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Hustle and bustle

Hoy hace seis meses que vivo oficialmente en Madrid

Esta ilustración de ROBERSON está tomada de cuadernodelegados.blogspot.com

Madrid cambia, pero es tarea de uno mismo que el cambio sea para bien. Probar a romper la rutina y volver de repente a una ciudad pequeña, hermosa y lenta después de haber hecho la mente a Madrid es difícil hasta si se pretende ir de compras. En otras ciudades la gente no corre, no emplea horas en llegar al trabajo y, desde luego, no está entrenada para esquivar personas constantemente y caminar de manera cuadriculada. Aún no se ha decidido si Valladolid es una ciudad pequeña o grande, pero lo cierto es que tiene el tamaño idóneo para vivir sin agobiarse y sin sentir que falta algo, y eso que el centro de la ciudad no ha sido aún colonizado por los grandes imperios de nuestra generación. Eso me gusta.

Hay muchas recetas para sobrevivir en Madrid. Una de ellas, la cual recomiendo, es convertirse en lo que Noemí Hernández llama “un férreo optimista”. Una de las primeras cosas que hay que tener claras en todo momento es que no importa cuánto tiempo lleves viviendo allí para adaptarte, pues la mayoría de sus ciudadanos están educados por un reclutamiento al que los de fuera nunca hemos sido invitados. En Madrid el día se compone de pequeños espacios de tiempo; por ejemplo, el rato que tardas en (no) desayunar. Las jornadas se sienten muy largas y están muy cargadas de actividad. Lo esencial para no caer en la tentación de permanecer durmiendo toda la mañana es no pensar en la cadena de acciones cotidianas que son necesarias para que termine el día.

Edificio Metrópolis de Madrid. Esta fotografía fue tomada el 17 de noviembre de 2011 por una servidora (Elena Lozano).

Nada más hacer la mudanza uno se da cuenta de que los colores del cielo de Madrid son diferentes. Es cierto que los atardeceres adquieren tonalidades nunca antes apreciadas, aunque el dato se pierde si se recae en quién tiene la culpa de ello: la boina de contaminación. El cielo es un espacio al que poca gente mira, pues las condiciones meteorológicas se sitúan en un segundo plano. Solamente se percibe que ha llovido por los charcos que aparecen en el suelo de los pasillos del metro, y molesta la lluvia únicamente porque retrasa el camino hacia la obligación, porque aumenta el número de frustraciones cotidianas por las que el subterráneo te obliga a pasar cada día. Perder calorías por los pasillos, escuchar los gritos del metro, bajar las escaleras a toda prisa, doblar la esquina y comprobar que se trata del tren del andén de enfrente. Pocas ciudades influyen tanto en el estado de ánimo como aquellas en las que estás obligado a agobiarte por todo. Precisamente esa es la razón por la que los artistas del metro existen aquí. Son más necesarios que nunca, porque son uno de los pocos factores que te obligan a salir del ensimismamiento y la individualidad que adquieres al hacerte el abono de metro.

Madrid no es solo Gran Vía, y no todo son famosos, musicales y tiendas de marca. Lo primero que aprendes al llegar es que eres pequeño, muy pequeño. De hecho, eres insignificante. Es cosa tuya hacerte un hueco. Eso sí, no venir es un error si piensas que realmente vale la pena.

Aviso para soñadores: aunque todo parezca perfecto, no lo es. En Madrid, muchas veces te sientes solo. Y también con la autoestima por los suelos (está llena de gigantes que te hacen sentir diminuto). La gente es muy independiente (a la fuerza), la ciudad es demasiado grande como para hacer planes para el mismo día, tienes que pasar horas y horas fuera de casa, comer en el trabajo, rendirte a la muchedumbre solitaria del metro y sacrificar parte de tu vida social. Pero, como todo en la vida, es una elección.

Marina Vega, ‘Vivir en Madrid o la mili moderna’.

http://www.informauva.com/?p=1114

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Publicado por en 3 de abril de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Elefantes

Amanece en Chamartín a las ocho y diez. Atrás queda una ciudad ni muy grande ni muy pequeña que ha sido testigo de los veinte primeros años de su vida. Con ella viajan decenas de ejecutivos que apuran los últimos minutos de sueño y, por primera vez, el camino de ida se le hace corto. En realidad, son 55 minutos de esos pensamientos entrecruzados que le atacan a todas horas. ¿Será este el mejor momento para marcharse?

Los primeros rayos de sol le impiden alcanzar respuestas. El cielo adquiere unos colores que no se deciden entre el azul y el naranja a la altura del día en que el tren se detiene.  Son las 8:12 horas, pero solo están despiertos la radio y ella. Con el sueño cerrándole los párpados, agarra su maleta y abandona el vagón. Sus compañeros de viaje, mientras tanto, echan a correr sin mirar atrás, pero ella camina despacio, buscando con desgana en su bolso el ticket de metro. El día vuelve a oscurecerse cuando se entrega a los vaivenes del metro. Se permite disfrutar durante unos segundos de un largo suspiro, aunque no se imagina lo que ese pequeño papel llegará a significar. Lo introduce en la máquina. Ya está.

He llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan,
he crecido en La Habana, he sido un paria en París.
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid.

Registrado en: Metro Chamartín.

 
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Publicado por en 26 de octubre de 2011 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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