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La supervivencia del periodista más fuerte

Charles Darwin

Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que lo estamos intentando.

Thomas Alva Edison

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 25 de octubre de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/10/darwin-periodismo-ere-elena-lozano-santamaria/).

Hace ya más de 150 años que el naturalista inglés Charles Darwin publicó su famosa teoría en El origen de las especies. Sus conclusiones, alabadas entonces y ahora por la comunidad científica, determinaron, entre otras cosas, que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común, mediante un proceso de conservación o supervivencia de los más adecuados que él mismo denominó “selección natural”.

La teoría de la supervivencia de los más aptos es una de esas materias que se graban a fuego al estudiar Biología en el colegio. Desde la primera lectura de El origen de las especies hasta la etapa adulta, si se observa con detenimiento la sociedad, no es difícil llegar a esas mismas conclusiones. En Periodismo, por ejemplo, se nos educa directamente en la supervivencia del más fuerte y en la competición como única alternativa al desempleo o a una vida infeliz. Entre los profesores de Periodismo están extendidas, principalmente, dos actitudes: o bien intentan insuflar a los alumnos su fuerte pasión por la profesión, o bien se creen enviados especiales de las altas esferas para tratar de disuadirles, recordándoles en cada clase que se trata del peor oficio del mundo o, al menos, de que está reservado solamente para unos pocos y que es imposible que todos lleguen a la meta. El primer paso para convertirse en periodista es sobrevivir al desánimo que tantos buscan imponer en todo aquel que lo intenta.

Si Darwin levantara la cabeza y echara un vistazo a las condiciones en las que los estudiantes de Periodismo desarrollan su periodo de prácticas, abandonaría sus estudios sobre palomas y, de inmediato, cambiaría de sujeto. El becariato es una fuente inagotable de experiencias, la mayoría muy positivas. Las primeras entrevistas y ruedas de prensa, colarse por primera vez en los entresijos de un medio de comunicación, los necesarios tropezones iniciales, los primeros contactos con los grandes profesionales… Al final de los primeros trabajos es maravilloso descubrir lo que has crecido y aprendido, no solo como periodista, pero el camino no es nada fácil. En ocasiones es obligatorio ‘pelear’ con compañeros de oficio por una entrevista, una apertura, unos segundos más de vídeo o en el aire… por ser el elegido, en definitiva, para dar el siguiente paso. Y a veces no es bonito ni sencillo, pero es lo que la profesión y, cada día más, la sociedad nos exigen para no quedarnos rezagados por el camino.

Por último, queda enfrentarse al mundo real, a esa jungla en la que no sirve de excusa ser aprendiz. Llega el momento de demostrar quién es el más fuerte y quién no está hecho para todas las horas que exige la profesión. Una de las primeras cosas que aprendes cuando asomas la cabeza en el Periodismo es que no existe el horario laboral. Las horas de entrada y salida de la redacción son más que flexibles, pero en el tiempo libre no es nada fácil desconectar de la actualidad, y lo habitual es acabar pensando a todas horas en el enfoque de un tema o las preguntas de una entrevista, aún estando fuera de la redacción. La falta de horario no es fácil de asumir, a veces no solo por el propio periodista, sino por la gente de su entorno. He ahí otra prueba de supervivencia del más fuerte.

Señalaba Darwin que la lucha por la existencia lleva a la conservación de las modificaciones provechosas de los instintos. Es decir, que somos los que somos por lo que han venido antes que nosotros, de los que hemos heredado sus mejores cualidades. Desde los primeros comunicadores hasta el periodista todoterreno del siglo XXI, necesariamente capaz de cubrir, redactar para el papel, fotografiar, sintetizar para la web y twittear un hecho noticioso, todo con la mayor rapidez posible. El periodista 2.0 no es más que el perfeccionamiento del periodista analógico en relación con las circunstancias actuales. La selección natural, decía Darwin, “ocasiona extinción y divergencia de caracteres”, lo cual viene a significar que si no te adaptas, desapareces de la competición.

¿Solo llegarán los mejores? Darwin no se equivocó. La vida del siglo XXI nos prepara indefectiblemente para la competición constante. Y el Periodismo, un oficio de 24 horas al día, 7 días a la semana, no es una excepción. Especialmente ahora, que el miedo a los monstruos de los Expedientes de Regulación de Empleo conviven con la actualidad en el trabajo diario de las redacciones. Sobrevivir a todo eso es posible que no te convierta en el mejor o el más famoso, pero sin duda es la única llave para cumplir el sueño de vivir de esta profesión. Triunfar como periodista es un acto de supervivencia. Pero, ¿acaso hay algo en la vida que no lo sea?

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Oda a una vida estable

La vida es lo que pasa mientras retrasas la alarma del despertador cinco minutos más

A los jóvenes de hoy en día, con la excusa de la crisis, se nos está educando en la idea de que lo temporal, lo breve, lo efímero, es el futuro. La sensación de estar de paso en todas partes, de que todo es temporal. Tras décadas en las que se promulgaba la estabilidad, resulta que pasar un breve periodo de tiempo en mucho sitios es el futuro de todo. Aquí también es necesario un cambio de modelo. Lo peor y lo mejor de la crisis será precisamente eso, que nos obligue a removernos por dentro, a cambiar lo que creíamos fuertemente enraizado en nuestras vidas y a volver a pensar qué estamos haciendo.

En Periodismo es muy fácil distinguir quién tiene vocación y quién no. Basta con observar a un sujeto cualquiera y sus reacciones ante un acontecimiento importante de la actualidad. Si simplemente observa lo que ocurre, mientras sus intestinos se mantienen en el mismo estado de tranquilidad, no está hecho para el oficio. Si, sin embargo, no puede despegarse de Internet y siente un gusanillo en el estómago que le indica que se moriría por estar en una redacción sintiendo la adrenalina que produce la última hora… Entonces estamos ante una verdadera vocación. Parece una tontería, pero es importante tenerlo claro a la hora de elegir este oficio.

En este mundillo más que en ningún otro se nos inculca el estar de paso en muchos “trabajos” como primer movimiento para convertirte en lo que verdaderamente quieres ser. Pruebe a preguntar a cualquier estudiante en prácticas su opinión sobre las historias, tan comunes antes e irrepetibles ahora, de todos los compañeros que comenzaron en el periódico de prácticas y se quedaron durante 20 años. Descubrirá un profundo rechazo del estudiante preguntado, quien seguramente sostiene un profundo odio por las citadas historias, consecuencia directa del hecho de que él no tendrá esa oportunidad. Esas historias ya no son comunes, no se repetirán hasta dentro de muchos años. Y, entretanto, ahí nos encontramos los futuros periodistas, saltando de una redacción a otra, de una emisora a otra, de un estudio a otro sabiendo en cada paso que no podremos quedarnos allí. Acostumbrándonos a un montón de paredes que nunca nos verán crecer, porque no hay sillas para nadie más.

Y, sin embargo, los que verdaderamente queremos ser periodistas, los que guardamos esa vocación en lo más profundo de nuestros agobiados cerebritos para que no se marchite ni con síntomas diagnosticables de estrés crónico, en ningún caso renunciamos a pasar dos meses entre esas paredes, porque sabemos que, junto a los profesionales que allí trabajan, van a transmitirnos muchas más capacidades periodísticas de las que nos dio tiempo a aprender en cinco años de carrera o, al menos, por disfrutar durante algunas semanas del pánico a la hoja en blanco y de ese gusanillo, que aparece con los grandes acontecimientos y es el culpable de que salgamos de la redacción sonriendo, a pesar de haber pasado allí todo el día. Todo es maravilloso, todo son piruletas y palomitas durante esas valiosas semanas, pero cuando terminan siempre nos queda una sensación de vacío, la que nos produce esa temporalidad horrible que nos quieren vender como nueva forma de vida. La vida construida con pequeños trocitos de vidas perfectas no es buena vida, nos dice la experiencia que comenzar una vida distinta cada mes de septiembre va a terminar por desgastar nuestro ánimo.

La desazón, el quedarse parado, el dejar de soñar… son las tentaciones que hemos creado en el siglo XXI y de las que es necesario correr en dirección contraria. No claudiquemos ante las exigencias de una crisis mayúscula en un país en el que se nos instruye que lo temporal es el futuro mientras se nos fuerza a pensar que ganar dos Eurocopas y un Mundial es “ser eterno”. No me malinterprete, que yo el fútbol lo respeto como a lo que más, pero me confunden tantas alabanzas y una cobertura de medios tan exagerada como para tener a los mejores profesionales del Periodismo televisivo nerviosos y pendientes de que el avión de la Selección aterrice… Pero no nos vayamos del tema, que aquí lo importante es que el miedo no devore nuestra cordura y que sepamos aprender de los pequeños trocitos de vida ideal que nos gustaría convertir en eternos. Y que el desánimo no nos gane la batalla. Nada más.

 

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El oficio de periodista

Aquellos folios arrugados en los que creaba pequeñas revistas cuando era una niña. Las cintas de cassette grabadas y regrabadas en las que guardo los programas caseros de radio que locutaba con mi hermana. Los cuadernos llenos de relatos que empecé con algo más de doce años. Vídeos caseros en los que no contábamos las vacaciones, sino que las presentábamos como si de un informativo se tratase. Aparecer en un Bachillerato científico por no decidirse a dar el salto… y descubrir a los dos meses de empezar Ciencias de la Salud que no quieres ni sabes ser otra cosa que no sea periodista. Descubrir, en medio de una facultad en la que los periodistas son los más numerosos y los más rechazados, que no te equivocaste al elegir tu futuro. Aprender de todo y de nada. Crecer. Que la suerte te conceda unos primeros pasos rodeada de buenos maestros que fabrican cada día el periódico de la ciudad, “el que se ha leído en casa toda la vida”. La sensación de leer por primera vez tu firma en un periódico. Eso de llevar más de ocho horas trabajando en la redacción y tener que cancelar planes con tus amigos, pero aún así sentir que estás haciendo lo que te gusta. Criticar el telediario a todas horas. Que las faltas de ortografía se te claven en el corazón. Ese gusanillo que te hace cosquillas por dentro cuando ves que está ocurriendo algo importante y te morirías por estar en una redacción, en una emisora o en un estudio de televisión contándolo. De esto que se te hace un nudo en la garganta cuando escuchas las historias de grandes periodistas (que no famosos) que han luchado toda su vida por trabajar de ello… y lo han conseguido. El armario y el recuerdo a punto de rebosar.

La cosa está chunga para vivir ahora del Periodismo, pero lo importante es no perder de vista lo que uno quiere ser y luchar por ello. Hace unas semanas, la periodista Noemí Hernández vino a la facultad para darnos una charla y abrirnos los ojos ante las distintas oportunidades que tenemos los que estamos a punto de licenciarnos. Ella defendía que la pasión es lo único que nos va a hacer seguir adelante con esto. Que el camino sea largo, y que haya dragones y tesoros, dijo. Feliz día de los periodistas.

 

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