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Adrenalina y juventud

Son las diez de la mañana y los pasajeros del autobús Valladolid-Madrid vienen con energías. A mi lado, dos universitarios comentan, cómo no, el desgraciado presente. Ella dice: Al menos, como la gente no avanza, si no haces nada no te sientes tan mal. Él responde: Pero ya no puedo quedarme aquí. Mis mejores amigos están fuera. En Valladolid solo me queda mi familia. Noto cómo brota el espíritu aventurero por sus labios. Percibo las ganas que tiene ese muchacho por abandonar España y fomentar la movilidad exterior. Está exultante. Yo diría, incluso, que rebosa adrenalina.

Acabo de entenderlo. He comprendido por fin el empeño de la humanidad por encontrar la fuente de la eterna juventud. Ya sé por qué, cuando estoy con gente de más de cuarenta, siempre alguien acaba diciendo Ay, tus 23, ¡quién los pillara! No envidian nuestra tez sin arrugas, ni nuestras fuerzas para afrontar la vida, ni nuestra complexión física, no. Lo que realmente echan de menos es la adrenalina. Sueñan con ese subidón que provoca no saber si un sueldo precario nos permitirá pagar las facturas de este mes. La insoportable levedad de nuestro futuro. ¿Quién necesita paracaidismos cuando tenemos todo el riesgo que queremos al intentar pasar el control de Ryanair con nuestra nueva vida condensada en 20 kilos?

Sí, es cierto. Nunca me he sentido más emocionada que cuando, más o menos seis veces a la semana, contesto a la eterna pregunta con un Sí, habrá que irse fuera, porque lo que es en España… No hay hueco. La sonrisa me da varias vueltas a la cabeza cuando manifiesto en voz alta la insoportable levedad de mi futuro. Soy periodista, tengo 23 años y me falta una asignatura para tener en mis manos un título que, según a quien preguntes, es posible que me cierre más puertas que no tenerlo.

Va Iñaki Gabilondo y dice: Si yo tuviera 20 años no dejaría que se atrevieran a decirme que no tengo futuro. Y ahí voy. Hace unos meses clamaba a golpe de tecla desde esta Cocina un basta ya del argumento de la generación perdida. Y me encuentro con un grito que viene desde lejos a decirme que más de 200.000 jóvenes se han convertido en exiliados económicos. Y recuerdo, entre risas y lágrimas, a una secretaria de Estado de Inmigración y Emigración, una tal Marina del Corral, diciéndonos a la cara, con gran estómago, que la crisis no tiene la culpa de todo, que el espíritu aventurero de la juventud es otro factor importante que está catapultándonos al extranjero. Fátima Báñez le sigue la corriente y nos suelta que eso de marcharse fuera a sacarse los garbanzos adelante se llama movilidad exterior. Hay gente que debería desayunar antes de ponerse a hablar. Y entérense: no nos vamos, nos echan ustedes.

Supongo que no todo el mundo tiene la suerte de tener un abuelo que le advierta que de cada cinco pesetas que ganes tienes que ahorrar cuatro si quieres vivir bien. La cuenta era bien sencilla y lo sigue siendo. No podemos regalar casas a todo el mundo, entendido. Pero sí podemos pagarle dietas de alojamiento y manutención por valor de 1.826,86 euros al mes al ministro de Hacienda, pese a que tiene en propiedad tres pisos en Madrid. Espera, que la cuenta no sale. Para qué utilizar la calculadora, piensa el Tribunal Supremo, y archiva, como quien no quiere la cosa, la querella contra 63 diputados que cobran dietas pese a tener casa en Madrid.

No todo va a ser negativo en la crisis. Quizás encontremos el secreto de la eterna juventud escondido en un periodo de prácticas que se extiende por años, en vivir con nuestros padres hasta los 30 y en no poder tener familia hasta los 40, si es que no hemos perdido la esperanza. Dejemos de culpar al Gobierno, que nos ayuda a esforzarnos al máximo para conseguir dos duros y nos ofrece, sin pedir nada a cambio, la fuente de la eterna juventud.

Nota de la autora: Sacúdanse la ironía antes de afrontar este último párrafo. Estos tiempos que nos han tocado en suerte como inicio de nuestra vida laboral son un asco. Cualquiera con nuestra cualificación, idiomas, talento y capacidades habría encontrado ya trabajo en cualquier otra época. Pero aquí va lo bueno: no somos unos cualquiera. Las ideas y el esfuerzo salen adelante. Nos lo decían en el colegio y debemos repetírnoslo a diario. Caeremos si perdemos la pasión y las ganas, porque solo nuestro talento nos hará libres.

 

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“Si no se puede contar la complejidad, no se puede contar la verdad”

Iñaki Gabilondo

“Los periodistas somos especialistas en Historia contemporánea, pero de la más contemporánea, de la de hoy”. Esta frase podría haber salido de muchas bocas, pero el pasado mayo lo hizo en concreto de la de Iñaki Gabilondo, en la conferencia que ofreció en el Salón de Actos de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, una lección magistral sobre la vida y el Periodismo, más pesimista que optimista, pero desde luego muy valiosa.

Los halagos hay que ganárselos y demostrar que son verdad, no basta con recibirlos, y no podemos considerarnos especialistas en una materia sino cumplimos todos los requisitos. Es imposible que seamos analistas de la Historia perdiendo cada día como lo hacemos la perspectiva. “La dificultad de vivir y entender es determinante, y lo es más cuando entender se hace materialmente imposible, no solamente porque siempre lo es –por falta de perspectiva-, sino porque ahora va todo muy a prisa”, explicaba el periodista, a la vez que se planteaba: “¿Cómo se puede valorar lo que ocurre cuando es imposible tener la más mínima precisión en esa valoración?”.

A los estudiantes de Periodismo, a quienes se quiere preparar para ser especialistas de la Historia contemporánea, se les enseña desde las primeras clases que la precisión es uno de los elementos imprescindibles con los que hay que trabajar. Una información sin detalles -ya sea contada por un periodista, por un profesor o por la vecina del cuarto- no interesa, porque la vida está llena de detalles. Como escribió una vez Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan, “la vida inmediata es tan precisa, tan rica en pormenores que no puede someterse a categorías, a dictámenes generales sobre el estado de ánimo de una ciudad entera o de un país o sobre las expectativas de lo que puede o no puede ocurrir”. No podemos pretender vender a los lectores, oyentes, espectadores y usuarios Periodismo de calidad cuando lo que más nos importa no es la información completa, sino las ventas, las visitas o el posicionamiento en la Red.

Los periodistas somos los narradores de la historia reciente, actual, del hoy y del ahora, por lo que no podemos someter nuestro trabajo a una de las mayores distracciones que se nos presentan en la vida: la prisa. La receta de la credibilidad, según Gabilondo, incluye altas dosis de decencia y de tiempo. Cualquier persona que ejerza o haya ejercido el Periodismo en el marco de esta sociedad tecnológica del siglo XXI, habrá vivido en propia carne la presión de tener que publicar una información a los pocos minutos de que suceda. ¿Son las nuevas tecnologías las que nos han obligado a actuar así o somos los periodistas los que hemos pervertido la calidad informativa con la excusa de Internet? La prisa conlleva falta de tiempo, y la falta de tiempo, imposibilidad de contar la complejidad. La consecuencia, enunciada por Gabilondo, es que “si no se puede contar la complejidad, no se puede contar la verdad”.

La llegada de Internet ha coincidido con una bajada de la calidad de los contenidos periodísticos, pero no podemos achacarle nuestras debilidades a la Red. Vivimos precisamente el momento en que más necesidad de información de calidad hay y en el que menos atención le estamos dedicando. En este contexto, la apuesta, aunque merezca un sacrificio, debería ser por la calidad, no por la cantidad y la rapidez. Debemos enfrentar la realidad de que en lugar de salvar lo valioso que tenemos, estamos colaborando a que se hunda el barco. Y de eso no tiene la culpa Internet.

La solución a la crisis del Periodismo, es bueno insistir en ello, es el Periodismo de calidad, y esa calidad pasa por contar la Historia contemporánea tal y como es, es decir, pormenorizada. La poca concreción en una información puede suponer únicamente un pequeño error en la inmensidad de detalles que maneja cada día un periodista, pero también un mundo para la persona sobre la que trata la información, para esos “damnificados por el Periodismo” – en palabras de Gabilondo- cuyas informaciones no llegan a ser valoradas en su justa medida, seguramente por falta de tiempo.

“Un cirujano antes de operar se lava las manos y se pone guantes. ¿Y si es un hospital pequeño? También. ¿Y si lo compra un consorcio de hospitales internacionales? Pues se lava las manos y se pone los guantes. ¿Y si tiene prisa? Se lava las manos y se pone los guantes. ¿Y si ese hospital está queriendo optimizar resultados y arrebatar quirófanos a los pacientes para ir despejando camas? Entonces no puede hacer bien su trabajo”. Con esta ejemplificación Gabilondo quiso destacar la necesidad del Periodismo de establecer un pacto con la sociedad que permita que los periodistas nunca olvidemos que nuestra función no es elegir lo que debe conocerse y lo que no, si no ser administradores del Derecho a la Información de la sociedad. Es necesario que eso sea lo primero en que pensemos antes de entrar en una redacción.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 5 de junio de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/06/inaki-gabilondo-periodismo-historia/).

 
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Publicado por en 7 de junio de 2012 en Platos preparados, Publicaciones

 

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