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Reiniciar

Una se despierta una mañana y ya han pasado nueve años. Nueve años y tres días

Nigeria, 2014. Un grupo terrorista. 276 niñas. Una amenaza. Un líder sin miedo. La tragedia esparcida por la tierra. África. Unas lágrimas que el sol no deja llegar hasta el suelo. Es Nigeria. Es 2014. Pero no es Occidente.

Melilla, 2014. Una valla. Una frontera. Ropa rasgada. Y sangre. Unos sueños que las concertinas cortan en el aire y se quedan en Marruecos hechos trizas. Es 2014. Es Occidente, pero ni con esas.

España, 2014. Un transplante renal en cadena. Seis personas. Seis parejas. Seis riñones. Solidaridad y ningún premio. Es España. Es Occidente. Es 2014. En los medios, ¿dónde está?

Que sí. Que el proceso de salir de una tormenta a la que nos han traído sin paraguas es absorbente. Que sí, pero cuidado. Con la excusa de que hay demasiado que contar estamos dejando que los derechos humanos se nos ahoguen en el Mediterráneo. Pasó hace poco. Pasa cada día. Hay tragedias que solo son tragedias cuando lo dice Michelle Obama. Hasta entonces, cualquier tontería es un titular. La sangre derramada nos duele menos cuanto más lejos esté. Y aunque esté cerca… hasta 14 kilómetros nos parecen demasiados. Política, política, política. No vimos en las portadas que una cadena de trasplantes salvó seis vidas. Era en España, era Occidente, era una buena noticia. Las elecciones, el fútbol. Excusas hay para rato. La nube de las prioridades también trae tormenta.

La vida artificial ya está aquí, por cierto. Especulan los medios con la posibilidad de que este avance pudiera llevar a resucitar a especies extintas como el mamut o el neandertal (cuyos genomas han sido secuenciados a partir de restos fósiles, apuntan). No es broma. Imaginen, por un momento, que se pudiera crear de la nada una nueva humanidad. Que se reiniciara. Que se pusiera en cero el contador de esos valores que tanto nos gusta anunciar que están en crisis. Confiesen, ¿le darían al botón?

 
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Publicado por en 12 de mayo de 2014 en Platos preparados

 

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No olvidamos

“Entonces algunos éramos demasiado pequeños para entender lo que aún hoy es incomprensible”

El 20 de marzo de 2003 comenzó la guerra de Iraq, 95 minutos después de que terminara el plazo que George W. Bush había dado a Saddam Hussein para que abandonara el país. Bagdad comenzó a estallar. Solamente unos días después, el 8 de abril, el Hotel Palestina, en el que se alojaban los periodistas que cubrían la guerra de Iraq, fue bombardeado por un carro de combate estadounidense. Allí se encontraba un gallego de 37 años, cámara de informativos Telecinco e inseparable compañero del periodista Jon Sistiaga. Se llamaba José Couso Permuy. Su muerte, al igual que todas las ocurridas en similares circunstancias, conmocionó por entero a la profesión. También lo hizo la de Julio Anguita Parrado, periodista español, que había muerto el día anterior al sur de Bagdad.

Platos preparados - No olvidamos

Un par de años después de la muerte de Couso, el juez Santiago Pedraz ordenó la detención de los tres militares estadounidenses que perpetraron el ataque, pero el fiscal Pedro Rubira lo recurrió. Estados Unidos negó auxilio internacional al juez para esclarecer los hechos, lo que condujo a que la Audiencia Nacional archivara el caso. Se consideró que no era un asesinato, sino un acto de guerra contra un enemigo erróneamente identificado. Después de aquello, una sucesión de órdenes judiciales abrieron y cerraron el caso una y otra vez, pidiendo y revocando constantemente la orden de detención de los militares estadounidenses. Wikileaks dio a conocer en 2010 que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue presionado por EEUU para frenar el caso Couso. Tras conseguir viajar a Iraq para realizar una investigación en el terreno, Pedraz determinó que desde la posición que tenían los militares estadounidenses, la visión era perfecta y no había lugar a error. Determinó que el ataque formaba parte de un plan para evitar que los medios informaran sobre Bagdad. Un plan de EEUU. Y en este punto nos encontramos.

Han pasado diez años y aún hoy se coloca un nudo en la garganta al escuchar el relato de aquellos sucesos y al sentir que hay cosas que no nos han explicado. Sencillamente, la muerte de José Couso es incomprensible, como así lo es la participación de España en una guerra que, de por sí, no tenía mucho sentido. Se trataba de una guerra fundamentada en la mentira. Estados Unidos vendió una venganza mal dirigida en forma de justicia y nuestro país se la compró. Lo hicieron, al menos, nuestros altos dirigentes de entonces, quienes, con una incomprensible entereza, nos aseguraban que Iraq tenía armas de destrucción masiva. Que nuestras vidas corrían peligro cada día. Que estar en contra de la guerra era apoyar a Saddam Hussein. Sin embargo, las manifestaciones fueron históricas. El pueblo dijo “no” y, una vez más, fue silenciado. Fuimos ignorados cuando dijimos: No en mi nombre, no con mi silencio.

Platos preparados - No olvidamos (2)

El tiempo nos dio la razón, pero no explicaciones. Aún no sabemos nada, no conocemos ni una pequeña parte de lo que allí ocurrió. Hace unos días, El País sacó a la luz un vídeo horrible en el que soldados españoles torturaban a presos iraquíes durante la guerra de 2003. Nos llevamos las manos a la cabeza, pero no nos sorprende del todo. La guerra de Iraq está rodeada de un halo de oscuridad que no sabemos si algún día dejará pasar la luz. Han pasado diez años, pero no nos hemos olvidado ni de Couso, ni de Anguita, ni del No a la guerra, ni del Hotel Palestina, ni de las armas de destrucción masiva ficticias, ni del 11M, ni de las mentiras. No nos olvidamos de que pasaron por encima de nosotros para conservar sus intereses, como siguen haciendo cada día. El reto está en no dejarnos pisar, porque no pueden quitárnoslo todo: el recuerdo siempre será nuestro.

“¡Pero qué hija de puta es la vida!”, pensé para mí. Estaba más solo que nunca, más desamparado y más triste que nunca. Doce horas antes un carro de combate norteamericano había disparado un obús contra el hotel Palestina y había impactado junto a nuestra habitación, matando a mi compañero y amigo José Couso. La habitación, esa noche, se hizo hostil. Miré hacia la izquierda, a la cama de al lado, donde dormía Couso, donde todavía estaba el estuche de sus lentillas y una camiseta sucia, y volví a llorar.

Jon Sistiaga, Ninguna guerra se parece a otra

Recomendadísimo este texto del periodista Carlos Hernández. Otra historia que llega desde la habitación 1507 del Hotel Palestina.

 
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Publicado por en 20 de marzo de 2013 en Platos preparados

 

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El corruptódromo

Fuente: El País.

Fuente: El País.

Indignados, dice, y se queda tan tranquila. María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular comparece en rueda de prensa y se atreve a señalar que en su partido están indignados por las informaciones publicadas por el diario El País, que acusan directamente a miembros muy relevantes de su cúpula de haber recibido sobresueldos entre los años 1990 y 2009. Indignados. Y nosotros cómo estamos, ¿eh?

Fuente: El País.

Fuente: El País.

Para indignación la nuestra, que no sólo nos hemos inmunizado ante la corrupción, sino que estamos siendo testigos a diario de la avaricia más pura. Urdangarin, Bárcenas y Amy Martin copaban ya los telediarios, pero las informaciones publicadas ayer por El País, que completan la investigación iniciada por El Mundo, nos han dejado sin aliento. Por si no nos habíamos humillado bastante ante nuestros vecinos extranjeros, tenemos que soportar ahora la vergüenza de que el presidente del Gobierno y la cúpula casi al completo de su partido estén envueltos en un escándalo de corrupción. Y nuestro máximo dirigente, en lugar de salir a tranquilizarnos con su negación, envía a su número dos del partido, que deja insatisfechos a los periodistas que acuden a la calle Génova a desentrañar la verdad de los hechos. María Dolores de Cospedal se presenta indignada con las informaciones que el medio de comunicación ha publicado sin duda, para dañar al partido. Esa es su explicación, que El País se lo ha inventado todo para atacar al Gobierno. Ojalá fuera tan sencillo.

Los papeles de Bárcenas nos dejaron sin palabras ayer, aunque tampoco puede decirse que nos sorprendieran demasiado. Hacía días que se venía barajando el nombre del presidente Mariano Rajoy y el de otras personalidades influyentes del Partido Popular en la trama de Bárcenas, pero El País ha sacado a la luz los manuscritos del ex tesorero del partido, cuya letra ha sido verificada por diversos profesionales de la Sociedad Española de Grafología, consultados por medios tan distintos como ZoomNews, Cadena Ser, Telecinco y La Gaceta.

En el Partido Popular niegan la veracidad de los papeles publicados por El País (aquí un especial sobre el tema), pero los medios de comunicación respaldan al diario. De entre las cabeceras más destacadas, La Razón se ha quedado sola en la defensa del partido de Rajoy al publicar una portada digna de ser reseñada. Causa general contra el PP es su argumento, sin duda mucho más elaborado que el publicado en la cuenta oficial de Twitter del Partido Popular anoche a las 22,56 horas: Zapatero jamás dio explicaciones sobre el caso Campeón.

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Corre por ahí el rumor de que tenemos los políticos que nos merecemos, porque, no lo olvidemos, si están ahí haciendo de las suyas y pidiéndonos austeridad mientras se llenan los bolsillos de avaricia es porque nosotros les dejamos. Los políticos no saben dimitir, porque nosotros les hemos concedido inmunidad a pesar de sus desfachateces, porque ya nos parece normal que un político (o persona perteneciente a una institución pública) corrupto no vaya a la cárcel o se libre de ella pagando una fianza (con el dinero que nos ha robado, obvio). Hace unos días, el PP propuso en el Congreso que los niños reciban educación financiera y tributaria como medida para prevenir el fraude fiscal. Ahí está el error. La corrupción se evita enseñando a los niños a ser honrados y buenos ciudadanos, no contándoles las triquiñuelas de la fiscalidad. Para eso ya habrá tiempo. Educarles es enseñarles que aprovechar un cargo para sacar beneficio de manera ilegal no está bien y que es penalizado. Si les mostramos que quien comete un delito se va de rositas, la historia siempre se repetirá y dentro de unos años será demasiado tarde. Empecemos por levantarnos del sillón hoy y abolir la frase: No sé qué tiene que pasar para que la gente reaccione. Reaccionemos ahora.

Tiempo al tiempo. Sacarán sus eslóganes y se los compraremos. Menearán la banderita del partido y les aplaudiremos la gracia. Tocarán la campana de las urnas como en un comedor escolar y acudiremos borreguilmente al redil. Cada cuatro años salen los títeres y allí estaremos sentados de nuevo, delante de la función, embobados, con el dedo en la nariz, la gorra de medio lado y una piruleta en la boca. No es que a los políticos les parezcamos imbéciles, no. Es que, a estas alturas, ya deben haber constatado que lo somos.

Imbéciles, de Pedro Simón

 
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Publicado por en 1 de febrero de 2013 en Platos preparados

 

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El dinero no es el problema

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¿Quiere buen Periodismo? Vea The Newsroom 

El pasado jueves, El País cometió un error. El hambre de exclusivas a cualquier precio llevó al diario a aceptar, anunciar y publicar una fotografía de Hugo Chávez convaleciente en un hospital. La imagen, cuya publicación de por sí es discutible pues roza los límites de la intimidad del dirigente venezolano, no sólo no clarificaba la fecha y el lugar de su toma, sino que resultó ser falsa. El hombre fotografiado no era Chávez, sino que la imagen pertenecía a un vídeo publicado en Youtube en 2008.

El País cometió un error. No hay que hacer sangre de ello, pues la historia del Periodismo en España nos deja un gran legado de patinazos de distintos medios de comunicación. Sin embargo, tampoco hay que dejarlo de lado. Nada menos que 225.000 euros costó el desatino de El País, que anteriormente había pagado 15.000 euros por la fotografía. Así, por comentar, recordemos que, dos meses antes, 129 periodistas de ese diario fueron despedidos a través de un Expediente de Regulación de Empleo. Aunque no les sirve de excusa, es necesario leer sus explicaciones: Relato de un error de El País.

El dinero, por lo que veo, no es el problema. El reto en época de crisis es aguantar y salir delante de manera justa y proporcionando al público información de calidad. Los libros de Deontología y Ética Periodística sangran cada vez que se anuncia que trabajadores que han sacado adelante un medio de comunicación tienen que ser despedidos por mala gestión. El dinero está poniendo las cosas difíciles, sí, pero las grietas económicas no tienen que llevarse toda la culpa si analizamos, por ejemplo, que el sueldo del presidente ejecutivo de uno de los grupos de comunicación más importantes del país ascendió en 2011 a 8,2 millones de euros [Nota: ésta es la cifra que la empresa comunicó a la CNMV, pero, de acuerdo con el desglose que la firma hizo posteriormente ante el regulador estadounidense (SEC), el sueldo se sitúa en 13 millones de euros. Ahí es nada]. Un sueldo que, por cierto, el receptor considera normal (Mis emolumentos son los habituales del mercado, se atrevió a afirmar). No hace falta que indique de quién hablo, pues, por desgracia, no es el único alto ejecutivo de un grupo de comunicación que obtiene un sueldo desorbitado mientras cientos de trabajadores son enviados a sus casas “por culpa de la crisis”.

249420_491441904213872_1527802023_nAsí funciona este mundillo, pero los palos vienen de todas partes. Ya ni siquiera hacer bien tu trabajo es motivo suficiente para permanecer en la empresa. Si eres parcial, desempeñas mal tu trabajo, pero puedes conservarlo. Si eres imparcial, interrumpes a los entrevistados que no quieren responderte, tratas de igual manera a personajes de relevancia con el único objetivo de desenmascarar la verdad y eres líder de audiencia porque el público te considera un buen profesional…. Entonces estás despedido. Tampoco aquí hace falta desglosar nombres, ¿no?

Exclusivas falsas en primera y a cuatro columnas. Periodistas que adivinan el futuro y graban crónicas 24 horas antes de que se produzca el acontecimiento. Redacciones al 60% de su capacidad. Líderes de medios de comunicación con sueldos millonarios. Periódicos que se completan con noticias de agencia y notas de prensa fusiladas. Y miles de ejemplos más.

Nos estamos cargando el Periodismo, pero, ¿es el dinero el responsable? Nadie dijo que fuera fácil hacer Periodismo de calidad, pero tampoco lo fue para grandes figuras de esta profesión a las que la edad está retirando poco a poco. Como Enrique Meneses, recientemente fallecido, que para realizar su primer reportaje gastó en taxi tres veces más de lo que le pagaron por él. Hizo cuentas y determinó que salía ganando. Tal vez sea necesario que aquellos con poder para cambiar las cosas hagan cuentas y determinen con qué opción sale ganando la sociedad (ante la que, recordemos, el Periodismo rinde servicio):

a) despidiendo a la mitad de su plantilla e intentando vender a los lectores información con menos calidad y noticias del día anterior;

b) ajustando las cuentas, buscando nuevos flujos de financiación y creando un producto de calidad por el que la gente esté dispuesto a pagar.

Que elijan ellos. Se están poniendo las cosas difíciles por aquí abajo; sería un gran detalle que los jefazos bajaran de sus tronos para echar un vistazo. Mientras tanto, los que aman (¡y amamos!) la profesión seguiremos buscando la manera en que ésta nos haga feliz, que posiblemente no tenga que ver con anclarse en modelos tradicionales, sino utilizando nuestro potencial para crear un concepto nuevo. No tenemos poder ni dinero para ser líderes, pero para hacer buen Periodismo –Enrique Meneses lo demostró sobran 150 pesetas. ¿Alguien más tiene ganas?

“En esta profesión no se puede hacer lo mismo con menos gente y con menos medios […] si el periodismo es peor, la democracia también lo es”.
Isaías Lafuente

 Las fotografías han sido encontradas aquí.

 
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Publicado por en 28 de enero de 2013 en Platos preparados

 

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La supervivencia del periodista más fuerte

Charles Darwin

Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que lo estamos intentando.

Thomas Alva Edison

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 25 de octubre de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/10/darwin-periodismo-ere-elena-lozano-santamaria/).

Hace ya más de 150 años que el naturalista inglés Charles Darwin publicó su famosa teoría en El origen de las especies. Sus conclusiones, alabadas entonces y ahora por la comunidad científica, determinaron, entre otras cosas, que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común, mediante un proceso de conservación o supervivencia de los más adecuados que él mismo denominó “selección natural”.

La teoría de la supervivencia de los más aptos es una de esas materias que se graban a fuego al estudiar Biología en el colegio. Desde la primera lectura de El origen de las especies hasta la etapa adulta, si se observa con detenimiento la sociedad, no es difícil llegar a esas mismas conclusiones. En Periodismo, por ejemplo, se nos educa directamente en la supervivencia del más fuerte y en la competición como única alternativa al desempleo o a una vida infeliz. Entre los profesores de Periodismo están extendidas, principalmente, dos actitudes: o bien intentan insuflar a los alumnos su fuerte pasión por la profesión, o bien se creen enviados especiales de las altas esferas para tratar de disuadirles, recordándoles en cada clase que se trata del peor oficio del mundo o, al menos, de que está reservado solamente para unos pocos y que es imposible que todos lleguen a la meta. El primer paso para convertirse en periodista es sobrevivir al desánimo que tantos buscan imponer en todo aquel que lo intenta.

Si Darwin levantara la cabeza y echara un vistazo a las condiciones en las que los estudiantes de Periodismo desarrollan su periodo de prácticas, abandonaría sus estudios sobre palomas y, de inmediato, cambiaría de sujeto. El becariato es una fuente inagotable de experiencias, la mayoría muy positivas. Las primeras entrevistas y ruedas de prensa, colarse por primera vez en los entresijos de un medio de comunicación, los necesarios tropezones iniciales, los primeros contactos con los grandes profesionales… Al final de los primeros trabajos es maravilloso descubrir lo que has crecido y aprendido, no solo como periodista, pero el camino no es nada fácil. En ocasiones es obligatorio ‘pelear’ con compañeros de oficio por una entrevista, una apertura, unos segundos más de vídeo o en el aire… por ser el elegido, en definitiva, para dar el siguiente paso. Y a veces no es bonito ni sencillo, pero es lo que la profesión y, cada día más, la sociedad nos exigen para no quedarnos rezagados por el camino.

Por último, queda enfrentarse al mundo real, a esa jungla en la que no sirve de excusa ser aprendiz. Llega el momento de demostrar quién es el más fuerte y quién no está hecho para todas las horas que exige la profesión. Una de las primeras cosas que aprendes cuando asomas la cabeza en el Periodismo es que no existe el horario laboral. Las horas de entrada y salida de la redacción son más que flexibles, pero en el tiempo libre no es nada fácil desconectar de la actualidad, y lo habitual es acabar pensando a todas horas en el enfoque de un tema o las preguntas de una entrevista, aún estando fuera de la redacción. La falta de horario no es fácil de asumir, a veces no solo por el propio periodista, sino por la gente de su entorno. He ahí otra prueba de supervivencia del más fuerte.

Señalaba Darwin que la lucha por la existencia lleva a la conservación de las modificaciones provechosas de los instintos. Es decir, que somos los que somos por lo que han venido antes que nosotros, de los que hemos heredado sus mejores cualidades. Desde los primeros comunicadores hasta el periodista todoterreno del siglo XXI, necesariamente capaz de cubrir, redactar para el papel, fotografiar, sintetizar para la web y twittear un hecho noticioso, todo con la mayor rapidez posible. El periodista 2.0 no es más que el perfeccionamiento del periodista analógico en relación con las circunstancias actuales. La selección natural, decía Darwin, “ocasiona extinción y divergencia de caracteres”, lo cual viene a significar que si no te adaptas, desapareces de la competición.

¿Solo llegarán los mejores? Darwin no se equivocó. La vida del siglo XXI nos prepara indefectiblemente para la competición constante. Y el Periodismo, un oficio de 24 horas al día, 7 días a la semana, no es una excepción. Especialmente ahora, que el miedo a los monstruos de los Expedientes de Regulación de Empleo conviven con la actualidad en el trabajo diario de las redacciones. Sobrevivir a todo eso es posible que no te convierta en el mejor o el más famoso, pero sin duda es la única llave para cumplir el sueño de vivir de esta profesión. Triunfar como periodista es un acto de supervivencia. Pero, ¿acaso hay algo en la vida que no lo sea?

 

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Reducción al absurdo

Que sepamos aprender de nuestra historia

Sencillamente. En la vida hay dos clases de personas: los que están hechos para ejercer el poder del mando de la tele y los que no. Los políticos, por hablar de alguien, pertenecen a esa curiosa casta de personajes que de críos se peleaban por el mando y siempre ganaban. No hay que juzgarles por eso, pues en toda casa existe alguien que controla la televisión, pero eso sí, existe un problema. Si nunca cedes el mando ni dejas que otros opinen, en casa siempre se verá lo mismo, y la “familia” dejará de interesarse por la televisión, aunque presida siempre la mesa.

Desengañémonos. Aún no conocemos la receta para evitar que la economía se autoproclame reina o que la clase política se corrompa desde lo más profundo. En la vida hay pocas cosas que podamos considerar certezas y el futuro, por ejemplo, no es una de ellas. El pasado, en cambio, sí. En lo que a mí respecta, tengo muy claros mis orígenes y que mis abuelos, los tres, llevan toda su vida ejerciendo un papel infravalorado, pero esencial: sacar adelante a una familia trabajando en el campo. Sé con seguridad que ese es el oficio que más admiro, pero no tengo claro por qué no lo es del resto de la gente, en especial de esos tantos ladrones con traje, de quienes mis abuelos deberían ser jefes y no sirvientes.

Nuestros abuelos no nacieron para tener el mando, porque durante toda la vida les han hecho creer que los que están arriba son los que tienen derecho a elegir el canal, aunque el aparato ni siquiera les pertenezca. Se lo transmiten de unos a otros, mientras nos venden que el canal que ellos eligen es el más interesante e ignoran la opinión de la gente. Y nosotros, criados en una televisión de cientos de canales, con decenas de opciones, hemos creído siempre que elegíamos lo que veíamos, hasta que nos hemos dado cuenta de que no, que los diferentes canales pertenecen a los mismos de siempre.

Nos están obligando a salir corriendo y a dejar de ver esta televisión. El número de trabajadores españoles que emigran a Alemania ha aumentado un 11,5%… desde el año pasado. Si los políticos nunca cambian ni de discurso, ni de canal, ni de mensaje que nadie se queje de que los jóvenes emigren huyendo de un país en el que el bien y el mal están a punto de encontrarse en la frontera. Uno sueña toda la vida con tener el mando de la tele y elegir el canal, pero cuando lo recibe se da cuenta de que no tenía ni idea de la responsabilidad que acarrea.

Hay una etapa, una maravillosa etapa en el proceso de desarrollo de un niño en la que dar respuesta a todas las preguntas que surcan de un lado a otro su pequeño cerebro se convierte en el gran juego, ese juego en el que los adultos corremos el grave riesgo de dejar de verles como adorables criaturas. Pues bien. Se empieza a percibir en el ambiente adulto una sensación bastante semejante. Eso de mirar alrededor y no saber interpretar el guión, eso de preguntarse de dónde han salido tantos hombres millonarios y los robinhoodes de andar por casa, eso de leer los periódicos y no hacer otra cosa que dudar del bosque en el que nos estamos metiendo. Quizás hemos complicado demasiado la vida y la única salida a esta tormenta sea la simplicidad.

Hace un par de días, un tal Juan Manuel Sánchez Gordillo quiso también reducir lo complejo y recuperar los planteamientos más simples. Harto como estaba del mundo que vemos cada día mientras nos tomamos el café, organizó un asalto a dos supermercados como “medida necesaria” para “dar un toque de atención”, en sus palabras. Esta es, más o menos, la historia. Cierto es que, conociendo sus intenciones, es difícil posicionarse totalmente en contra, pero, si me dejan, en este caso el fin no justifica los medios. Tertulianos, a sus puestos.

El fin no justifica los medios, pero es cierto que escandalizarse por la acción del SAT y no por los asaltos diarios con los que ciertos señores con traje muy elegantemente destrozan nuestras vidas, ya sea robándonos cantidades millonarias de dinero o varios derechos fundamentales, es una gran incoherencia, otro deporte nacional en el que obtendríamos el oro, de convertirse este en olímpico. No lleguemos a esos extremos, ni a los de robar para denunciar los robos ni a los de ser incoherentes con nuestros propios principios. Y aprendamos de nuestra historia y de la valentía de los responsables de que estemos aquí, que supieron enfrentar épocas peores sin tener el mando y consiguieron no volverse locos. Que el miedo no devore nuestra cordura.

 
 

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La aguja y el pajar

Viñeta de Antonio Mingote

En el periódico se ve en seguida, nada más hojearlo, que el mundo, en general, es un sitio espantoso, atravesado por desagracias, ulcerado de hecatombes, de las variedades más inauditas de la explotación y la crueldad, anegado de miles de millones de vidas humanas que pululan arrasándolo como una plaga global de termitas, y la mayor parte de las cuales transcurren, del nacimiento a la muerte, de manera espantosa, entre la miseria, el dolor y la oscuridad, en un hacinamiento parecido al de los dibujos de Brueghel.

Ventanas de Manhattan,

Antonio Muñoz Molina

El músico de la estación de Guzmán el Bueno entona No woman no cry, como cada mañana a las nueve y treinta y cinco, junto a las cintas transportadoras de personas. La prisa y el sueño madrileños, con resaca ambos de la fiesta de San Isidro, se ven interrumpidos por la detención del metro, que, por dificultades técnicas, no arranca hasta transcurridos cinco minutos (una locura de desfase horario en una ciudad que no permite la relajación ni en los parques, siempre abarrotados). Al-Jazeera y Al-Arabiya protagonizan la lección de Sistema Mundial de la Información. Más tarde, degusto, en la medida en que se me permite, un café con leche fría y una barrita de cereales con frutas rojas. Despliego virtualmente la primera página de El País y leo: “La prima cae de 500 puntos tras marcar otro máximo histórico”. No hace falta explicar de qué prima se trata. Otra feliz mañana truncada por el agobiante futuro de nuestros bolsillos.

A diferencia de lo que ocurría hace unos meses, las noticias sobre desagravios económicos, así como las anteriormente sorprendentes portadas de La Razón, han dejado de provocar un atragantamiento en mis desayunos y se han convertido en irremediablemente habituales. Una servidora se ha cansado ya, definitivamente, de emplear la palabra crisis como conclusión a toda conversación. La sensación de agobio generalizado por el futuro, o peor aún, por el presente, ha dejado de ser una novedad y, por ello, me veo en la tesitura de tener que defender a capa y espada el optimismo, que se ve peligrosamente amenazado por la tormenta que, no podemos negar, se está tomando su tiempo antes de marcharse. 

Viñeta de Forges

¿Hay motivos para el desaliento? Desde luego, pero la clave para una vida mental sana reside en no ser permeable a él. Buscar un optimista en este país se ha convertido en una hazaña más admirable que encontrar una aguja en un pajar. Sin embargo, y sin ánimo de abuelocebolletizarme, creo que es posible obtener diariamente, al menos, una infusión de optimismo. Abril nos ha tenido a más de uno haciendo equilibrismos sobre la frontera entre el optimismo y el pesimismo, pero, por fortuna, la red de seguridad que había debajo nos ha permitido no caer.En Periodismo hay ciertos enunciados que se repiten constantemente. Cada estación, cada acontecimiento y cada sección tienen las suyas propias. Por poner un ejemplo: los ciudadanos están llamados a las urnashoy España vive su fiesta de la Democracia el voto de los indecisos será clave son típicas del periodo de elecciones. Con la crisis, nos han llegado unas cuantas; entre ellas, máximo histórico. Había un tiempo, recuerdo, en el que nos provocaba gran sensación de alegría y orgullo escuchar esa expresión… eran tiempos en los que el paro no figuraba como la primera de las preocupaciones de los españoles y no teníamos ni remota idea de lo que prima de riesgo iba a significar. Ahora, sin embargo, hemos gastado en tal medida la esencia de la palabra récord que ya no nos sorprende que la prima de riesgo alcance un máximo histórico, pues lleva haciéndolo sistemáticamente desde hace meses.

Fuente: Twitter

El pasado sábado, por primera vez acudí a una concentración del movimiento ciudadano del 15-M. Estábamos de aniversario y unas 30.000 personas salieron a las calles de Madrid a celebrarlo. Fue mi inyección de positivismo de la semana. Pese a lo que pueda parecer por actuaciones como el desalojo de la plaza de Sol en la madrugada del sábado al domingo, esta movilización ciudadana no debe ser motivo de preocupación, por lo que resulta difícil de comprender que intente ocultarse algo tan grande. Opiniones sobre el 15-M hay muchas, pero lo que es innegable es que por primera vez desde hace mucho tiempo, el debate político se ha trasladado a las calles y hay una parte muy grande de la población que ya no quiere seguir esperando a ser rescatada por unos políticos carismáticos y prometedores (algo que se ha demostrado con creces que no casa con las costumbres de nuestro país), sino que prefiere hacer todo cuanto esté en su mano para demostrar que, al menos, no está de acuerdo con lo que está pasando. Me parece muy positivo reconocer que, con lo mal que está la situación económica del país y de cada familia en concreto, el movimiento ciudadano ha resultado ser pacífico y no violento. Hay motivos para el desaliento, sí, pero no podemos dejar que la batalla la gane la desazón, porque entonces sí habrá una crisis irrevocable. 

La normalidad es una fuerza geológica, lenta como el curso de un glaciar, y cada persona se aferra infinitesimalmente a la suya, porque casi nunca puede hacerse otra cosa, y porque las amenazas siempre son abstractas, mientras que la vida inmediata es tan precisa, tan rica en pormenores, que no puede someterse a categorías ni a dictámenes generales sobre el estado de ánimo de una ciudad entera o de un país o sobre las expectativas de lo que puede o no puede ocurrir.

Ventanas de Manhattan,

Antonio Muñoz Molina

 
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Publicado por en 17 de mayo de 2012 en Platos preparados

 

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