregunto qué diría alguien que hubiera pasado los últimos diez años en coma y despertara de repente en este país de panderetas que hemos montado. La sola figura del tertuliano de los programas en un tiempo llamados de cotilleos dispararía sus ganas de volver al sueño. Es probable que se asustara de lo que estamos haciendo con todo. Igual es que estos tiempos solo los podemos aceptar los que hemos nacido en ellos. Pero de lo que no se sorprendería sería de ver toros en la televisión pública. Espontáneamente han vuelto a aparecer esas imágenes en las que el negro, el granate y el camel son protagonistas absolutos. Hasta en los colores ha cambiado la jerarquía y los secundarios han vencido a los protagonistas. Y, con los toros televisados, regresa el debate. Vuelve la cortina de humo a colmar nuestras conversaciones, mientras hay quien aprovecha la distracción general para recortarnos, a golpe de IVA, la sonrisa mañanera, las tontas alegrías y los sueños de tener un futuro.

¿Dónde quedaron los buenos tiempos? Nos educaron en que son los buenos los que triunfan al final de la película, pero de momento los malos nos están ganando la batalla. Será que aún queda mucho para el desenlace, porque las obras maestras nunca terminan en un punto álgido, que es donde nos encontramos ahora. Un momento en el que a los veinteañeros nos llaman generación perdida, justo cuando los principios de este país parecen regirse por una pandereta. Que levante la mano quien esté harto de ser llamado “miembro de una generación perdida”. Porque… perdida, ¿de qué? No conozco a muchos jóvenes a los que pueda meter en el saco de vidas perdidas, aunque es cierto que son tiempos raros. Estos son los años que relataremos a nuestros nietos como los peores de nuestras vidas, como aquellos en los que la tormenta y algunos personajes dotados de paraguas aprovecharon para robarnos las ilusiones durante un tiempo. Durante un tiempo, porque la tormenta siempre se pasa.

Pero seguro que, dentro de 50 años, en las verbenas de la pérgola te encontrarás a unos pucelanos que tuvieron que pasar su juventud con más paro del que hubieran querido, con menos oportunidades de las que se merecían, con más tijeretazos de los necesarios, con más mentiras de las deseables. Serán pucelanos que, rondando ya los 70, recordarán aquellos años en que los jóvenes eran metidos, con injusticia, en el mismo saco, como si todos fueran borrachos insolidarios, ninis apolíticos, vagos redomados, ronaldos tristes o pijos con manos de porcelana.

Víctor M. Vela, El Norte de Castilla, Fiestón feat. Pucela

 
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Publicado por en 17 de septiembre de 2012 en Platos preparados

 

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Oda a una vida estable

La vida es lo que pasa mientras retrasas la alarma del despertador cinco minutos más

A los jóvenes de hoy en día, con la excusa de la crisis, se nos está educando en la idea de que lo temporal, lo breve, lo efímero, es el futuro. La sensación de estar de paso en todas partes, de que todo es temporal. Tras décadas en las que se promulgaba la estabilidad, resulta que pasar un breve periodo de tiempo en mucho sitios es el futuro de todo. Aquí también es necesario un cambio de modelo. Lo peor y lo mejor de la crisis será precisamente eso, que nos obligue a removernos por dentro, a cambiar lo que creíamos fuertemente enraizado en nuestras vidas y a volver a pensar qué estamos haciendo.

En Periodismo es muy fácil distinguir quién tiene vocación y quién no. Basta con observar a un sujeto cualquiera y sus reacciones ante un acontecimiento importante de la actualidad. Si simplemente observa lo que ocurre, mientras sus intestinos se mantienen en el mismo estado de tranquilidad, no está hecho para el oficio. Si, sin embargo, no puede despegarse de Internet y siente un gusanillo en el estómago que le indica que se moriría por estar en una redacción sintiendo la adrenalina que produce la última hora… Entonces estamos ante una verdadera vocación. Parece una tontería, pero es importante tenerlo claro a la hora de elegir este oficio.

En este mundillo más que en ningún otro se nos inculca el estar de paso en muchos “trabajos” como primer movimiento para convertirte en lo que verdaderamente quieres ser. Pruebe a preguntar a cualquier estudiante en prácticas su opinión sobre las historias, tan comunes antes e irrepetibles ahora, de todos los compañeros que comenzaron en el periódico de prácticas y se quedaron durante 20 años. Descubrirá un profundo rechazo del estudiante preguntado, quien seguramente sostiene un profundo odio por las citadas historias, consecuencia directa del hecho de que él no tendrá esa oportunidad. Esas historias ya no son comunes, no se repetirán hasta dentro de muchos años. Y, entretanto, ahí nos encontramos los futuros periodistas, saltando de una redacción a otra, de una emisora a otra, de un estudio a otro sabiendo en cada paso que no podremos quedarnos allí. Acostumbrándonos a un montón de paredes que nunca nos verán crecer, porque no hay sillas para nadie más.

Y, sin embargo, los que verdaderamente queremos ser periodistas, los que guardamos esa vocación en lo más profundo de nuestros agobiados cerebritos para que no se marchite ni con síntomas diagnosticables de estrés crónico, en ningún caso renunciamos a pasar dos meses entre esas paredes, porque sabemos que, junto a los profesionales que allí trabajan, van a transmitirnos muchas más capacidades periodísticas de las que nos dio tiempo a aprender en cinco años de carrera o, al menos, por disfrutar durante algunas semanas del pánico a la hoja en blanco y de ese gusanillo, que aparece con los grandes acontecimientos y es el culpable de que salgamos de la redacción sonriendo, a pesar de haber pasado allí todo el día. Todo es maravilloso, todo son piruletas y palomitas durante esas valiosas semanas, pero cuando terminan siempre nos queda una sensación de vacío, la que nos produce esa temporalidad horrible que nos quieren vender como nueva forma de vida. La vida construida con pequeños trocitos de vidas perfectas no es buena vida, nos dice la experiencia que comenzar una vida distinta cada mes de septiembre va a terminar por desgastar nuestro ánimo.

La desazón, el quedarse parado, el dejar de soñar… son las tentaciones que hemos creado en el siglo XXI y de las que es necesario correr en dirección contraria. No claudiquemos ante las exigencias de una crisis mayúscula en un país en el que se nos instruye que lo temporal es el futuro mientras se nos fuerza a pensar que ganar dos Eurocopas y un Mundial es “ser eterno”. No me malinterprete, que yo el fútbol lo respeto como a lo que más, pero me confunden tantas alabanzas y una cobertura de medios tan exagerada como para tener a los mejores profesionales del Periodismo televisivo nerviosos y pendientes de que el avión de la Selección aterrice… Pero no nos vayamos del tema, que aquí lo importante es que el miedo no devore nuestra cordura y que sepamos aprender de los pequeños trocitos de vida ideal que nos gustaría convertir en eternos. Y que el desánimo no nos gane la batalla. Nada más.

 

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El Periodismo tiene que cambiar

Pero, ¿cómo?

El 3 de mayo se conmemoró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, y los periodistas, sus garantes, lo celebramos en las calles, nuestro legítimo lugar de trabajo.

Elena Lozano Santamaría

La ciudad de Miguel Delibes, a quien seguramente también le habría gustado cambiar las cosas para proteger nuestra profesión, fue testigo el pasado mes de abril del nacimiento de un texto al que, además, puso nombre. Surgida del seno de la LXXI Asamblea General de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), la Declaración de Valladolid es el nuevo manifiesto de los profesionales del sector periodístico en este 2012. Las cosas tienen que cambiar, o al menos eso opina el colectivo, que propuso una defensa del Periodismo en las calles españolas el pasado jueves 3 de mayo y acuñó término: el #periodigno.

La Declaración de Valladolid pide a los periodistas ser los protagonistas del necesario cambio que ha de vivir el Periodismo en nuestro país. Los desafíos se han multiplicado en poco tiempo en una profesión cuya crisis, que empezó hace décadas, se ha visto agravada con la ya célebre recesión en la que estamos inmersos. El oxígeno está empezando a terminarse y ya son demasiados los profesionales que han perdido su trabajo en la inmensidad de esta doble crisis. Nuestros representantes asumen que debemos ser los líderes de la transformación del sector, pero, ¿depende esto exclusivamente de nosotros?

La clave está en buscar y lograr un Periodismo de calidad. La FAPE nos exhorta a ser originales en los contenidos informativos, a adaptarnos a los nuevos tiempos, a impulsar nuevos proyectos periodísticos, a modernizar los obsoletos planes de estudios de las universidades, a cambiar la mentalidad de los editores y a huir de las ruedas de prensa sin preguntas y de las declaraciones enlatadas. Esto no depende solamente de los periodistas, sino que entran en juego un gran número de factores, como empresarios y universidades, por lo que cambiar el sistema solo puede ser fruto de un esfuerzo conjunto.

No obstante, sí es cierto que no podemos seguir esperando y soñando con que alguien de fuera nos saque de esta maraña. Si los periodistas no nos movemos, la situación se alargará hasta que sea insostenible, aunque, de hecho, ya estamos empezando a perder el equilibrio. Los despidos masivos y la precarización ya no pueden justificarse con la crisis económica. Los ERE en las empresas, por desgracia, han dejado de ser noticia al perder la condición de nuevo, pero están llegando ya a todos los rincones de la profesión, incluidos los grandes diarios.

La idea es que sin periodistas no puede haber Periodismo, y sin Periodismo no puede haber democracia. Eso sí, para hacer verdadera esta tesis es muy necesario un cambio, pero de raíz, pues hay fallos muy graves que es necesario solventar, como deja claro este manifiesto: “El futuro sigue estando, independientemente del soporte en que se exprese, en el Periodismo hecho con rigor, el Periodismo que contrasta la información, el que verifica lo que está ocurriendo, el que recurre al uso independiente y plural de las fuentes y el que cumple las normas éticas y deontológicas que rigen nuestra profesión”.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer nosotros? Entre otras cosas, salir a la calle y demostrar que no estamos bien, que no aceptamos lo que está pasando y que necesitamos un cambio, porque en caso contrario nuestra profesión seguirá devaluándose hasta un punto en que perdamos los valores que dieron origen al Periodismo. Necesitamos que manifiestos como este no se queden solo en el papel. Y lo que sí está en nuestra mano es que la figura del periodista sea, en palabras de la FAPE, la de alguien “bien formado y capacitado para jerarquizar la abundante información que circula, para cubrir las noticias que interesan y preocupan a los ciudadanos y para hacer las preguntas que temen los poderosos”.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 4 de mayo de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/05/falta-fotoel-periodismo-tiene-que-cambiar/).

 
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Publicado por en 7 de mayo de 2012 en Publicaciones, Uncategorized

 

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