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Esperanza en conserva

Los viajes largos en metro siempre evocan demasiados recuerdos. Sentada en el cuarto vagón del tren de la línea cuatro que a las cuatro y veinte pasa por Colón pienso en el futuro que vamos a tener que pelear. Completamente absorta en La revolución de los vikingos pienso si tiene salida un país en el que es demencial confiar, porque todos sus pilares están corruptos. Las uñas esmaltadas de color coral están llenando sus páginas de rayones. ¿Qué futuro nos va a tocar? Uno nunca conoce la ferocidad del monstruo del paro hasta que se planta ante él cara a cara. Y hasta que no se pierde la rutina no se descubre lo fácil que es dejar de esforzarse, de leer, de escribir. Y de luchar. Cuánto se tarda en aumentar la media de horas diarias frente a la televisión, aquella de la que nos reíamos cuando éramos reyes.

La única alternativa al paro es la lucha. Lo único que nos sacará de esta serán las ganas de vivir dignamente. A la altura de Goya levanto la vista de las letras. Entra en el vagón un hombre con camisa a cuadros. Tiene acento argentino. Saluda, comenta su desgraciada historia y pide disculpas por lo que está a punto de hacer. Coloca su mano en la barra, toma aire y comienza a cantar. Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando mi retorno… Imagino su historia. Recién llegado de Argentina, hace diez años, con una ancha sonrisa. Aún la conserva, a pesar de ganarse la vida cantando de metro en metro, como un artista de los de siempre. Es posible que ahora deba volver. Con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien.

Elena Lozano Santamaría

Tengo el libro cerrado sobre mi regazo, con uno de mis dedos colocado entre las páginas 48 y 49. Este diálogo constituye el ejemplo clásico de lengua diplomática donde cada parte cree entender a su interlocutor sin que las conclusiones sean comunes. Los vikingos dijeron basta. Se hartaron de que les tomaran el pelo, pero nosotros no seguimos su ejemplo, sino el de quienes tiraron sus ilusiones por el retrete. Miro a mi derecha y contemplo cómo mi maleta espera paciente la llegada de la estación de Hortaleza. Nunca he tenido en la vida compañero más inseparable que esa pequeña caja de tela de color azul, con su asa que se atasca y las tarjetas de embarque de los últimos tres años perfectamente guardadas en su bolsillo trasero. Me pregunto a dónde me llevará el año que viene y si conseguiré algún día colocarla en lo alto del armario sin tener que bajarla cada mes de septiembre. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada. La tormenta me está robando mis próximos veinte años y me empuja sin remordimiento alguno a traicionar a la pequeña que creaba sus propias revistas en casa y grababa programas de radio con su hermana. Me río. Hoy también me han preguntado que por qué no escribo un libro.

Y yo, que sigo empeñada en que este es el mejor oficio del mundo y en que este es un buen país mantengo la esperanza en conserva, porque no es peor para nosotros estar parados que para ellos que nunca dejemos de luchar. Gardel sabía de lo que hablaba.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido,
que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.

Volver.

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‘El sentido de un guisante’

Fuimos a volar en un solo paracaídas

Elena Lozano Santamaría - El sentido de un guisante (2)

Acabo de guardar el libro en la estantería. Ya forma parte de mi pequeño universo una de esas historias que me han tocado el alma y viven en la estantería soñando ser rescatadas de nuevo. Lo he colocado entre Muñoz Molina y Pérez-Reverte, cosas del alfabeto. Ya cobra sentido en mi estantería El sentido de un guisante. No está mal esta historia de perdedores. Podría haber rastreado lo bueno y malo que de ella se ha dicho ya y tirarme el pisto como crítica literaria, pero no engañaría a nadie. Dejaré que fluya el inconsciente y pondré el alma de las historias en la mesa. No desgranaré por qué Internet nos ha hecho perder naturalidad y frescura en lo importante, ni contaré cuál es el sentido de un guisante. Esta no es una historia de ganadores, pero tampoco de pardillos

El sentido de un guisante es una historia para aquellos que, como yo, disfrutan de las palabras como de cada bocado de un buen plato. Para los que nos gusta paladear el sentido de cada frase y repetir la lectura de cada una hasta que se grabe en el cuaderno de la memoria. Para los que nos gusta subrayar con lápiz lo que se nos subraya solo en el alma. Porque la vida está para gastarla, y los libros, para darles uso. Es cierto que este texto nos llega más a unos que a otros. Lo vivimos como propio los perdedores que nunca nos atrevimos a ganar de verdad, aquellos a los que en alguna ocasión nos llamaron pequeño rock & roll y que insistimos en profundizar, que es la única manera de entender este libro. Como todo en la vida. Ya lo dice el autor: Hay dos tipos de persona: los que hemos visto Californication y los que no.

Elena Lozano Santamaría - El sentido de un guisante (4)Uno puede pasarse toda la vida buscando una forma diferente de escribir, de dejar huella en cada letra. Su propio estilo. Existe el sueño de que alguien coja un texto y sepa reconocer su autoría sin leer la firma. Hay quien tarda una vida en conseguirlo, pero no es el caso del maestrillo Rubén. Él ya tiene un toque muy especial que lo define. Hay que avisar que no es un texto que se comprenda a primera vista, sino que hay que hacer un ejercicio de lectura entre líneas. Esta historia de perdedores no se entiende si se lee por encima. Pero, confíen en mí, merece la pena pasearse por sus páginas. Y hay un hombre (de fondo) que también escribe esta historia. Lo hace con melodías, pero viene a contarnos lo mismo Quique González. Que la vida te lleva por caminos raros. Que nunca quisiste ser de nadie. Es una delicia.

Recomendación de los elefantes: léanlo. Déjense atrapar por estas letras. Y háganlo con música del señor González, si puede ser. Agárrense al asiento con este muchacho. Puede haber nacido una estrella con estilo propio, así que no pierdan la pista del guisante: no querrán haber sido los últimos en enterarse.

 
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Publicado por en 10 de abril de 2013 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Pequeños héroes

Leer en la cama, bajo la sábana, a la luz de una linterna.

La bocina del camión sonaba a las tantas de la madrugada en pleno Carabanchel (Alto). Manolito y su hermano, el Imbécil, sabían que eso significaba dos cosas: la primera, que papá había vuelto a casa, y la segunda, que podrían acabar comiendo huevos fritos como lo haría él. Al día siguiente, si había pasado un espacio de tiempo considerable desde su última visita, Manolo (padre) los medía para comprobar cuánto habían crecido. Si ahora volviese a hacerlo, Manolito mediría, aproximadamente, 150 centímetros.

Entrevista a Elvira Lindo en ABC 

Hay una cosa (de tantas) que siempre he envidiado de la generación anterior a la mía. Pertenezco a ese grupo al que se le escapó de los dedos, por poco, la televisión de los payasos. Cuando llegamos al mundo ya había varios canales, así que repartíamos nuestras meriendas de pan con chocolate entre Pipi Calzaslargas, Heidi y otros buenos muchachos de la época. Cada vez que veía en la televisión lo mucho que quería Miliki a sus niños de 30 años, confieso que me entraba una envidia bastante insana, pues yo quería haber sido uno de ellos. Sentía que faltaba alguien que pusiera sus ojos en los que fuimos niños en los 90, hasta que un día, hace algunas semanas, me sorprendió un regalo hecho a toda mi generación. Mejor Manolo, se llamaba. Nuestro Manolito estaba de vuelta.

El mundo mundial. Así de extensa es la realidad del mejor héroe de la infancia de esa colección de pequeños que no nos conformábamos con Superman o Batman, que queríamos un héroe real, de los que no aparecen en las cajas de cereales. Esos niños cuyos cómics estaban firmados siempre por Francisco Ibáñez, pues disfrutábamos más con la cercanía de Mortadelo y Filemón que con los poderes asombrosos (para algunos) de los archifamosos superhéroes. Llegó Elvira Lindo y, como quien no quiere la cosa, se instaló en nuestras estanterías con un personaje más que entrañable, a quien durante diez años hemos echado de menos más de la cuenta.

Por fin se produjo el reencuentro con ese viejo amigo que nos enseñó a mirar la vida con otros ojos, detrás de unas gafas, como las que muchos teníamos. Y es que ya echábamos de menos el barrio de Carabanchel (Alto), el primer lugar en el que aprendimos que la vida no era solo pan con chocolate, sino que existían familias atrapadas entre las letras de un camión, antes de aprender a golpe de telediario lo que significaba la palabra crisis. Era (y es) difícil encontrar personajes como Manolito, mejor Manolo, que sean capaces de arrastrar a la lectura a miles de niños que, ahora jóvenes adultos, disfrutamos de sus últimas historias, las de una familia cualquiera, los García Moreno. Gracias a esa familia, cuyas desventuras creaban adicción (nuestros padres llegaban, incluso, a castigarnos sin leer para obligarnos a ir a dormir), la niña que apagó su vela de primer cumpleaños con el dedo y que hoy se empeña en ser periodista aprendió a leer, a escribir y a reír.

Desengañémonos. Hay demasiados héroes por aquí. Muchos, sacados de los libros, y otros tantos, creados a partir de las grandes gestas del siglo XXI, que, lejos de tener que ver con salidas a la crisis, se concretan en hazañas futbolísticas. No puedo decir que mis héroes lleven capa. Los personajes que se ganaron mi corazón de niña, a los que admiraba y perseguía por todas las librerías tienen nombre de gente corriente: Manolito, Mortadelo, Filemón… Y otros, que no tuvieron la suerte de ser eternos como personajes de libros, pero a los que también perseguía: Antonio Mingote, Miguel Gila… y ahora Emilio Aragón. Nombres comunes de quienes poco tenían de corriente. A estas personas las echaremos de menos todos los días, porque la gente que hace reír es la más necesaria, no solo en tiempos de crisis, y ellos nos enseñaron a hacer lo más importante del mundo, a reír. Así es como empiezan todas las vidas.

 
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Publicado por en 29 de noviembre de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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“Si no se puede contar la complejidad, no se puede contar la verdad”

Iñaki Gabilondo

“Los periodistas somos especialistas en Historia contemporánea, pero de la más contemporánea, de la de hoy”. Esta frase podría haber salido de muchas bocas, pero el pasado mayo lo hizo en concreto de la de Iñaki Gabilondo, en la conferencia que ofreció en el Salón de Actos de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, una lección magistral sobre la vida y el Periodismo, más pesimista que optimista, pero desde luego muy valiosa.

Los halagos hay que ganárselos y demostrar que son verdad, no basta con recibirlos, y no podemos considerarnos especialistas en una materia sino cumplimos todos los requisitos. Es imposible que seamos analistas de la Historia perdiendo cada día como lo hacemos la perspectiva. “La dificultad de vivir y entender es determinante, y lo es más cuando entender se hace materialmente imposible, no solamente porque siempre lo es –por falta de perspectiva-, sino porque ahora va todo muy a prisa”, explicaba el periodista, a la vez que se planteaba: “¿Cómo se puede valorar lo que ocurre cuando es imposible tener la más mínima precisión en esa valoración?”.

A los estudiantes de Periodismo, a quienes se quiere preparar para ser especialistas de la Historia contemporánea, se les enseña desde las primeras clases que la precisión es uno de los elementos imprescindibles con los que hay que trabajar. Una información sin detalles -ya sea contada por un periodista, por un profesor o por la vecina del cuarto- no interesa, porque la vida está llena de detalles. Como escribió una vez Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan, “la vida inmediata es tan precisa, tan rica en pormenores que no puede someterse a categorías, a dictámenes generales sobre el estado de ánimo de una ciudad entera o de un país o sobre las expectativas de lo que puede o no puede ocurrir”. No podemos pretender vender a los lectores, oyentes, espectadores y usuarios Periodismo de calidad cuando lo que más nos importa no es la información completa, sino las ventas, las visitas o el posicionamiento en la Red.

Los periodistas somos los narradores de la historia reciente, actual, del hoy y del ahora, por lo que no podemos someter nuestro trabajo a una de las mayores distracciones que se nos presentan en la vida: la prisa. La receta de la credibilidad, según Gabilondo, incluye altas dosis de decencia y de tiempo. Cualquier persona que ejerza o haya ejercido el Periodismo en el marco de esta sociedad tecnológica del siglo XXI, habrá vivido en propia carne la presión de tener que publicar una información a los pocos minutos de que suceda. ¿Son las nuevas tecnologías las que nos han obligado a actuar así o somos los periodistas los que hemos pervertido la calidad informativa con la excusa de Internet? La prisa conlleva falta de tiempo, y la falta de tiempo, imposibilidad de contar la complejidad. La consecuencia, enunciada por Gabilondo, es que “si no se puede contar la complejidad, no se puede contar la verdad”.

La llegada de Internet ha coincidido con una bajada de la calidad de los contenidos periodísticos, pero no podemos achacarle nuestras debilidades a la Red. Vivimos precisamente el momento en que más necesidad de información de calidad hay y en el que menos atención le estamos dedicando. En este contexto, la apuesta, aunque merezca un sacrificio, debería ser por la calidad, no por la cantidad y la rapidez. Debemos enfrentar la realidad de que en lugar de salvar lo valioso que tenemos, estamos colaborando a que se hunda el barco. Y de eso no tiene la culpa Internet.

La solución a la crisis del Periodismo, es bueno insistir en ello, es el Periodismo de calidad, y esa calidad pasa por contar la Historia contemporánea tal y como es, es decir, pormenorizada. La poca concreción en una información puede suponer únicamente un pequeño error en la inmensidad de detalles que maneja cada día un periodista, pero también un mundo para la persona sobre la que trata la información, para esos “damnificados por el Periodismo” – en palabras de Gabilondo- cuyas informaciones no llegan a ser valoradas en su justa medida, seguramente por falta de tiempo.

“Un cirujano antes de operar se lava las manos y se pone guantes. ¿Y si es un hospital pequeño? También. ¿Y si lo compra un consorcio de hospitales internacionales? Pues se lava las manos y se pone los guantes. ¿Y si tiene prisa? Se lava las manos y se pone los guantes. ¿Y si ese hospital está queriendo optimizar resultados y arrebatar quirófanos a los pacientes para ir despejando camas? Entonces no puede hacer bien su trabajo”. Con esta ejemplificación Gabilondo quiso destacar la necesidad del Periodismo de establecer un pacto con la sociedad que permita que los periodistas nunca olvidemos que nuestra función no es elegir lo que debe conocerse y lo que no, si no ser administradores del Derecho a la Información de la sociedad. Es necesario que eso sea lo primero en que pensemos antes de entrar en una redacción.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 5 de junio de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/06/inaki-gabilondo-periodismo-historia/).

 
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Publicado por en 7 de junio de 2012 en Platos preparados, Publicaciones

 

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A veces sueño que soy calcetín

Di la verdad: llevas tiempo sin romper muñecos

Los calcetines son los peones de la lavadora, los rivales más débiles, los primeros soldados a los que los ejércitos envían a las trincheras, donde saben con toda seguridad que serán fusilados o capturados. Son como pequeños esclavos incapaces de rebelarse ante la autoridad de los pantalones vaqueros y las camisetas negras, que son los que deciden si la lavadora será de color o de blanco. Ahogados por un alto porcentaje de resignación, cruzan sus pequeños hilos salientes para que el programa elegido sea de agua caliente, pero casi nunca tienen suerte. Durante toda su vida han sido los grandes escondidos, los que nunca salen a la luz. En invierno los forzamos a mantener nuestros pies calientes, siempre por debajo de los autoritarios zapatos, y en verano incluso nos atrevemos a obviar su presencia y condenarlos al armario durante tres meses seguidos. Los calcetines, los pobres, se pasan todo el programa envidiando a las demás prendas, como a ese par de pantalones de pijama que se abrazan apasionadamente durante el centrifugado y se niegan a separarse para ser tendidos al aire. Los calcetines no saben lo que es el amor.

 
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Publicado por en 27 de abril de 2012 en El circo, El viaje del elefante, Elefantes

 

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Hustle and bustle

Hoy hace seis meses que vivo oficialmente en Madrid

Esta ilustración de ROBERSON está tomada de cuadernodelegados.blogspot.com

Madrid cambia, pero es tarea de uno mismo que el cambio sea para bien. Probar a romper la rutina y volver de repente a una ciudad pequeña, hermosa y lenta después de haber hecho la mente a Madrid es difícil hasta si se pretende ir de compras. En otras ciudades la gente no corre, no emplea horas en llegar al trabajo y, desde luego, no está entrenada para esquivar personas constantemente y caminar de manera cuadriculada. Aún no se ha decidido si Valladolid es una ciudad pequeña o grande, pero lo cierto es que tiene el tamaño idóneo para vivir sin agobiarse y sin sentir que falta algo, y eso que el centro de la ciudad no ha sido aún colonizado por los grandes imperios de nuestra generación. Eso me gusta.

Hay muchas recetas para sobrevivir en Madrid. Una de ellas, la cual recomiendo, es convertirse en lo que Noemí Hernández llama “un férreo optimista”. Una de las primeras cosas que hay que tener claras en todo momento es que no importa cuánto tiempo lleves viviendo allí para adaptarte, pues la mayoría de sus ciudadanos están educados por un reclutamiento al que los de fuera nunca hemos sido invitados. En Madrid el día se compone de pequeños espacios de tiempo; por ejemplo, el rato que tardas en (no) desayunar. Las jornadas se sienten muy largas y están muy cargadas de actividad. Lo esencial para no caer en la tentación de permanecer durmiendo toda la mañana es no pensar en la cadena de acciones cotidianas que son necesarias para que termine el día.

Edificio Metrópolis de Madrid. Esta fotografía fue tomada el 17 de noviembre de 2011 por una servidora (Elena Lozano).

Nada más hacer la mudanza uno se da cuenta de que los colores del cielo de Madrid son diferentes. Es cierto que los atardeceres adquieren tonalidades nunca antes apreciadas, aunque el dato se pierde si se recae en quién tiene la culpa de ello: la boina de contaminación. El cielo es un espacio al que poca gente mira, pues las condiciones meteorológicas se sitúan en un segundo plano. Solamente se percibe que ha llovido por los charcos que aparecen en el suelo de los pasillos del metro, y molesta la lluvia únicamente porque retrasa el camino hacia la obligación, porque aumenta el número de frustraciones cotidianas por las que el subterráneo te obliga a pasar cada día. Perder calorías por los pasillos, escuchar los gritos del metro, bajar las escaleras a toda prisa, doblar la esquina y comprobar que se trata del tren del andén de enfrente. Pocas ciudades influyen tanto en el estado de ánimo como aquellas en las que estás obligado a agobiarte por todo. Precisamente esa es la razón por la que los artistas del metro existen aquí. Son más necesarios que nunca, porque son uno de los pocos factores que te obligan a salir del ensimismamiento y la individualidad que adquieres al hacerte el abono de metro.

Madrid no es solo Gran Vía, y no todo son famosos, musicales y tiendas de marca. Lo primero que aprendes al llegar es que eres pequeño, muy pequeño. De hecho, eres insignificante. Es cosa tuya hacerte un hueco. Eso sí, no venir es un error si piensas que realmente vale la pena.

Aviso para soñadores: aunque todo parezca perfecto, no lo es. En Madrid, muchas veces te sientes solo. Y también con la autoestima por los suelos (está llena de gigantes que te hacen sentir diminuto). La gente es muy independiente (a la fuerza), la ciudad es demasiado grande como para hacer planes para el mismo día, tienes que pasar horas y horas fuera de casa, comer en el trabajo, rendirte a la muchedumbre solitaria del metro y sacrificar parte de tu vida social. Pero, como todo en la vida, es una elección.

Marina Vega, ‘Vivir en Madrid o la mili moderna’.

http://www.informauva.com/?p=1114

 
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Publicado por en 3 de abril de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Lieja. Liège. Luik.

La vida cambia cada cuatro minutos.

En Lieja siempre se escuchan cantos de sirenas modernas. Coches de policía, bomberos y ambulancias desfilan varias veces al día por el Boulevard d’Avroy. Cuando vivía allí era tal el nivel de decibelios que se producía que solíamos bromear diciendo que Lieja estaba en guerra, pero que nadie nos había dado el aviso. Esta ciudad no está hecha para el silencio, recuerdo haber escrito alguna vez sobre Lieja, pero nunca pensé que la ausencia de ruido pudiera aparecer tan de repente como lo hizo el pasado martes. Imagino un silencio confuso segundos después de los disparos, seguido de una locura multitudinaria de gritos y ataques de pánico. Nunca pudimos imaginar que su historia se mancharía una vez más de aquella manera, porque Lieja no es una ciudad de telediarios.

Los belgas son especiales, muy especiales. Mis oídos guardan registrados miles de sonidos que no he vuelto a escuchar desde que me marché de allí, como las canciones que los veteranos universitarios hacían entonar a los novatos a las puertas de la facultad de Philosophie et Lettres o las manifestaciones a ritmo de cacerola y trompeta en favor de la Educación. Y esos olores… En contra de la creencia popular, hay pocas calles que huelen a gofre, pero sí es cierto que la mayoría desprende un fuerte olor a frites, el plato estrella. En cuanto aterrizas en la impresionante estación de Guillemins, diseñada por Santiago Calatrava, percibes un olor a fritanga belga mezclado con kebap que grita en silencio llamando al gusanillo de tu estómago. Tengo miles de imágenes grabadas en el archivo fotográfico de mis retinas. Los colores brillantes de las luces de neón de la feria que instalaron durante mes y medio en el centro de la ciudad, en la que la ventana de mi habitación tenía un privilegiado puesto de primera fila. Los muros grisáceos de la mayoría de edificios que el Ayuntamiento olvidó limpiar, pero que adquirían un brillo especial en los días de nieve. Las figuras inéditas que decoraban las paredes del Pot au Lait y el intenso color dorado de sus cervezas. Las 373 escaleras de la Montagne de Bueren y esa sensación de vértigo y satisfacción al llegar arriba. El suelo de Le Carré, siempre lleno de charcos de cerveza y otros productos nacidos en las noches de fête, ces soirées-là.

A Liège, il se dit qu’on fait toujours tout un peu plus fort que les autres, un peu autrement aussi. On l’a dit des grèves, on l’a dit des affaires, on le dit de la fête.

Los martes y trece nunca han sido símbolo de buen augurio, pero tampoco han demostrado ser peores que los jueves veintitrés o los sábados cuatro. El martes pasado fue trece, y volvieron a mí esos sonidos, esos olores, esas imágenes. Me gustaría que los únicos gritos que estuvieran en mi memoria fueran los de los jóvenes disfrutando en las atracciones de la Foire d’Octobre, pero ahora han sido (casi) sustituidos por los lamentos de pánico y confusión de las personas que se encontraban en la place Saint-Lambert el pasado martes, que llegaron a mí a través de la televisión. Cuando ahora pienso en Lieja, recuerdo a la mujer del telediario de RTL, que en un francés refinado y con una expresión facial absolutamente neutra resumía los hechos. Tir, fusillade, blessé. Son palabras que solo aprendes cuando lees los periódicos, porque no te las enseñan en las clases de francés. Ahora no puedo evitar visualizar la sangre sobre esa alfombra roja, que aparece en el suelo de Saint-Lambert cuando se acerca la Navidad, y sobre esas baldosas, colocadas siguiendo una serie que se repite por toda la ciudad, pero que no se ha exportado a ningún otro lugar. Esa es la plaza que le enseñas a tus padres cuando van a verte, en la que te haces fotos con tus amigos y por la que pasas para ir de compras y al supermercado.

Los belgas toman el almuerzo a las doce y media, justo la hora a la que un hombre de 32 años, nervioso e inquieto ante la posibilidad de volver a prisión, comenzó el pasado martes un ataque que la policía aún no ha logrado explicar a los casi 200.000 habitantes de la ciudad, los cuales, al igual que el nosotros, siguen perplejos por lo sucedido. Hasta el momento en que escribo estas líneas, son cinco las víctimas mortales, además del agresor. Una mujer de la limpieza que apareció muerta en el apartamento del atacante, una anciana, un bebé de 17 meses y dos adolescentes que esperaban tranquilamente en las frecuentadísimas paradas de autobús de Saint-Lambert. Los pequeños tenían 15 y 17 años, respectivamente, y venían de hacer uno de los primeros exámenes del trimestre. El bebé salvó involuntariamente la vida de su madre. Cuando ahora pienso en Lieja, no puedo evitar recordarme a mí misma de pie a unos centímetros del televisor. En una mano el mando a distancia a punto de deslizarse entre mis dedos en dirección al suelo. En la otra, la manga de la chaqueta firmemente agarrada, intentando transmitir fuerza y energía a las conexiones de mi cerebro, para que lograran enlazar los acontecimientos con una explicación razonable. Y me recuerdo leyendo durante toda la tarde las actualizaciones de las noticias por Internet, presa de un pánico silencioso que, lejos de volverme histérica, había suspendido mis pensamientos y colocado en su lugar una única preocupación:

¿Y si yo hubiera estado allí?

 
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Publicado por en 16 de diciembre de 2011 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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