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Ciudadanos invisibles

De niños, los personajes de cómic nos dieron a entender que uno de los poderes más útiles es el de ser invisible. Soñábamos con desaparecer por unos minutos de la realidad en la que nos habíamos visto enmarcados y envidiábamos a los protagonistas cuando todavía llamábamos a esos librillos tebeos. La insoportable realidad de la sociedad actual, sin embargo, nos hace comprender que la vida es muy distinta. La invisibilidad no es codiciada, sino que es la peor de las enfermedades.

Ayer ocurrió algo terrible, pero no me atrevo a decir que inesperado. Un barco cargado de inmigrantes naufragó a su llegada a Lampedusa (Italia) a causa de un incendio. En el momento en que se escribe este texto, la cifra de fallecidos supera los 200. Leo en la prensa que la tragedia avergüenza a Europa, supongo, por el alto número de muertos. Pero, por favor, no seamos hipócritas. O, al menos, tengamos un poco de conciencia. Cientos de inmigrantes abandonan sus hogares cada día en busca de una oportunidad en un país “avanzado”. Que no les parezca lejano, porque en España estamos viviendo en primera persona esa misma realidad. La diferencia es que ellos viajan hacinados en pateras y nosotros podemos permitirnos un vuelo en Ryanair. Y hay otro matiz… Una gran parte de ellos mueren en el camino, sin que a nadie parezca importarle demasiado, y los que consiguen llegar, que solo Dios sabe lo que han tenido que sufrir para ello, son repatriados en cuanto ponen un pie en la costa. ¿Eso no nos avergüenza? ¿No nos da vergüenza que quien se ve obligado a abandonar su país para poder aspirar a algo mejor tenga que hacerlo hacinado en una embarcación inestable arriesgando su integridad física y hasta su vida? Lampedusa ocurre todos los días, pero parece que a Europa solo le avergüenza si el número de muertos protagoniza las portadas.

Forges.

Forges.

Un ciudadano invisible es aquel que habita en el peldaño más bajo de la escala social. Y eso que en nuestra sociedad no es tan difícil pasar de invisible a demasiado visible en pocas horas. Los cientos de muertos y heridos en el derrumbamiento de la fábrica textil de Bangladesh el pasado 24 de abril ya fueron repentinamente colocados en las primeras páginas de los periódicos durante unos días, pero eso, desgraciadamente, no les convirtió en protagonistas de nada. Como en Lampedusa. Siempre han sido invisibles y, a nuestros ojos, siempre lo serán, porque en ningún caso han sido tratados como ciudadanos de clase preferente, como todo humano debería ser.

Tras el atentado de la maratón de Boston, en el que murieron tres personas y casi doscientas resultaron heridas, la prioridad absoluta fue investigar quién había provocado la matanza. Las imágenes conmocionaron al mundo. El accidente de Bangladesh, sin embargo, ocupó un pequeño lugar en nuestras conciencias, porque en ningún momento se buscó encontrar a los verdaderos culpables de aquello. Y nadie investigará cuál es el origen remoto de la tragedia de Lampedusa, porque ya sabemos quién tiene la culpa, pero nadie quiere decirlo. Y lo peor es que a nadie le importa, porque solo nos escandalizamos si hay muertos, en lugar de clamar al cielo y hacer algo por reparar la trágica realidad de quien tiene que trabajar explotado en una fábrica o de quien se ve obligado a sufrir el calvario de inmigrar en patera (y todo lo que viene antes, que es incluso más arriesgado).

Que cada cual elija si la invisibilidad es un gran poder o un gran lastre. No estamos aquí para juzgar, pues cada uno es dueño de su propia conciencia. Eso sí, cuidado con la hipocresía, que situaciones como la de Lampedusa o la de Bangladesh no deberían pillarnos desprevenidos: hace años que las realidades que silenciamos avisan a voces del advenimiento de la tragedia.

 
 

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Reducción al absurdo

Que sepamos aprender de nuestra historia

Sencillamente. En la vida hay dos clases de personas: los que están hechos para ejercer el poder del mando de la tele y los que no. Los políticos, por hablar de alguien, pertenecen a esa curiosa casta de personajes que de críos se peleaban por el mando y siempre ganaban. No hay que juzgarles por eso, pues en toda casa existe alguien que controla la televisión, pero eso sí, existe un problema. Si nunca cedes el mando ni dejas que otros opinen, en casa siempre se verá lo mismo, y la “familia” dejará de interesarse por la televisión, aunque presida siempre la mesa.

Desengañémonos. Aún no conocemos la receta para evitar que la economía se autoproclame reina o que la clase política se corrompa desde lo más profundo. En la vida hay pocas cosas que podamos considerar certezas y el futuro, por ejemplo, no es una de ellas. El pasado, en cambio, sí. En lo que a mí respecta, tengo muy claros mis orígenes y que mis abuelos, los tres, llevan toda su vida ejerciendo un papel infravalorado, pero esencial: sacar adelante a una familia trabajando en el campo. Sé con seguridad que ese es el oficio que más admiro, pero no tengo claro por qué no lo es del resto de la gente, en especial de esos tantos ladrones con traje, de quienes mis abuelos deberían ser jefes y no sirvientes.

Nuestros abuelos no nacieron para tener el mando, porque durante toda la vida les han hecho creer que los que están arriba son los que tienen derecho a elegir el canal, aunque el aparato ni siquiera les pertenezca. Se lo transmiten de unos a otros, mientras nos venden que el canal que ellos eligen es el más interesante e ignoran la opinión de la gente. Y nosotros, criados en una televisión de cientos de canales, con decenas de opciones, hemos creído siempre que elegíamos lo que veíamos, hasta que nos hemos dado cuenta de que no, que los diferentes canales pertenecen a los mismos de siempre.

Nos están obligando a salir corriendo y a dejar de ver esta televisión. El número de trabajadores españoles que emigran a Alemania ha aumentado un 11,5%… desde el año pasado. Si los políticos nunca cambian ni de discurso, ni de canal, ni de mensaje que nadie se queje de que los jóvenes emigren huyendo de un país en el que el bien y el mal están a punto de encontrarse en la frontera. Uno sueña toda la vida con tener el mando de la tele y elegir el canal, pero cuando lo recibe se da cuenta de que no tenía ni idea de la responsabilidad que acarrea.

Hay una etapa, una maravillosa etapa en el proceso de desarrollo de un niño en la que dar respuesta a todas las preguntas que surcan de un lado a otro su pequeño cerebro se convierte en el gran juego, ese juego en el que los adultos corremos el grave riesgo de dejar de verles como adorables criaturas. Pues bien. Se empieza a percibir en el ambiente adulto una sensación bastante semejante. Eso de mirar alrededor y no saber interpretar el guión, eso de preguntarse de dónde han salido tantos hombres millonarios y los robinhoodes de andar por casa, eso de leer los periódicos y no hacer otra cosa que dudar del bosque en el que nos estamos metiendo. Quizás hemos complicado demasiado la vida y la única salida a esta tormenta sea la simplicidad.

Hace un par de días, un tal Juan Manuel Sánchez Gordillo quiso también reducir lo complejo y recuperar los planteamientos más simples. Harto como estaba del mundo que vemos cada día mientras nos tomamos el café, organizó un asalto a dos supermercados como “medida necesaria” para “dar un toque de atención”, en sus palabras. Esta es, más o menos, la historia. Cierto es que, conociendo sus intenciones, es difícil posicionarse totalmente en contra, pero, si me dejan, en este caso el fin no justifica los medios. Tertulianos, a sus puestos.

El fin no justifica los medios, pero es cierto que escandalizarse por la acción del SAT y no por los asaltos diarios con los que ciertos señores con traje muy elegantemente destrozan nuestras vidas, ya sea robándonos cantidades millonarias de dinero o varios derechos fundamentales, es una gran incoherencia, otro deporte nacional en el que obtendríamos el oro, de convertirse este en olímpico. No lleguemos a esos extremos, ni a los de robar para denunciar los robos ni a los de ser incoherentes con nuestros propios principios. Y aprendamos de nuestra historia y de la valentía de los responsables de que estemos aquí, que supieron enfrentar épocas peores sin tener el mando y consiguieron no volverse locos. Que el miedo no devore nuestra cordura.

 
 

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“Si no se puede contar la complejidad, no se puede contar la verdad”

Iñaki Gabilondo

“Los periodistas somos especialistas en Historia contemporánea, pero de la más contemporánea, de la de hoy”. Esta frase podría haber salido de muchas bocas, pero el pasado mayo lo hizo en concreto de la de Iñaki Gabilondo, en la conferencia que ofreció en el Salón de Actos de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, una lección magistral sobre la vida y el Periodismo, más pesimista que optimista, pero desde luego muy valiosa.

Los halagos hay que ganárselos y demostrar que son verdad, no basta con recibirlos, y no podemos considerarnos especialistas en una materia sino cumplimos todos los requisitos. Es imposible que seamos analistas de la Historia perdiendo cada día como lo hacemos la perspectiva. “La dificultad de vivir y entender es determinante, y lo es más cuando entender se hace materialmente imposible, no solamente porque siempre lo es –por falta de perspectiva-, sino porque ahora va todo muy a prisa”, explicaba el periodista, a la vez que se planteaba: “¿Cómo se puede valorar lo que ocurre cuando es imposible tener la más mínima precisión en esa valoración?”.

A los estudiantes de Periodismo, a quienes se quiere preparar para ser especialistas de la Historia contemporánea, se les enseña desde las primeras clases que la precisión es uno de los elementos imprescindibles con los que hay que trabajar. Una información sin detalles -ya sea contada por un periodista, por un profesor o por la vecina del cuarto- no interesa, porque la vida está llena de detalles. Como escribió una vez Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan, “la vida inmediata es tan precisa, tan rica en pormenores que no puede someterse a categorías, a dictámenes generales sobre el estado de ánimo de una ciudad entera o de un país o sobre las expectativas de lo que puede o no puede ocurrir”. No podemos pretender vender a los lectores, oyentes, espectadores y usuarios Periodismo de calidad cuando lo que más nos importa no es la información completa, sino las ventas, las visitas o el posicionamiento en la Red.

Los periodistas somos los narradores de la historia reciente, actual, del hoy y del ahora, por lo que no podemos someter nuestro trabajo a una de las mayores distracciones que se nos presentan en la vida: la prisa. La receta de la credibilidad, según Gabilondo, incluye altas dosis de decencia y de tiempo. Cualquier persona que ejerza o haya ejercido el Periodismo en el marco de esta sociedad tecnológica del siglo XXI, habrá vivido en propia carne la presión de tener que publicar una información a los pocos minutos de que suceda. ¿Son las nuevas tecnologías las que nos han obligado a actuar así o somos los periodistas los que hemos pervertido la calidad informativa con la excusa de Internet? La prisa conlleva falta de tiempo, y la falta de tiempo, imposibilidad de contar la complejidad. La consecuencia, enunciada por Gabilondo, es que “si no se puede contar la complejidad, no se puede contar la verdad”.

La llegada de Internet ha coincidido con una bajada de la calidad de los contenidos periodísticos, pero no podemos achacarle nuestras debilidades a la Red. Vivimos precisamente el momento en que más necesidad de información de calidad hay y en el que menos atención le estamos dedicando. En este contexto, la apuesta, aunque merezca un sacrificio, debería ser por la calidad, no por la cantidad y la rapidez. Debemos enfrentar la realidad de que en lugar de salvar lo valioso que tenemos, estamos colaborando a que se hunda el barco. Y de eso no tiene la culpa Internet.

La solución a la crisis del Periodismo, es bueno insistir en ello, es el Periodismo de calidad, y esa calidad pasa por contar la Historia contemporánea tal y como es, es decir, pormenorizada. La poca concreción en una información puede suponer únicamente un pequeño error en la inmensidad de detalles que maneja cada día un periodista, pero también un mundo para la persona sobre la que trata la información, para esos “damnificados por el Periodismo” – en palabras de Gabilondo- cuyas informaciones no llegan a ser valoradas en su justa medida, seguramente por falta de tiempo.

“Un cirujano antes de operar se lava las manos y se pone guantes. ¿Y si es un hospital pequeño? También. ¿Y si lo compra un consorcio de hospitales internacionales? Pues se lava las manos y se pone los guantes. ¿Y si tiene prisa? Se lava las manos y se pone los guantes. ¿Y si ese hospital está queriendo optimizar resultados y arrebatar quirófanos a los pacientes para ir despejando camas? Entonces no puede hacer bien su trabajo”. Con esta ejemplificación Gabilondo quiso destacar la necesidad del Periodismo de establecer un pacto con la sociedad que permita que los periodistas nunca olvidemos que nuestra función no es elegir lo que debe conocerse y lo que no, si no ser administradores del Derecho a la Información de la sociedad. Es necesario que eso sea lo primero en que pensemos antes de entrar en una redacción.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 5 de junio de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/06/inaki-gabilondo-periodismo-historia/).

 
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Publicado por en 7 de junio de 2012 en Platos preparados, Publicaciones

 

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El Periodismo tiene que cambiar

Pero, ¿cómo?

El 3 de mayo se conmemoró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, y los periodistas, sus garantes, lo celebramos en las calles, nuestro legítimo lugar de trabajo.

Elena Lozano Santamaría

La ciudad de Miguel Delibes, a quien seguramente también le habría gustado cambiar las cosas para proteger nuestra profesión, fue testigo el pasado mes de abril del nacimiento de un texto al que, además, puso nombre. Surgida del seno de la LXXI Asamblea General de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), la Declaración de Valladolid es el nuevo manifiesto de los profesionales del sector periodístico en este 2012. Las cosas tienen que cambiar, o al menos eso opina el colectivo, que propuso una defensa del Periodismo en las calles españolas el pasado jueves 3 de mayo y acuñó término: el #periodigno.

La Declaración de Valladolid pide a los periodistas ser los protagonistas del necesario cambio que ha de vivir el Periodismo en nuestro país. Los desafíos se han multiplicado en poco tiempo en una profesión cuya crisis, que empezó hace décadas, se ha visto agravada con la ya célebre recesión en la que estamos inmersos. El oxígeno está empezando a terminarse y ya son demasiados los profesionales que han perdido su trabajo en la inmensidad de esta doble crisis. Nuestros representantes asumen que debemos ser los líderes de la transformación del sector, pero, ¿depende esto exclusivamente de nosotros?

La clave está en buscar y lograr un Periodismo de calidad. La FAPE nos exhorta a ser originales en los contenidos informativos, a adaptarnos a los nuevos tiempos, a impulsar nuevos proyectos periodísticos, a modernizar los obsoletos planes de estudios de las universidades, a cambiar la mentalidad de los editores y a huir de las ruedas de prensa sin preguntas y de las declaraciones enlatadas. Esto no depende solamente de los periodistas, sino que entran en juego un gran número de factores, como empresarios y universidades, por lo que cambiar el sistema solo puede ser fruto de un esfuerzo conjunto.

No obstante, sí es cierto que no podemos seguir esperando y soñando con que alguien de fuera nos saque de esta maraña. Si los periodistas no nos movemos, la situación se alargará hasta que sea insostenible, aunque, de hecho, ya estamos empezando a perder el equilibrio. Los despidos masivos y la precarización ya no pueden justificarse con la crisis económica. Los ERE en las empresas, por desgracia, han dejado de ser noticia al perder la condición de nuevo, pero están llegando ya a todos los rincones de la profesión, incluidos los grandes diarios.

La idea es que sin periodistas no puede haber Periodismo, y sin Periodismo no puede haber democracia. Eso sí, para hacer verdadera esta tesis es muy necesario un cambio, pero de raíz, pues hay fallos muy graves que es necesario solventar, como deja claro este manifiesto: “El futuro sigue estando, independientemente del soporte en que se exprese, en el Periodismo hecho con rigor, el Periodismo que contrasta la información, el que verifica lo que está ocurriendo, el que recurre al uso independiente y plural de las fuentes y el que cumple las normas éticas y deontológicas que rigen nuestra profesión”.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer nosotros? Entre otras cosas, salir a la calle y demostrar que no estamos bien, que no aceptamos lo que está pasando y que necesitamos un cambio, porque en caso contrario nuestra profesión seguirá devaluándose hasta un punto en que perdamos los valores que dieron origen al Periodismo. Necesitamos que manifiestos como este no se queden solo en el papel. Y lo que sí está en nuestra mano es que la figura del periodista sea, en palabras de la FAPE, la de alguien “bien formado y capacitado para jerarquizar la abundante información que circula, para cubrir las noticias que interesan y preocupan a los ciudadanos y para hacer las preguntas que temen los poderosos”.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 4 de mayo de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/05/falta-fotoel-periodismo-tiene-que-cambiar/).

 
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Publicado por en 7 de mayo de 2012 en Publicaciones, Uncategorized

 

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Los días raros

Marie Colvin en El Cairo, febrero de 2011. Fuente: http://www.telegraph.co.uk

Su marca más característica era el parche que llevaba en el ojo desde hacía once años. No sabemos a qué lugar físico habrá ido a parar ese peculiar objeto tras su muerte, pero es posible que con esta desaparición paulatina de periodistas y de periódicos que se está dando últimamente (bien por la propia naturaleza o bien por la fuerza superlativa de un mercado que nos está llevando a todos a una ruina no solo económica), seamos nosotros los que comencemos a portar un parche invisible que nos haga más cómodo el ignorar lo que ocurre en el mundo. En cualquier caso, nos queda claro que sus ganas y su profesionalidad llevaron a Marie Colvin a conocer en unos años a más personas, más realidades y más horrores humanos de los que llegaremos a comprender los demás en toda nuestra vida. Las guerras y revoluciones en las que ella estuvo presente machacaron al mundo con miles de muertos, pero su fallecimiento parece destacar entre todos ellos, no por más importante, sino por más llamativo: se trata de la muerte de una buena profesional, una de esas periodistas chapadas a la antigua que insistían en contar la información desde la primera línea de combate. Puede que una persona sola no sea capaz de cambiar la historia del Periodismo, pero sí de intentar llevar a la profesión a cumplir los objetivos que se propuso en sus orígenes: cubrir las informaciones de todo el mundo, transmitir las noticias para que todos puedan conocer las realidades más lejanas y denunciar las guerras, las injusticias y la violencia que se han convertido en el día a día de nuestro mundo.

Nunca ha sido más peligroso ser corresponsal de guerra, porque el Periodismo en las zonas de combate se ha convertido en objetivo principal […]. No se puede conseguir la información sin ir a los lugares donde se dispara a la gente y otros te disparan a ti. La dificultad estriba en tener la suficiente fe en la humanidad para creer que habrá bastante gente -el Gobierno, los militares o la gente de la calle- a la que le importe que lo que cuentas llegue a las páginas de los periódicos, la página web o la televisión. Nosotros tenemos esa fe porque pensamos que lo que hacemos tiene un impacto.

Marie Colvin sobre el Periodismo de guerra en noviembre de 2010

Tras acudir a todos los países árabes que están “floreciendo” en estos últimos tiempos, finalmente Colvin fue víctima de un bombardeo en la ciudad de Homs, punto clave de la revolución en Siria, donde a día de hoy han encontrado la muerte más de 5.000 personas y también un periodista francés, Rémi Ochlik. Ella tenía 55 años; él, 28. Este último dato congela el alma de cualquiera, aunque es cierto que a pesar de su juventud este fotógrafo era un periodista de gran talento, admirado entre otras cosas por haber ganado el World Press Photo, un premio que este año ha querido reconocer la trayectoria profesional de otro periodista de guerra, el español Samuel Aranda, concretada en esta fotografía tomada en Yemen:

Días después de enterarnos de estas noticias, llegó un momento que, desgraciadamente, todos estábamos esperando. Sus opositores deseaban su desaparición desde el día en que nació, el 26 de septiembre de 2007, mientras que sus defensores y sus trabajadores temían el día en que tuviera que hacerse público su cierre: el cierre de Público. Como ocurre siempre, uno puede estar o no de acuerdo con un periódico, pero sí es cierto que Público ha marcado una gran diferencia en el Periodismo español. Fiel a sus valores, Público renunció desde sus inicios a algunos pilares económicos fundamentales para el mantenimiento de un periódico de nuestro país, una prueba más de que lo importante, por desgracia, no es tener un buen número de lectores, sino tener un buen margen de beneficios. Público era el sexto periódico de pago más leído en nuestro país, pero parece que esto no es suficiente. Respetando todas las opiniones que uno pueda tener acerca de este diario, lo que es cierto es que la desaparición de un periódico por motivos económicos es siempre un paso atrás en la pluralidad y la libertad de expresión de un país.

No ha sido una buena semana para el Periodismo.

Son días raros.

 
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Publicado por en 25 de febrero de 2012 en Platos preparados

 

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Caminaré sobre el barro

Era un lunes con sabor a viernes aquel en que me dispuse a entrar en una facultad más vacía que llena. No se había decidido en España si el día formaba parte de la cadena de festividades de la semana, pero estaba claro que si existía la mínima posibilidad de no ir a trabajar, se aprovecharía. Eran las 10:54 horas, pero no había empujones ni pisotones en el metro de Ciudad Universitaria, donde se había conseguido, sospechosamente, disolver la marabunta de estudiantes que se agolpan allí cada mañana. Nadie avanzaba por la fila rápida, porque nadie tenía prisa. Tampoco se mostraba especialmente ágil el camarero de la cafetería, frente al que esperé, como cada mañana, el ansiado aunque realmente insípido café de las once. Tras entregarle el ticket que una máquina poco simpática me había proporcionado poco antes, el hombre se giró, colocó un vaso de plástico bajo la cafetera, esperó unos instantes a que apareciera el café y me lo entregó, con pocas ganas, junto a una cuchara de frío plástico y un azucarillo, que poco colaboraría a endulzar la falta de sabor de aquel líquido. Como es habitual, no dijo hola, adiós, por favor ni gracias. Yo había pagado por todo el servicio setenta y cinco céntimos de euro.

Así, dicha de sopetón, la palabra esclavitud nos crea una sensación extraña en el estómago y nos evoca el recuerdo de civilizaciones antiguas, en las que el comercio de personas estaba a la orden del día. Lamentablemente, esa desgraciada práctica no se ha erradicado aún por completo, e incluso ha infectado algunos sectores de nuestra sociedad que utilizamos para presumir de pertenecer al llamado Primer Mundo. La semana pasada, una periodista española denunció públicamente que una empresa, que la había seleccionado como redactora, le había ofrecido 0,75 euros por cada artículo que publicara para ellos. El debate provocado en las redes sociales comenzó con esto.

Es cierto que muchos becarios periodistas sufren esta y situaciones peores cada día. Probablemente existan contratos más esclavos y gente que trabaja mucho más por mucho menos. No obstante, en un desesperado intento de comprender qué está pasando con la profesión, me pregunto: ¿de quién es la culpa? ¿De las empresas o nuestra? Este debate se ha convertido en un habitual de las conversaciones de sobremesa debido a la nube negra que se nos colocó encima de nuestras cabecitas hace no demasiado. La culpa de que exista la telebasura, ¿es de los que se benefician de ella o de los que la consumen?. La culpa de la proliferación de las hipotecas basura, ¿es de los que las pidieron o de los que se las concedieron?. La culpa de los contratos basura, ¿es de las empresas o de los trabajadores que los aceptan?. Parece que a la hora de buscar culpables a los asuntos basura la cosa no resulta tan fácil como acusar a dedo, aunque aceptamos sin contemplaciones que quienes tienen la sartén por el mango siempre son los otros.

Cometamos una locura y sumerjámonos en un ejercicio de imaginación: visualicémonos en una protesta conjunta (tanto de becarios como de trabajadores) en la que nos reveláramos contra las empresas que cometen este tipo de abusos. A la pregunta, ‘¿cree Usted que serviría para algo?’ la mayoría de la gente respondería diciendo “No. No podemos hacer nada, es eso o no trabajar”. Es muy, muy necesario desterrar afirmaciones como esta si lo que queremos realmente es ganarnos la vida con este oficio. La situación económica de hoy en día pone las cosas difíciles, muy difíciles, pero no es la única causa de la crisis que vive el Periodismo español, que ya venía eliminando sueños hace décadas. Cinco años atrás, el futuro de mi generación, un extenso grupo de dieciochoañeros con ganas de cambiar el mundo, era prometedor en casi todos los ámbitos. Pero la vida, que conoce perfectamente nuestros puntos débiles, juega a pincharnos de vez en cuando para hacernos reflexionar. Este mundillo no es fácil ni cómodo, y nunca se acercará a unos centímetros de serlo si aceptamos el abuso de las empresas como algo implícito a la hora de firmar un contrato. Una cosa es convertirse en aprendiz de la profesión y reconocer que, efectivamente, el dinero no es lo primero que uno busca en unas prácticas en empresa, y otra muy distinta es resignarse a aceptar que viviremos de nuestros padres hasta que alguien decida reconocer el valor de nuestro trabajo.

Puede que una denuncia como esta no sirva para mucho, y es más que probable que la empresa que ofreció esas condiciones a la periodista le haya encontrado ya un sustituto que sí está dispuesto a trabajar así, no conozco la evolución de la oferta. Sin embargo, lo reseñable de toda esta historia es el impacto que ha tenido y que ha colaborado en cierta medida a que nos preguntemos hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Es cierto que tendremos que aguantar esta situación un tiempo, pero llegará un día en que la varita de la conciencia golpeará nuestras preocupadas cabecitas y tomaremos ejemplo de quienes lucharon por los derechos laborales que ahora disfrutamos. Esperemos que no sea demasiado tarde y aún tengamos ganas de hacer las cosas bien.

 
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Publicado por en 8 de diciembre de 2011 en Platos preparados

 

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Cuchufletas informativas

Todavía no se habían puesto las calles en Valladolid cuando salimos de casa aquella madrugada de 2008. Recuerdo como si fuera ayer cada minuto de aquel día, que se convirtió en el inicio de una carrera que, espero, dure muchos años. El sueño nos cerraba los párpados, aunque el gusanillo de los nervios no hacía más que inquietarnos. Y teníamos muchas ganas. Siempre que salgo de casa repaso un par de veces mi pequeña rutina para comprobar que llevo todo lo necesario, pero aquel día la repetí cada cinco minutos durante todo el viaje. Llaves, móvil, dinero, grabadora, bolígrafo, preguntas, pilas y cinta de repuesto. Estaba todo listo.

El autobús se retrasó en la hora de llegada, y eso que eran aquellos tiempos en que los autobuses tardaban casi tres horas en llegar a Madrid. Un viajecito en taxi y nos plantamos en Tres Cantos, en el edificio Sogecable. Y allí pasó. Nos temblaban las manos al sujetar las grabadoras y entrar en aquel despacho lleno de pantallas de televisión y periódicos en inglés. Son muy, muy jóvenes, había dicho su compañera de informativos. En efecto, casi acabábamos de convertirnos en mayores de edad. Recuerdo que en su mesa había muchos lapiceros y chicles de melón. Curiosa coincidencia, pienso ahora, después de haberme labrado durante años una reputación como la chica de los chicles de melón. Y como si nada, como si él fuera una persona corriente y nosotras, periodistas, comenzó a hablarnos. Una hora y media duró nuestra primera entrevista a ese gran hombre que, a pesar de haber desaparecido de la televisión con la fusión de Cuatro y Telecinco, a mí me sigue pareciendo un gran profesional, porque nadie cuenta las noticias de Economía con tanta pasión como lo hacía él. Nadie le pone más ganas que Javier Ruiz.

Recuerdo con cariño la mayoría de sus respuestas y esa forma de mirarnos que parecía decir ‘Qué majas, haciendo su primera entrevista en primero de carrera’. En un alarde de originalidad le planteamos la pregunta ¿Qué opina Usted de la objetividad en los medios? Él, sin poner muecas raras ni mirar al infinito con aires de periodista experimentado, nos dijo: La objetividad no existe. Nos dejó clavadas. A nosotras, que teníamos tan claro lo poco que habíamos estudiado hasta el momento: que la objetividad es lo primero de todo, lo que nunca debe faltar. La objetividad no existe. Es cierto que los medios son empresas, pero como mínimo uno ha de ser honesto cuando cuenta una noticia. Ahí sí que nos conquistó.

Una de las primeras cosas que hago cada mañana al levantarme es echar un vistazo a las portadas del día. Es una actividad que considero interesante, pero últimamente, también divertida y humorística, a la par que inquietante. Me encuentro con cosas como esto:

Y me quedo así, que no sé si pensar que es una portada real o que me están tomando el pelo. ¿Es lícito tratar así la información de las manifestaciones del 15 de octubre? Ya no estamos hablando de que la Duquesa de Alba protagonice las portadas más serias ni de por qué los diarios nacionales no se cortan en mostrar en primera la fotografía de un hombre con la cara destrozada. Me imagino a los jefes de sección del periódico reunidos a primera hora de la tarde con los temas en la mano y pensando cómo abrir el diario del día siguiente. Se han manifestado pacíficamente en más de ochenta países, diría uno, pero mejor metemos una fotografía de los disturbios en Italia y nos coronamos. Igual es que me preocupo de más y soy muy inocente. Igual es que solo importa vender.

En el colegio nos enseñaban a pintar sin salirnos de las líneas y a recortar siguiendo la sucesión de puntos. Nos enseñaban a ser precisos, a darle nuestro toque personal al dibujo, pero sin estropearlo, porque era el mismo para todos y la gente que lo mirara debía saber de qué se trataba. Sin embargo, a la hora de dar a conocer una información o de leer una noticia parece que no somos tan exigentes. Desde luego, no vamos a ser tan inocentes de pensar que los medios puedan ser absolutamente objetivos, desengañémonos. Pero sí que, al menos, sean honestos. Y nosotros, críticos, sobre todo eso.

Me acuerdo del Toblerone gigante que se estaba comiendo uno de esos tipos de la redacción de Cuatro, al lado de los estudios de CNN+. Recuerdo soñar por primera vez con un objetivo fijo. ¿Llegaremos aquí algún día?, pensé. Rato después tuvo lugar una revelación de parte del hombre de la eterna sonrisa, la primera vez en la carrera que alguien me recomendaba seguir adelante con la ilusión de ser periodista. Le preguntamos que por qué estaba él ahí. Y con un par de frases sencillas, que también se hicieron un huequito en mi memoria, nos confesó: Porque es divertido, es muy divertido. El Periodismo es una profesión que, si se hace bien, es maravillosa. Pues vamos a hacerla bien.

 
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Publicado por en 23 de noviembre de 2011 en Platos preparados

 

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