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Algo ha cambiado

Todos somos turistas

Ayer por la tarde, a eso de las ocho y diez, se dio una situación curiosa. En el ascensor de la salida a la calle de la estación de Canal coincidimos un chico y una chica de veintitantos, una señora de unos sesenta y pico y quien firma estas líneas. Tras comenzar el aparato el ascenso la joven, sin ánimo cursi, ni desagradable, ni entrometido, y sorprendiéndonos a todos, dijo: Es usted probablemente la mujer más elegante que he visto en toda mi vidaCon la misma naturalidad que podría haber dicho No sé si seguirá lloviendo. La mujer, que vestía un elegantísimo abrigo color lila con botones negros redondos de unos siete centímetros de diámetro cada uno, calzaba altos tacones y desprendía seguridad a borbotones, se sonrojó. Los cuatro nos miramos y nos sonreímos con complicidad. Al salir del ascensor, aunque ya era imposible verlo, en las cuatro caras implicadas se dibujó una sonrisa que duró unos instantes. Esta escena solía ser algo inimaginable en Madrid. Ya no. Algo está cambiando.Serendipity

La anécdota, que no es más que eso, puede parecer nimia a ojos que no lo hayan vivido en el momento, pero refleja una sensación que viene embargando a una servidora desde hace algún tiempo. Hace no demasiado, los días no tenían más color que el negro. No eran las vidas concretas, sino el sentimiento generalizado de angustia, de agobio, de falta de ganas, de miedo, de tensión. De no tener trabajo, de quedarse sin él repentinamente, o de estar a punto de perderlo. No había luz por la calle, sino competición y desgana. Las noticias buenas, por un tiempo, dejaron de existir. Es que no veíamos el horizonte. No ha habido un gran cambio, no se ha puesto fin a la batalla y la cosa no ha mejorado mucho. Creció el PIB un 0,1%, pero que levante la mano el que lo haya notado. Aumentó la venta de cestas de Navidad, sí, pero no hay más dinero en los bolsillos. La gente aún no tiene la seguridad de que esto vaya para adelante. Hay quien fue desterrado de su hogar y no tiene prevista la vuelta. Hay quien abandonó el país y se encontró un escenario terrible: las cosas no son más fáciles allí. Los tiempos oscuros no han pasado, pero algún matiz ha cambiado, algunas caras ya no son de color gris.

Quizás sea que cuando uno se vuelve pesimista es incapaz de detenerse en los colores y cuando las cosas van mejor es como cambiar de gafas. Quizás sea que todas esas buenas noticias que últimamente proliferan y que el cinismo que hemos heredado de la tormenta de la crisis nos impide disfrutar estén realmente ocurriendo. O quizás sea que, en realidad, llevamos tantos años deseando ver la luz al final del túnel que nos aferramos a cualquier sonrisa para sentenciar que estamos en el preludio de los buenos tiempos. Solo el tiempo lo sabe. No obstante, yo me subo al carro. No al de los hombres con traje que en conferencias sin preguntas intentan hacernos creer que gracias a ellos se está acercando el arcoíris. No al de los oportunistas que predican el ya lo sabía yo… cual mantra propio de los más pesados. No al de los que se suman el tanto minimizando el gran esfuerzo que solamente los ciudadanos hacen para salir de esta. Me subo al carro de las sonrisas desconocidas, de las cesiones de asiento en el autobús, de los pies que sujetan la puerta del metro cuando ven a alguien correr. Me subo al carro de la necesidad y el disfrute del optimismo.

Sí, saldremos de esta. Aunque los malos no lo reconozcan sabremos que ha sido solamente gracias a nuestro esfuerzo. No nos quedaba suerte y, si alguna vez la hubo, el año 13 nos la arrebató. Lo hemos hecho todo nosotros, hemos perdido mucho y a muchos en el camino, pero estamos saliendo. A pie. Y con la frente bien alta. Será que era verdad aquello que la profesora de Física y Química repetía a todas horas para convencernos de que estudiáramos: el esfuerzo siempre sale adelante. Feliz recuperación.

Nota al pie: Ayer falleció Manu Leguineche, el jefe de la tribu, lo que por unos momentos ennegreció el día. Hasta que llegó a mis ojos este texto maravilloso que escribió Juan Cruz y que lleva impregnado en cada palabra lo que la vida significa. Y la tristeza por la muerte de un maestro dejó paso a un gracias con sonrisa. “No tuvimos infancias felices, pero tuvimos Vietnam”.

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Publicado por en 23 de enero de 2014 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Ciudadanos invisibles

De niños, los personajes de cómic nos dieron a entender que uno de los poderes más útiles es el de ser invisible. Soñábamos con desaparecer por unos minutos de la realidad en la que nos habíamos visto enmarcados y envidiábamos a los protagonistas cuando todavía llamábamos a esos librillos tebeos. La insoportable realidad de la sociedad actual, sin embargo, nos hace comprender que la vida es muy distinta. La invisibilidad no es codiciada, sino que es la peor de las enfermedades.

Ayer ocurrió algo terrible, pero no me atrevo a decir que inesperado. Un barco cargado de inmigrantes naufragó a su llegada a Lampedusa (Italia) a causa de un incendio. En el momento en que se escribe este texto, la cifra de fallecidos supera los 200. Leo en la prensa que la tragedia avergüenza a Europa, supongo, por el alto número de muertos. Pero, por favor, no seamos hipócritas. O, al menos, tengamos un poco de conciencia. Cientos de inmigrantes abandonan sus hogares cada día en busca de una oportunidad en un país “avanzado”. Que no les parezca lejano, porque en España estamos viviendo en primera persona esa misma realidad. La diferencia es que ellos viajan hacinados en pateras y nosotros podemos permitirnos un vuelo en Ryanair. Y hay otro matiz… Una gran parte de ellos mueren en el camino, sin que a nadie parezca importarle demasiado, y los que consiguen llegar, que solo Dios sabe lo que han tenido que sufrir para ello, son repatriados en cuanto ponen un pie en la costa. ¿Eso no nos avergüenza? ¿No nos da vergüenza que quien se ve obligado a abandonar su país para poder aspirar a algo mejor tenga que hacerlo hacinado en una embarcación inestable arriesgando su integridad física y hasta su vida? Lampedusa ocurre todos los días, pero parece que a Europa solo le avergüenza si el número de muertos protagoniza las portadas.

Forges.

Forges.

Un ciudadano invisible es aquel que habita en el peldaño más bajo de la escala social. Y eso que en nuestra sociedad no es tan difícil pasar de invisible a demasiado visible en pocas horas. Los cientos de muertos y heridos en el derrumbamiento de la fábrica textil de Bangladesh el pasado 24 de abril ya fueron repentinamente colocados en las primeras páginas de los periódicos durante unos días, pero eso, desgraciadamente, no les convirtió en protagonistas de nada. Como en Lampedusa. Siempre han sido invisibles y, a nuestros ojos, siempre lo serán, porque en ningún caso han sido tratados como ciudadanos de clase preferente, como todo humano debería ser.

Tras el atentado de la maratón de Boston, en el que murieron tres personas y casi doscientas resultaron heridas, la prioridad absoluta fue investigar quién había provocado la matanza. Las imágenes conmocionaron al mundo. El accidente de Bangladesh, sin embargo, ocupó un pequeño lugar en nuestras conciencias, porque en ningún momento se buscó encontrar a los verdaderos culpables de aquello. Y nadie investigará cuál es el origen remoto de la tragedia de Lampedusa, porque ya sabemos quién tiene la culpa, pero nadie quiere decirlo. Y lo peor es que a nadie le importa, porque solo nos escandalizamos si hay muertos, en lugar de clamar al cielo y hacer algo por reparar la trágica realidad de quien tiene que trabajar explotado en una fábrica o de quien se ve obligado a sufrir el calvario de inmigrar en patera (y todo lo que viene antes, que es incluso más arriesgado).

Que cada cual elija si la invisibilidad es un gran poder o un gran lastre. No estamos aquí para juzgar, pues cada uno es dueño de su propia conciencia. Eso sí, cuidado con la hipocresía, que situaciones como la de Lampedusa o la de Bangladesh no deberían pillarnos desprevenidos: hace años que las realidades que silenciamos avisan a voces del advenimiento de la tragedia.

 
 

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El farol

La muerte a veces es silencio y, a veces, estruendo. El silencio que dejan sus libros cerrados, sus gafas guardadas y su cama vacía. El estruendo que produce la tierra lanzada con fuerza sobre su ataúd. A veces es luz y, a veces, oscuridad. Unas veces, venganza, y otras, descanso. Pero siempre es brusca, aunque se espere.

Cada muerte en el pueblo es una gota que colma el vaso del desaliento, una prueba más de que la vida es una cuenta atrás. Y nunca deja indiferente a sus habitantes, que acuden a cada despedida cargando con sus achaques y sus bastones, limpiando con un pañuelo de tela sus ojos llorosos. La impresión que deja sentir su cuerpo inerte a unos metros pone de manifiesto que la muerte, sin duda, es ley de vida.

Una reunión familiar, unas risas y unos recuerdos en torno a una caja de cartón. Fotografías de hace medio siglo. Ese libro de familia descompuesto. Y un puñado de vidas que hoy se resisten a que el último adiós sea el definitivo. Es imposible poner palabras a la despedida…

… pero lo cierto es que ya no luce el farol de la calle de la Iglesia.

 
 

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Pulmones

Inglourious Basterds

De nuevo, días repletos de nada, de gris y de niebla. Hay demasiados pulmones ahí fuera intentando desestabilizar nuestro mundo. Demasiados balones de oxígeno salvando las vidas que nosotros no podemos rescatar. Este fin de semana el oxígeno se terminó para Enrique Meneses, el mejor ejemplo de que el Periodismo no se aprende en las aulas, sino en la calle. Un hombre cuya sangre era tinta y cuyos ojos fotografiaron tanto la crueldad más pura del ser humano como su cara más amable. Él se marcha, pero nosotros nos quedamos a echar el último baile.

Cada semana se cae en el riesgo de echar de menos el aire contaminado de Madrid. Las vías respiratorias están más tranquilas, sí, pero la cabeza está demasiado relajada cuando empieza una a reacostumbrarse al ritmo lento de Valladolid. Ahora que 2013 se presenta como un gigante imbatible lleno de pruebas desde los primeros días, crecen las oportunidades, el desaliento, los sueños y las pesadillas. Y, sobre todo, los sobresaltos sin motivo en medio de la noche y las pequeñas obsesiones sin sentido.

Las Navidades siempre son familiarmente productivas. Las calles se llenan y Valladolid, por unos días, parece habitada. Se enfrentan a la crisis los langostinos, los Reyes Magos y el carrusel de la Plaza Mayor. Hay más colores que de costumbre. Sin embargo, las Navidades tienen un problema. Es esa sensación de vacío que dejan a su paso, ese miedo repentino a no se sabe qué. Los días más felices ocurren a final de año, cuando aún no nos ha dejado ciegos la excesiva iluminación de las calles. En enero, los días siempre son de color rojo.

Hay quien está perdiendo el aliento, pero aún hay otros pulmones que nos recuerdan que la vida va en serio y que llegar a la meta ha de ser nuestro latido. Que no entre líquido malicioso en ellos, sino aire puro, como el que Trapseia intenta insuflarme gracias a su pequeño reconocimiento. La vida puede ser maravillosa. Quizás no hoy, pero sí mañana. 

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Publicado por en 9 de enero de 2013 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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La vida iba en serio

Que la vida iba en serio… uno lo empieza a comprender más tarde.  

Hay caras sonrientes al final del pasillo. Al inicio, desaliento. El encuentro, breve, se produce entre las cuatro y las siete de la tarde, y nunca es suficiente. Durante unos minutos se ríe y se olvida el porqué de la visita, pero la realidad, la más arrolladora de las fuerzas, aparece de repente y borra las sonrisas de un plumazo. Hace mucho tiempo que no se ensancha la boca de quien ocupa el centro de las miradas, que apuntan directamente a ese rostro cubierto de las hendiduras que dan testimonio de una vida trabajada, sufrida y no recompensada. A pesar de la entereza de quienes sufrieron hambre, no cabe en la sala decir que en peores guerras hemos vencido. Nunca ha habido batalla más dura que la imposibilidad de saber en qué momento y con qué fuerza actuará de nuevo el enemigo más poderoso del hombre, la naturaleza, a través de su soldado más temido: la enfermedad. En esa cafetería no hay discusiones sobre el fin del mundo, pues hay vidas que terminaron antes de trasladarse allí, un lugar en el que la Navidad no provoca alegría, sino dolor y demasiadas reflexiones. Allí habitan circunstancias que en el mundo real no existen o no se quieren ver. Allí maduran debates familiares y la impotencia de sentirse David ante un Goliat imbatible. No hay consuelo cuando se comprende que la mejor vida ya está pasada, que es irrecuperable la libertad infantil de no tener miedo a qué pasará mañana. No existe preparación suficiente para lo inevitable. Y las paredes no hacen juego con las batas blancas de las enfermeras.

 
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Publicado por en 30 de diciembre de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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El principio del camino

“El futuro no está por venir. El futuro es lo que hacemos ahora”

Este no es el final de su vida, sino el inicio de una vida distinta

Es ley universal que todas las despedidas dejan un extraño sabor de boca. Esta, sin duda, se merece unas palabras. Si todo va bien, el mes que viene no habrá facultad a la que acudir a diario a aprender Periodismo. No habrá universidad de la que quejarse ni compañeros con los que reírse del futuro. Bueno, los habrá, pero nuestros escenarios ya no serán los pasillos de Filosofía y Letras, esa facultad en la que con mucho orgullo nos hemos colgado el título de “más numerosos y más ruidosos” que los demás estudiantes de Letras. El pasado sábado se habló durante muchas, muchísimas horas de futuro. Los que pasamos de graduandos a graduados nos sentimos unidos en el desprecio a la pregunta: ¿Qué vas a hacer el año que viene? Un discurso, muchas conversaciones o incontables bailes nos ligaron también en la obligación de darle a estos cinco años de carrera un final digno que haga honor a todos los sentimientos y pensamientos que nos han asaltado durante los que dentro de algún tiempo recordaremos como aquellos maravillosos años.

Hoy la vida nos obliga a madurar. Nos han repetido hasta la saciedad que hoy es el día en el que nos hacemos adultos, que es el momento de enfrentar la vida, que hoy empezamos a vivir. La pregunta ¿Qué quieres ser de mayor? ya no tiene proyección futura, sino que debería haber sido ya respondida. Bueno, no hay que ponerse tan melodramáticos, mejor intentemos resolver otras ecuaciones, como aquellas que nos lleven a descubrir quién queremos ser de mayor, es decir, quién queremos ser. Estos son los días en los que el corazón se ablanda y las gargantas tiemblan. En estas fechas solo se reciben mensajes de ánimo a través de palabras emotivas de personas maravillosas que han sido compañeros de camino durante estos años y que lo serán a partir de ahora, pero en una selva mucho más grande, más competitiva y más dispuesta a borrarnos de las listas.

Es imposible resumir lo que esta carrera ha significado para cada uno de los que la elegimos. Con ella y por ella hemos crecido, madurado y aprendido a vivir, a conocernos y a valorarnos. Nuestros ojos y su forma de ver el mundo, de leer los periódicos, de entender la vida… han cambiado radicalmente desde aquel día en que seleccionamos el Periodismo como nuestra primera opción de vida. Sin embargo, debo confesar que lo que más ha significado para mí de esta carrera han sido las personas que he conocido a través de ella en Valladolid, Lieja y Madrid, y, por supuesto, los lugares a los que esas relaciones me han llevado, tanto físicos como intangibles… entre ellos, a La cocina del elefante, donde me he quedado a vivir. De mis compañeros he aprendido lo que significa no dejarse amilanar ante una problema, no conformarse con el mundo que nos han dejado y no descansar hasta conseguir ser quien quieres ser. Y que las dificultades, por muy gordas que parezcan, siempre se hacen pequeñas después de un rato de sanas, contagiosas e irreductibles carcajadas. Con ellos he aprendido, reído, soñado, viajado, estudiado… pero también con ellos he llorado, me he frustrado y me he superado a mí misma. Uno nunca conoce sus límites hasta que se acerca a ellos, eso lo aprendí en el Camino de Santiago. Y un poeta contemporáneo me enseñó: Pie detrás de pie, no hay otra manera de caminar.

Así se despedía de nosotros una buena profesora: Que no temáis a ningún Poseidón (crisis o como quieran llamarlo), mantened alto el pensamiento y limpia la emoción. Así lo haremos, no quepa duda, porque el futuro es para los valientes. Palabra de elefante.

 
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Publicado por en 25 de junio de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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La vida en la caverna

Esta noche he soñado que era de día

Era lunes el pasado día 23, y por primera vez no celebró la fiesta de Castilla y León, sino que tuvo que actuar como un madrileño más e ir a clase y al trabajo, inconsciente de lo que en su casa se estaba cociendo. A las ocho de la tarde, después de un día agotador, se disponía a disfrutar de una larga sesión de sofá, cuando se encontró con un pastel que no había cocinado. La visión era desoladora para un amante del siglo XXI como ella, pues le habían arrebatado la electricidad, por circunstancias que escapaban a su responsabilidad y su entendimiento. Pasó cuatro días intentando subsistir sin aquel bien tan preciado, y lo consiguió, pero la experiencia tuvo poco de positiva.

Es cierto que se puede sobrevivir sin electricidad, ni luz, ni Internet, ni calefacción, ni línea telefónica ni agua caliente, al igual que se puede subsistir sin derechos laborales ni sociales. Pero la vida, desde luego, empeora y mucho en ambas situaciones, cuando lo único que puedes hacer es sentarte a leer un libro sin emitir queja alguna. Que tres personas estudien a la luz de una única vela es posible, pero todos nos damos cuenta de que esa proporción es un disparate. Nos creemos muy avanzados, pero basta un detalle para desestabilizar nuestro mundo. Una persona más en paro, un corte de luz, un político corrupto… hunden nuestras realidades y nos dejan en recesión. Y la crisis, que ya no es solo económica, infecta todo nuestro organismo.

Encontrar a un optimista se ha convertido últimamente en una gesta comparable a las de los grandes caballeros de la Edad Media, porque es muy difícil de cumplir la regla básica para convertirse en uno de ellos: sacar lo positivo de todo. Esta semana nos hemos enterado de que el 1 de mayo lo puede celebrar todavía menos gente que hace unos meses. Más temas de conversación para la sobremesa: el desempleo aumenta a 5.639.500 personas. Es decir, que 1.728.400 familias tienen a todos sus miembros en paro. Aún recuerdo cuando los “casi cinco millones” dolían a los ojos, a la cabeza y al estómago. Y lo peor es que no parece que la cosa vaya a mejorar hasta dentro de bastante tiempo. Cuando pase esto, no voy a querer mirar. Pocas cosas como esta clase de crisis son capaces de hacer temblar el suelo bajo nuestros pies y obligarnos a plantearnos el porqué de todo.

De momento, nos conformamos con cruzar los dedos y sobrevivir un día más sin que la onda expansiva de la crisis nos llegue a nosotros en forma de verdaderos problemas. En definitiva, que cuando pulsemos el interruptor, se encienda la luz. Feliz día del Trabajo.

 

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