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No era día de oficina

En días como hoy, en los que la decisión de una persona marca el curso de la historia de un país, es cuando más rabia se siente. La vocación es una amante exigente que no se conforma con ser silenciada. Es esa voz que insiste para que contestes al mensaje, es esa pregunta constante. Ese grito que siempre vuelve y no calla hasta que corres hacia él. Es la abrumadora sensación de que perteneces a otro mundo. Las americanas y las corbatas pueden darte una vida, pero nunca hacerte tan feliz como la página en blanco.

Forges

Forges

 

 

 

El Rey pasa a un segundo plano. Merece pasar a la primera línea una generación más joven, dice. Toma sus achaques, sus valoraciones según el CIS, sus elefantes, sus escándalos, sus triunfos, sus fracasos y su 23F… y se va. Ya no es su momento. Cree, dice, que esa generación joven traerá la renovación tras la crisis. Y tiene razón. Al menos él se ha dado cuenta.

Hoy han nacido con la abdicación cientos de expertos en Protocolo, Derecho y Política. No nos sirven de nada. Solo su propia conciencia entenderá todo lo que nos dejó sin aliento. Solo él mismo sabrá si España fue siempre lo primero. En todo caso, es algo que ya no debe importarnos, pues ahora, como cada día, lo que ha quedado en nuestras manos tras una decisión tan relevante es nuestro futuro. De nosotros depende que el día de hoy marque huella o se quede atrapado en las hemerotecas. Somos los responsables del debate político que nace en las calles, del interrogante de qué sistema nos hará más libres. No perdamos la oportunidad de, aunque no consigamos nada, reflexionar. Treinta y nueve años de jefatura de Estado no se pueden resumir en lo que se enfría el café o lo que tardan en dar paso a los Deportes. Tampoco el derecho a decidir que algunos llevan casi un siglo esperando. No es un día de sentenciar con prisas.

Del día de hoy me quedo con los múltiples debates políticos que se han abierto en cada desayuno, en cada mesa de oficina, en cada comida familiar, en cada vagón de metro, en cada tienda. Algo está cambiando en la mentalidad colectiva. Nadie puede robarnos eso.

Hoy es un día para vivir en una redacción, no en una oficina. Hoy todos esos supervivientes con tinta en las venas que vemos nuestro sueño escapar poco a poco entre los dedos hemos sentido lo mismo: la necesidad de estar ahí. Estudiamos Periodismo para vivir días como hoy. No era día de oficina.

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Reiniciar

Una se despierta una mañana y ya han pasado nueve años. Nueve años y tres días

Nigeria, 2014. Un grupo terrorista. 276 niñas. Una amenaza. Un líder sin miedo. La tragedia esparcida por la tierra. África. Unas lágrimas que el sol no deja llegar hasta el suelo. Es Nigeria. Es 2014. Pero no es Occidente.

Melilla, 2014. Una valla. Una frontera. Ropa rasgada. Y sangre. Unos sueños que las concertinas cortan en el aire y se quedan en Marruecos hechos trizas. Es 2014. Es Occidente, pero ni con esas.

España, 2014. Un transplante renal en cadena. Seis personas. Seis parejas. Seis riñones. Solidaridad y ningún premio. Es España. Es Occidente. Es 2014. En los medios, ¿dónde está?

Que sí. Que el proceso de salir de una tormenta a la que nos han traído sin paraguas es absorbente. Que sí, pero cuidado. Con la excusa de que hay demasiado que contar estamos dejando que los derechos humanos se nos ahoguen en el Mediterráneo. Pasó hace poco. Pasa cada día. Hay tragedias que solo son tragedias cuando lo dice Michelle Obama. Hasta entonces, cualquier tontería es un titular. La sangre derramada nos duele menos cuanto más lejos esté. Y aunque esté cerca… hasta 14 kilómetros nos parecen demasiados. Política, política, política. No vimos en las portadas que una cadena de trasplantes salvó seis vidas. Era en España, era Occidente, era una buena noticia. Las elecciones, el fútbol. Excusas hay para rato. La nube de las prioridades también trae tormenta.

La vida artificial ya está aquí, por cierto. Especulan los medios con la posibilidad de que este avance pudiera llevar a resucitar a especies extintas como el mamut o el neandertal (cuyos genomas han sido secuenciados a partir de restos fósiles, apuntan). No es broma. Imaginen, por un momento, que se pudiera crear de la nada una nueva humanidad. Que se reiniciara. Que se pusiera en cero el contador de esos valores que tanto nos gusta anunciar que están en crisis. Confiesen, ¿le darían al botón?

 
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Publicado por en 12 de mayo de 2014 en Platos preparados

 

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Lunes

Los lunes poseen la inconmensurable capacidad de calmar las tormentas. Pocos acontecimientos ostentan el poder de paralizar la vida del metro, así que el inicio de la semana es un reinicio siempre. Y hoy parecía un lunes cualquiera. El metro no admite lutos. El trabajo espera y es un lujo atreverse a perder cada tren. Era un lunes cualquiera, pero los periódicos hoy no hablaban del tiempo. Hablaban de fútbol, sí, pero en pequeñito, porque copaba los titulares el forjador de la democracia, el presidente que inventó otra España, el mito de la Transición, el gran presidente del pacto, el líder que unió a los españoles. No son mías: son palabras de tinta.

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De Forges, claro.

No estaba de acuerdo toda la prensa en qué pasó el sábado por las calles de Madrid. Como cada vez, bailan las cifras y tiemblan las manos de quienes contemplan la violencia con la que termina una defensa de la dignidad. Vuelan las culpas y pueblan los medios los testimonios de cada parte. ¿Cuándo nos convertimos en dos bandos? Van marchándose los artífices de la Transición y la democracia va faltando poco a poco. Se la jugaron por conseguirnos unas libertades que vamos lentamente perdiendo. Si Suárez impulsó la pluralidad política, hoy en día hablar en la calle sale caro. Tanto que las manifestaciones ya no llevan tal nombre, sino marchas de la dignidad. Hemos llegado al punto en que hay que salir a reclamar algo tan humano como la dignidad en un país popularmente considerado como avanzado.

Esta tarde en el Congreso ha habido lágrimas, señales de la cruz y palabras, muchas palabras. De respeto y admiración, casi todas. Los que allí han estado señalan la alta y esperanzadora presencia de jóvenes que querían acercarse a homenajear y agradecer. Es que Suárez tenía tan adherido el consenso que ha conseguido llevarlo a los titulares y a las bocas de todos. Hay que ser muy bueno para que políticos, periodistas y ciudadanos hablen bien de ti… Al menos ahora. Hacemos uso de la pluralidad política que él impuso a cada rato, pero en esto estamos de acuerdo: estamos donde estamos gracias a él. Y eso no puede decirse de cualquiera. Qué envidia de altura política, la de un hombre que dimite cuando el bien de su país lo exige. En España ya no sabemos lo que es eso.

Poco queda por decir. Simplemente, adiós y gracias, Adolfo. No ha sido un lunes cualquiera.

 

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Algo ha cambiado

Todos somos turistas

Ayer por la tarde, a eso de las ocho y diez, se dio una situación curiosa. En el ascensor de la salida a la calle de la estación de Canal coincidimos un chico y una chica de veintitantos, una señora de unos sesenta y pico y quien firma estas líneas. Tras comenzar el aparato el ascenso la joven, sin ánimo cursi, ni desagradable, ni entrometido, y sorprendiéndonos a todos, dijo: Es usted probablemente la mujer más elegante que he visto en toda mi vidaCon la misma naturalidad que podría haber dicho No sé si seguirá lloviendo. La mujer, que vestía un elegantísimo abrigo color lila con botones negros redondos de unos siete centímetros de diámetro cada uno, calzaba altos tacones y desprendía seguridad a borbotones, se sonrojó. Los cuatro nos miramos y nos sonreímos con complicidad. Al salir del ascensor, aunque ya era imposible verlo, en las cuatro caras implicadas se dibujó una sonrisa que duró unos instantes. Esta escena solía ser algo inimaginable en Madrid. Ya no. Algo está cambiando.Serendipity

La anécdota, que no es más que eso, puede parecer nimia a ojos que no lo hayan vivido en el momento, pero refleja una sensación que viene embargando a una servidora desde hace algún tiempo. Hace no demasiado, los días no tenían más color que el negro. No eran las vidas concretas, sino el sentimiento generalizado de angustia, de agobio, de falta de ganas, de miedo, de tensión. De no tener trabajo, de quedarse sin él repentinamente, o de estar a punto de perderlo. No había luz por la calle, sino competición y desgana. Las noticias buenas, por un tiempo, dejaron de existir. Es que no veíamos el horizonte. No ha habido un gran cambio, no se ha puesto fin a la batalla y la cosa no ha mejorado mucho. Creció el PIB un 0,1%, pero que levante la mano el que lo haya notado. Aumentó la venta de cestas de Navidad, sí, pero no hay más dinero en los bolsillos. La gente aún no tiene la seguridad de que esto vaya para adelante. Hay quien fue desterrado de su hogar y no tiene prevista la vuelta. Hay quien abandonó el país y se encontró un escenario terrible: las cosas no son más fáciles allí. Los tiempos oscuros no han pasado, pero algún matiz ha cambiado, algunas caras ya no son de color gris.

Quizás sea que cuando uno se vuelve pesimista es incapaz de detenerse en los colores y cuando las cosas van mejor es como cambiar de gafas. Quizás sea que todas esas buenas noticias que últimamente proliferan y que el cinismo que hemos heredado de la tormenta de la crisis nos impide disfrutar estén realmente ocurriendo. O quizás sea que, en realidad, llevamos tantos años deseando ver la luz al final del túnel que nos aferramos a cualquier sonrisa para sentenciar que estamos en el preludio de los buenos tiempos. Solo el tiempo lo sabe. No obstante, yo me subo al carro. No al de los hombres con traje que en conferencias sin preguntas intentan hacernos creer que gracias a ellos se está acercando el arcoíris. No al de los oportunistas que predican el ya lo sabía yo… cual mantra propio de los más pesados. No al de los que se suman el tanto minimizando el gran esfuerzo que solamente los ciudadanos hacen para salir de esta. Me subo al carro de las sonrisas desconocidas, de las cesiones de asiento en el autobús, de los pies que sujetan la puerta del metro cuando ven a alguien correr. Me subo al carro de la necesidad y el disfrute del optimismo.

Sí, saldremos de esta. Aunque los malos no lo reconozcan sabremos que ha sido solamente gracias a nuestro esfuerzo. No nos quedaba suerte y, si alguna vez la hubo, el año 13 nos la arrebató. Lo hemos hecho todo nosotros, hemos perdido mucho y a muchos en el camino, pero estamos saliendo. A pie. Y con la frente bien alta. Será que era verdad aquello que la profesora de Física y Química repetía a todas horas para convencernos de que estudiáramos: el esfuerzo siempre sale adelante. Feliz recuperación.

Nota al pie: Ayer falleció Manu Leguineche, el jefe de la tribu, lo que por unos momentos ennegreció el día. Hasta que llegó a mis ojos este texto maravilloso que escribió Juan Cruz y que lleva impregnado en cada palabra lo que la vida significa. Y la tristeza por la muerte de un maestro dejó paso a un gracias con sonrisa. “No tuvimos infancias felices, pero tuvimos Vietnam”.

 
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Publicado por en 23 de enero de 2014 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Esperanza en conserva

Los viajes largos en metro siempre evocan demasiados recuerdos. Sentada en el cuarto vagón del tren de la línea cuatro que a las cuatro y veinte pasa por Colón pienso en el futuro que vamos a tener que pelear. Completamente absorta en La revolución de los vikingos pienso si tiene salida un país en el que es demencial confiar, porque todos sus pilares están corruptos. Las uñas esmaltadas de color coral están llenando sus páginas de rayones. ¿Qué futuro nos va a tocar? Uno nunca conoce la ferocidad del monstruo del paro hasta que se planta ante él cara a cara. Y hasta que no se pierde la rutina no se descubre lo fácil que es dejar de esforzarse, de leer, de escribir. Y de luchar. Cuánto se tarda en aumentar la media de horas diarias frente a la televisión, aquella de la que nos reíamos cuando éramos reyes.

La única alternativa al paro es la lucha. Lo único que nos sacará de esta serán las ganas de vivir dignamente. A la altura de Goya levanto la vista de las letras. Entra en el vagón un hombre con camisa a cuadros. Tiene acento argentino. Saluda, comenta su desgraciada historia y pide disculpas por lo que está a punto de hacer. Coloca su mano en la barra, toma aire y comienza a cantar. Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando mi retorno… Imagino su historia. Recién llegado de Argentina, hace diez años, con una ancha sonrisa. Aún la conserva, a pesar de ganarse la vida cantando de metro en metro, como un artista de los de siempre. Es posible que ahora deba volver. Con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien.

Elena Lozano Santamaría

Tengo el libro cerrado sobre mi regazo, con uno de mis dedos colocado entre las páginas 48 y 49. Este diálogo constituye el ejemplo clásico de lengua diplomática donde cada parte cree entender a su interlocutor sin que las conclusiones sean comunes. Los vikingos dijeron basta. Se hartaron de que les tomaran el pelo, pero nosotros no seguimos su ejemplo, sino el de quienes tiraron sus ilusiones por el retrete. Miro a mi derecha y contemplo cómo mi maleta espera paciente la llegada de la estación de Hortaleza. Nunca he tenido en la vida compañero más inseparable que esa pequeña caja de tela de color azul, con su asa que se atasca y las tarjetas de embarque de los últimos tres años perfectamente guardadas en su bolsillo trasero. Me pregunto a dónde me llevará el año que viene y si conseguiré algún día colocarla en lo alto del armario sin tener que bajarla cada mes de septiembre. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada. La tormenta me está robando mis próximos veinte años y me empuja sin remordimiento alguno a traicionar a la pequeña que creaba sus propias revistas en casa y grababa programas de radio con su hermana. Me río. Hoy también me han preguntado que por qué no escribo un libro.

Y yo, que sigo empeñada en que este es el mejor oficio del mundo y en que este es un buen país mantengo la esperanza en conserva, porque no es peor para nosotros estar parados que para ellos que nunca dejemos de luchar. Gardel sabía de lo que hablaba.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido,
que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.

Volver.

 

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El dinero no es el problema

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¿Quiere buen Periodismo? Vea The Newsroom 

El pasado jueves, El País cometió un error. El hambre de exclusivas a cualquier precio llevó al diario a aceptar, anunciar y publicar una fotografía de Hugo Chávez convaleciente en un hospital. La imagen, cuya publicación de por sí es discutible pues roza los límites de la intimidad del dirigente venezolano, no sólo no clarificaba la fecha y el lugar de su toma, sino que resultó ser falsa. El hombre fotografiado no era Chávez, sino que la imagen pertenecía a un vídeo publicado en Youtube en 2008.

El País cometió un error. No hay que hacer sangre de ello, pues la historia del Periodismo en España nos deja un gran legado de patinazos de distintos medios de comunicación. Sin embargo, tampoco hay que dejarlo de lado. Nada menos que 225.000 euros costó el desatino de El País, que anteriormente había pagado 15.000 euros por la fotografía. Así, por comentar, recordemos que, dos meses antes, 129 periodistas de ese diario fueron despedidos a través de un Expediente de Regulación de Empleo. Aunque no les sirve de excusa, es necesario leer sus explicaciones: Relato de un error de El País.

El dinero, por lo que veo, no es el problema. El reto en época de crisis es aguantar y salir delante de manera justa y proporcionando al público información de calidad. Los libros de Deontología y Ética Periodística sangran cada vez que se anuncia que trabajadores que han sacado adelante un medio de comunicación tienen que ser despedidos por mala gestión. El dinero está poniendo las cosas difíciles, sí, pero las grietas económicas no tienen que llevarse toda la culpa si analizamos, por ejemplo, que el sueldo del presidente ejecutivo de uno de los grupos de comunicación más importantes del país ascendió en 2011 a 8,2 millones de euros [Nota: ésta es la cifra que la empresa comunicó a la CNMV, pero, de acuerdo con el desglose que la firma hizo posteriormente ante el regulador estadounidense (SEC), el sueldo se sitúa en 13 millones de euros. Ahí es nada]. Un sueldo que, por cierto, el receptor considera normal (Mis emolumentos son los habituales del mercado, se atrevió a afirmar). No hace falta que indique de quién hablo, pues, por desgracia, no es el único alto ejecutivo de un grupo de comunicación que obtiene un sueldo desorbitado mientras cientos de trabajadores son enviados a sus casas “por culpa de la crisis”.

249420_491441904213872_1527802023_nAsí funciona este mundillo, pero los palos vienen de todas partes. Ya ni siquiera hacer bien tu trabajo es motivo suficiente para permanecer en la empresa. Si eres parcial, desempeñas mal tu trabajo, pero puedes conservarlo. Si eres imparcial, interrumpes a los entrevistados que no quieren responderte, tratas de igual manera a personajes de relevancia con el único objetivo de desenmascarar la verdad y eres líder de audiencia porque el público te considera un buen profesional…. Entonces estás despedido. Tampoco aquí hace falta desglosar nombres, ¿no?

Exclusivas falsas en primera y a cuatro columnas. Periodistas que adivinan el futuro y graban crónicas 24 horas antes de que se produzca el acontecimiento. Redacciones al 60% de su capacidad. Líderes de medios de comunicación con sueldos millonarios. Periódicos que se completan con noticias de agencia y notas de prensa fusiladas. Y miles de ejemplos más.

Nos estamos cargando el Periodismo, pero, ¿es el dinero el responsable? Nadie dijo que fuera fácil hacer Periodismo de calidad, pero tampoco lo fue para grandes figuras de esta profesión a las que la edad está retirando poco a poco. Como Enrique Meneses, recientemente fallecido, que para realizar su primer reportaje gastó en taxi tres veces más de lo que le pagaron por él. Hizo cuentas y determinó que salía ganando. Tal vez sea necesario que aquellos con poder para cambiar las cosas hagan cuentas y determinen con qué opción sale ganando la sociedad (ante la que, recordemos, el Periodismo rinde servicio):

a) despidiendo a la mitad de su plantilla e intentando vender a los lectores información con menos calidad y noticias del día anterior;

b) ajustando las cuentas, buscando nuevos flujos de financiación y creando un producto de calidad por el que la gente esté dispuesto a pagar.

Que elijan ellos. Se están poniendo las cosas difíciles por aquí abajo; sería un gran detalle que los jefazos bajaran de sus tronos para echar un vistazo. Mientras tanto, los que aman (¡y amamos!) la profesión seguiremos buscando la manera en que ésta nos haga feliz, que posiblemente no tenga que ver con anclarse en modelos tradicionales, sino utilizando nuestro potencial para crear un concepto nuevo. No tenemos poder ni dinero para ser líderes, pero para hacer buen Periodismo –Enrique Meneses lo demostró sobran 150 pesetas. ¿Alguien más tiene ganas?

“En esta profesión no se puede hacer lo mismo con menos gente y con menos medios […] si el periodismo es peor, la democracia también lo es”.
Isaías Lafuente

 Las fotografías han sido encontradas aquí.

 
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Publicado por en 28 de enero de 2013 en Platos preparados

 

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Pulmones

Inglourious Basterds

De nuevo, días repletos de nada, de gris y de niebla. Hay demasiados pulmones ahí fuera intentando desestabilizar nuestro mundo. Demasiados balones de oxígeno salvando las vidas que nosotros no podemos rescatar. Este fin de semana el oxígeno se terminó para Enrique Meneses, el mejor ejemplo de que el Periodismo no se aprende en las aulas, sino en la calle. Un hombre cuya sangre era tinta y cuyos ojos fotografiaron tanto la crueldad más pura del ser humano como su cara más amable. Él se marcha, pero nosotros nos quedamos a echar el último baile.

Cada semana se cae en el riesgo de echar de menos el aire contaminado de Madrid. Las vías respiratorias están más tranquilas, sí, pero la cabeza está demasiado relajada cuando empieza una a reacostumbrarse al ritmo lento de Valladolid. Ahora que 2013 se presenta como un gigante imbatible lleno de pruebas desde los primeros días, crecen las oportunidades, el desaliento, los sueños y las pesadillas. Y, sobre todo, los sobresaltos sin motivo en medio de la noche y las pequeñas obsesiones sin sentido.

Las Navidades siempre son familiarmente productivas. Las calles se llenan y Valladolid, por unos días, parece habitada. Se enfrentan a la crisis los langostinos, los Reyes Magos y el carrusel de la Plaza Mayor. Hay más colores que de costumbre. Sin embargo, las Navidades tienen un problema. Es esa sensación de vacío que dejan a su paso, ese miedo repentino a no se sabe qué. Los días más felices ocurren a final de año, cuando aún no nos ha dejado ciegos la excesiva iluminación de las calles. En enero, los días siempre son de color rojo.

Hay quien está perdiendo el aliento, pero aún hay otros pulmones que nos recuerdan que la vida va en serio y que llegar a la meta ha de ser nuestro latido. Que no entre líquido malicioso en ellos, sino aire puro, como el que Trapseia intenta insuflarme gracias a su pequeño reconocimiento. La vida puede ser maravillosa. Quizás no hoy, pero sí mañana. 

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Publicado por en 9 de enero de 2013 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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