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Reiniciar

Una se despierta una mañana y ya han pasado nueve años. Nueve años y tres días

Nigeria, 2014. Un grupo terrorista. 276 niñas. Una amenaza. Un líder sin miedo. La tragedia esparcida por la tierra. África. Unas lágrimas que el sol no deja llegar hasta el suelo. Es Nigeria. Es 2014. Pero no es Occidente.

Melilla, 2014. Una valla. Una frontera. Ropa rasgada. Y sangre. Unos sueños que las concertinas cortan en el aire y se quedan en Marruecos hechos trizas. Es 2014. Es Occidente, pero ni con esas.

España, 2014. Un transplante renal en cadena. Seis personas. Seis parejas. Seis riñones. Solidaridad y ningún premio. Es España. Es Occidente. Es 2014. En los medios, ¿dónde está?

Que sí. Que el proceso de salir de una tormenta a la que nos han traído sin paraguas es absorbente. Que sí, pero cuidado. Con la excusa de que hay demasiado que contar estamos dejando que los derechos humanos se nos ahoguen en el Mediterráneo. Pasó hace poco. Pasa cada día. Hay tragedias que solo son tragedias cuando lo dice Michelle Obama. Hasta entonces, cualquier tontería es un titular. La sangre derramada nos duele menos cuanto más lejos esté. Y aunque esté cerca… hasta 14 kilómetros nos parecen demasiados. Política, política, política. No vimos en las portadas que una cadena de trasplantes salvó seis vidas. Era en España, era Occidente, era una buena noticia. Las elecciones, el fútbol. Excusas hay para rato. La nube de las prioridades también trae tormenta.

La vida artificial ya está aquí, por cierto. Especulan los medios con la posibilidad de que este avance pudiera llevar a resucitar a especies extintas como el mamut o el neandertal (cuyos genomas han sido secuenciados a partir de restos fósiles, apuntan). No es broma. Imaginen, por un momento, que se pudiera crear de la nada una nueva humanidad. Que se reiniciara. Que se pusiera en cero el contador de esos valores que tanto nos gusta anunciar que están en crisis. Confiesen, ¿le darían al botón?

 
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Publicado por en 12 de mayo de 2014 en Platos preparados

 

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Algo ha cambiado

Todos somos turistas

Ayer por la tarde, a eso de las ocho y diez, se dio una situación curiosa. En el ascensor de la salida a la calle de la estación de Canal coincidimos un chico y una chica de veintitantos, una señora de unos sesenta y pico y quien firma estas líneas. Tras comenzar el aparato el ascenso la joven, sin ánimo cursi, ni desagradable, ni entrometido, y sorprendiéndonos a todos, dijo: Es usted probablemente la mujer más elegante que he visto en toda mi vidaCon la misma naturalidad que podría haber dicho No sé si seguirá lloviendo. La mujer, que vestía un elegantísimo abrigo color lila con botones negros redondos de unos siete centímetros de diámetro cada uno, calzaba altos tacones y desprendía seguridad a borbotones, se sonrojó. Los cuatro nos miramos y nos sonreímos con complicidad. Al salir del ascensor, aunque ya era imposible verlo, en las cuatro caras implicadas se dibujó una sonrisa que duró unos instantes. Esta escena solía ser algo inimaginable en Madrid. Ya no. Algo está cambiando.Serendipity

La anécdota, que no es más que eso, puede parecer nimia a ojos que no lo hayan vivido en el momento, pero refleja una sensación que viene embargando a una servidora desde hace algún tiempo. Hace no demasiado, los días no tenían más color que el negro. No eran las vidas concretas, sino el sentimiento generalizado de angustia, de agobio, de falta de ganas, de miedo, de tensión. De no tener trabajo, de quedarse sin él repentinamente, o de estar a punto de perderlo. No había luz por la calle, sino competición y desgana. Las noticias buenas, por un tiempo, dejaron de existir. Es que no veíamos el horizonte. No ha habido un gran cambio, no se ha puesto fin a la batalla y la cosa no ha mejorado mucho. Creció el PIB un 0,1%, pero que levante la mano el que lo haya notado. Aumentó la venta de cestas de Navidad, sí, pero no hay más dinero en los bolsillos. La gente aún no tiene la seguridad de que esto vaya para adelante. Hay quien fue desterrado de su hogar y no tiene prevista la vuelta. Hay quien abandonó el país y se encontró un escenario terrible: las cosas no son más fáciles allí. Los tiempos oscuros no han pasado, pero algún matiz ha cambiado, algunas caras ya no son de color gris.

Quizás sea que cuando uno se vuelve pesimista es incapaz de detenerse en los colores y cuando las cosas van mejor es como cambiar de gafas. Quizás sea que todas esas buenas noticias que últimamente proliferan y que el cinismo que hemos heredado de la tormenta de la crisis nos impide disfrutar estén realmente ocurriendo. O quizás sea que, en realidad, llevamos tantos años deseando ver la luz al final del túnel que nos aferramos a cualquier sonrisa para sentenciar que estamos en el preludio de los buenos tiempos. Solo el tiempo lo sabe. No obstante, yo me subo al carro. No al de los hombres con traje que en conferencias sin preguntas intentan hacernos creer que gracias a ellos se está acercando el arcoíris. No al de los oportunistas que predican el ya lo sabía yo… cual mantra propio de los más pesados. No al de los que se suman el tanto minimizando el gran esfuerzo que solamente los ciudadanos hacen para salir de esta. Me subo al carro de las sonrisas desconocidas, de las cesiones de asiento en el autobús, de los pies que sujetan la puerta del metro cuando ven a alguien correr. Me subo al carro de la necesidad y el disfrute del optimismo.

Sí, saldremos de esta. Aunque los malos no lo reconozcan sabremos que ha sido solamente gracias a nuestro esfuerzo. No nos quedaba suerte y, si alguna vez la hubo, el año 13 nos la arrebató. Lo hemos hecho todo nosotros, hemos perdido mucho y a muchos en el camino, pero estamos saliendo. A pie. Y con la frente bien alta. Será que era verdad aquello que la profesora de Física y Química repetía a todas horas para convencernos de que estudiáramos: el esfuerzo siempre sale adelante. Feliz recuperación.

Nota al pie: Ayer falleció Manu Leguineche, el jefe de la tribu, lo que por unos momentos ennegreció el día. Hasta que llegó a mis ojos este texto maravilloso que escribió Juan Cruz y que lleva impregnado en cada palabra lo que la vida significa. Y la tristeza por la muerte de un maestro dejó paso a un gracias con sonrisa. “No tuvimos infancias felices, pero tuvimos Vietnam”.

 
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Publicado por en 23 de enero de 2014 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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Adrenalina y juventud

Son las diez de la mañana y los pasajeros del autobús Valladolid-Madrid vienen con energías. A mi lado, dos universitarios comentan, cómo no, el desgraciado presente. Ella dice: Al menos, como la gente no avanza, si no haces nada no te sientes tan mal. Él responde: Pero ya no puedo quedarme aquí. Mis mejores amigos están fuera. En Valladolid solo me queda mi familia. Noto cómo brota el espíritu aventurero por sus labios. Percibo las ganas que tiene ese muchacho por abandonar España y fomentar la movilidad exterior. Está exultante. Yo diría, incluso, que rebosa adrenalina.

Acabo de entenderlo. He comprendido por fin el empeño de la humanidad por encontrar la fuente de la eterna juventud. Ya sé por qué, cuando estoy con gente de más de cuarenta, siempre alguien acaba diciendo Ay, tus 23, ¡quién los pillara! No envidian nuestra tez sin arrugas, ni nuestras fuerzas para afrontar la vida, ni nuestra complexión física, no. Lo que realmente echan de menos es la adrenalina. Sueñan con ese subidón que provoca no saber si un sueldo precario nos permitirá pagar las facturas de este mes. La insoportable levedad de nuestro futuro. ¿Quién necesita paracaidismos cuando tenemos todo el riesgo que queremos al intentar pasar el control de Ryanair con nuestra nueva vida condensada en 20 kilos?

Sí, es cierto. Nunca me he sentido más emocionada que cuando, más o menos seis veces a la semana, contesto a la eterna pregunta con un Sí, habrá que irse fuera, porque lo que es en España… No hay hueco. La sonrisa me da varias vueltas a la cabeza cuando manifiesto en voz alta la insoportable levedad de mi futuro. Soy periodista, tengo 23 años y me falta una asignatura para tener en mis manos un título que, según a quien preguntes, es posible que me cierre más puertas que no tenerlo.

Va Iñaki Gabilondo y dice: Si yo tuviera 20 años no dejaría que se atrevieran a decirme que no tengo futuro. Y ahí voy. Hace unos meses clamaba a golpe de tecla desde esta Cocina un basta ya del argumento de la generación perdida. Y me encuentro con un grito que viene desde lejos a decirme que más de 200.000 jóvenes se han convertido en exiliados económicos. Y recuerdo, entre risas y lágrimas, a una secretaria de Estado de Inmigración y Emigración, una tal Marina del Corral, diciéndonos a la cara, con gran estómago, que la crisis no tiene la culpa de todo, que el espíritu aventurero de la juventud es otro factor importante que está catapultándonos al extranjero. Fátima Báñez le sigue la corriente y nos suelta que eso de marcharse fuera a sacarse los garbanzos adelante se llama movilidad exterior. Hay gente que debería desayunar antes de ponerse a hablar. Y entérense: no nos vamos, nos echan ustedes.

Supongo que no todo el mundo tiene la suerte de tener un abuelo que le advierta que de cada cinco pesetas que ganes tienes que ahorrar cuatro si quieres vivir bien. La cuenta era bien sencilla y lo sigue siendo. No podemos regalar casas a todo el mundo, entendido. Pero sí podemos pagarle dietas de alojamiento y manutención por valor de 1.826,86 euros al mes al ministro de Hacienda, pese a que tiene en propiedad tres pisos en Madrid. Espera, que la cuenta no sale. Para qué utilizar la calculadora, piensa el Tribunal Supremo, y archiva, como quien no quiere la cosa, la querella contra 63 diputados que cobran dietas pese a tener casa en Madrid.

No todo va a ser negativo en la crisis. Quizás encontremos el secreto de la eterna juventud escondido en un periodo de prácticas que se extiende por años, en vivir con nuestros padres hasta los 30 y en no poder tener familia hasta los 40, si es que no hemos perdido la esperanza. Dejemos de culpar al Gobierno, que nos ayuda a esforzarnos al máximo para conseguir dos duros y nos ofrece, sin pedir nada a cambio, la fuente de la eterna juventud.

Nota de la autora: Sacúdanse la ironía antes de afrontar este último párrafo. Estos tiempos que nos han tocado en suerte como inicio de nuestra vida laboral son un asco. Cualquiera con nuestra cualificación, idiomas, talento y capacidades habría encontrado ya trabajo en cualquier otra época. Pero aquí va lo bueno: no somos unos cualquiera. Las ideas y el esfuerzo salen adelante. Nos lo decían en el colegio y debemos repetírnoslo a diario. Caeremos si perdemos la pasión y las ganas, porque solo nuestro talento nos hará libres.

 

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Esperanza en conserva

Los viajes largos en metro siempre evocan demasiados recuerdos. Sentada en el cuarto vagón del tren de la línea cuatro que a las cuatro y veinte pasa por Colón pienso en el futuro que vamos a tener que pelear. Completamente absorta en La revolución de los vikingos pienso si tiene salida un país en el que es demencial confiar, porque todos sus pilares están corruptos. Las uñas esmaltadas de color coral están llenando sus páginas de rayones. ¿Qué futuro nos va a tocar? Uno nunca conoce la ferocidad del monstruo del paro hasta que se planta ante él cara a cara. Y hasta que no se pierde la rutina no se descubre lo fácil que es dejar de esforzarse, de leer, de escribir. Y de luchar. Cuánto se tarda en aumentar la media de horas diarias frente a la televisión, aquella de la que nos reíamos cuando éramos reyes.

La única alternativa al paro es la lucha. Lo único que nos sacará de esta serán las ganas de vivir dignamente. A la altura de Goya levanto la vista de las letras. Entra en el vagón un hombre con camisa a cuadros. Tiene acento argentino. Saluda, comenta su desgraciada historia y pide disculpas por lo que está a punto de hacer. Coloca su mano en la barra, toma aire y comienza a cantar. Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando mi retorno… Imagino su historia. Recién llegado de Argentina, hace diez años, con una ancha sonrisa. Aún la conserva, a pesar de ganarse la vida cantando de metro en metro, como un artista de los de siempre. Es posible que ahora deba volver. Con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien.

Elena Lozano Santamaría

Tengo el libro cerrado sobre mi regazo, con uno de mis dedos colocado entre las páginas 48 y 49. Este diálogo constituye el ejemplo clásico de lengua diplomática donde cada parte cree entender a su interlocutor sin que las conclusiones sean comunes. Los vikingos dijeron basta. Se hartaron de que les tomaran el pelo, pero nosotros no seguimos su ejemplo, sino el de quienes tiraron sus ilusiones por el retrete. Miro a mi derecha y contemplo cómo mi maleta espera paciente la llegada de la estación de Hortaleza. Nunca he tenido en la vida compañero más inseparable que esa pequeña caja de tela de color azul, con su asa que se atasca y las tarjetas de embarque de los últimos tres años perfectamente guardadas en su bolsillo trasero. Me pregunto a dónde me llevará el año que viene y si conseguiré algún día colocarla en lo alto del armario sin tener que bajarla cada mes de septiembre. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada. La tormenta me está robando mis próximos veinte años y me empuja sin remordimiento alguno a traicionar a la pequeña que creaba sus propias revistas en casa y grababa programas de radio con su hermana. Me río. Hoy también me han preguntado que por qué no escribo un libro.

Y yo, que sigo empeñada en que este es el mejor oficio del mundo y en que este es un buen país mantengo la esperanza en conserva, porque no es peor para nosotros estar parados que para ellos que nunca dejemos de luchar. Gardel sabía de lo que hablaba.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido,
que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.

Volver.

 

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Europa ha hablado

¿Recuerdan ustedes esas escenas tan dramáticas de familias siendo expulsadas de sus casas, que las televisiones vienen reflejando desde hace meses? ¿Recuerdan las manifestaciones en contra de los desahucios? ¿Tienen idea de lo que es la PAH? ¿Les suena una persona llamada Ada Colau que puso los puntos sobre las íes en el Congreso de los Diputados y que se atrevió a llamar criminal a un señor que defendía la ley hipotecaria española? Hagan un ejercicio de memoria, buceen en su mente y saquen a la luz esas imágenes de policías cargando contra vecinos porque su Majestad el banco de turno lo indicaba. ¿No se les ha creado un nudo en la garganta, un agarrotamiento en el estómago que ven difícil de asimilar? No se asusten, a todos nos ha pasado.

Españoles, Europa ha hablado. Puede ser que haya exagerado al decir que a todos nos ha dolido alguna vez ver o, al menos, saber que cientos de familias han tenido que abandonar sus casas, sus hogares y sus recuerdos por orden de una serie de señores trajeados que trabajan en bancos -y que, por cierto, tienen mucho que ver con la tormenta que no nos deja en paz-, que afirman que esas familias, por sus deudas, merecen dormir en el suelo. Hay quien no se ve abrumado por esas historias, sino que necesita que alguien superior sea quien le haga ver que la ley que permite esas situaciones es “abusiva”. Lo dice Europa y, ahora, lo dice toda España. Alberto Ruiz-Gallardón ha salido a comentar que la ley hipotecaria española, que, por cierto, es incompatible con la europea, se ajustará, “naturalmente”, a los dictados europeos. Gracias, señor ministro. Nos quedamos más tranquilos.

Hoy el desayuno me ha sentado bien. Café con leche, zumo de piña, una tostada y buenas noticias. Eso no se desayuna todos los días. Sin embargo, rápidamente me ha sobrepasado un hilo de preguntas y, sobre todo, una: ¿Eso es lo que hacía falta, que Europa hablara? ¿No había hablado ya bastante la sociedad? Lo llaman Democracia, pero no lo es.

 
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Publicado por en 14 de marzo de 2013 en Platos preparados

 

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Derecho a la pataleta

El peor enemigo de un gobierno corrupto es un pueblo culto

El Roto

El Roto

Hace un par de días, en el Congreso de los Diputados se alzó una voz maravillosa que puso los puntos sobre las íes. No fue la del secretario general de la Asociación Española de la Banca (Javier Rodríguez Pellitero), como cabría esperar, no. Fue la de Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que expuso claramente el drama de los desahucios ante la Comisión de Economía del Congreso. Era una estafa, porque todo te llevaba a comprar una vivienda, que no es un capricho, sino una necesidad básica de la población. El alquiler no era una alternativa. La política fiscal sólo desgravaba la compra, nunca el alquiler. Ella tiene razón: fue una estafa. Es una estafa. Una completa tomadura de pelo.

Javier Rodríguez Pellitero, el portavoz de la banca ese mismo día, debe de andar un pelín despistado, pues se atrevió a afirmar que la legislación española funciona perfectamente, ante lo que Colau, según afirmó después, le dieron ganas de tirarle un zapato. ¿A quién no? Ella le llamó criminal, porque decir que la legislación española es estupenda cuando hay personas que se están quitando la vida por una ley injusta es absolutamente criminal. Es difícil llevarle la contraria a Colau. España es el país que más desahucia y, al mismo tiempo, el que más viviendas vacías alberga. Eche cuentas. Si alguien anda despistado sobre esta gran estafa que ha sido la burbuja inmobiliaria, no tiene más que escuchar la intervención de Ada Colau (aquí, por ejemplo).

En algunos momentos de la intervención, cuando Colau hablaba de las vidas que se han perdido en este drama de los desahucios y del total de familias que han sido expulsadas de sus casas, llegó a temblarle la voz. A quien no le tembló fue a Mario Pascual Vives, abogado de Iñaki Urdangarin, que, ni corto ni perezoso, tachó de empobrecimiento injusto la aplicación de la fianza de ocho millones de euros al Duque de Palma. Por comentar: Cristina de Borbón y su marido pagaron por su palacete en Pedralbes 5,8 millones de euros, más dos millones en reformas (dato extraído del programa de hoy de Al rojo vivo, de La Sexta). Intuir un empobrecimiento de Urdangarin y llamarlo injusto nos cabrea y mucho, porque es un insulto directo a todos los españoles, a los que se estafa a diario con escándalos de corrupción. Mientras, en una galaxia no muy lejana, un hospital de Requena tuvo que cortar la calefacción hace un par de noches para poder pagar el combustible. Toda nuestra galaxia, la de los ciudadanos de a pie, está llena de dramas.

Gracias, señores políticos, porque acaban de otorgarnos la legitimidad para salir a la calle todos y cada uno de los días que consideremos necesario, para gritar bien alto que estamos hartos de que nos tomen el pelo, para enfadarnos y tender a la ira cada vez que vemos las noticias en el telediario. Después no se quejen de presión social, que han sido ustedes los que han propiciado todo esto con sus papeles reveladores, sus sobresueldos, sus fundaciones-tapadera, sus sobres blancos manchados de negro, sus fiestas con cinco mil euros en confeti. Como dijo Ada Colau el pasado martes, nunca es tarde para escuchar las demandas de los ciudadanosSean listos y pónganse de nuestra parte, porque parece que la tormenta acaba de empezar.

Emocionante, brutal, hermosa voz de Ada Colau, en armonía con quienes sufren el salvaje expolio que perpetran los poderosos.

El grito, de Maruja Torres.

 
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Publicado por en 7 de febrero de 2013 en Platos preparados

 

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El corruptódromo

Fuente: El País.

Fuente: El País.

Indignados, dice, y se queda tan tranquila. María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular comparece en rueda de prensa y se atreve a señalar que en su partido están indignados por las informaciones publicadas por el diario El País, que acusan directamente a miembros muy relevantes de su cúpula de haber recibido sobresueldos entre los años 1990 y 2009. Indignados. Y nosotros cómo estamos, ¿eh?

Fuente: El País.

Fuente: El País.

Para indignación la nuestra, que no sólo nos hemos inmunizado ante la corrupción, sino que estamos siendo testigos a diario de la avaricia más pura. Urdangarin, Bárcenas y Amy Martin copaban ya los telediarios, pero las informaciones publicadas ayer por El País, que completan la investigación iniciada por El Mundo, nos han dejado sin aliento. Por si no nos habíamos humillado bastante ante nuestros vecinos extranjeros, tenemos que soportar ahora la vergüenza de que el presidente del Gobierno y la cúpula casi al completo de su partido estén envueltos en un escándalo de corrupción. Y nuestro máximo dirigente, en lugar de salir a tranquilizarnos con su negación, envía a su número dos del partido, que deja insatisfechos a los periodistas que acuden a la calle Génova a desentrañar la verdad de los hechos. María Dolores de Cospedal se presenta indignada con las informaciones que el medio de comunicación ha publicado sin duda, para dañar al partido. Esa es su explicación, que El País se lo ha inventado todo para atacar al Gobierno. Ojalá fuera tan sencillo.

Los papeles de Bárcenas nos dejaron sin palabras ayer, aunque tampoco puede decirse que nos sorprendieran demasiado. Hacía días que se venía barajando el nombre del presidente Mariano Rajoy y el de otras personalidades influyentes del Partido Popular en la trama de Bárcenas, pero El País ha sacado a la luz los manuscritos del ex tesorero del partido, cuya letra ha sido verificada por diversos profesionales de la Sociedad Española de Grafología, consultados por medios tan distintos como ZoomNews, Cadena Ser, Telecinco y La Gaceta.

En el Partido Popular niegan la veracidad de los papeles publicados por El País (aquí un especial sobre el tema), pero los medios de comunicación respaldan al diario. De entre las cabeceras más destacadas, La Razón se ha quedado sola en la defensa del partido de Rajoy al publicar una portada digna de ser reseñada. Causa general contra el PP es su argumento, sin duda mucho más elaborado que el publicado en la cuenta oficial de Twitter del Partido Popular anoche a las 22,56 horas: Zapatero jamás dio explicaciones sobre el caso Campeón.

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Corre por ahí el rumor de que tenemos los políticos que nos merecemos, porque, no lo olvidemos, si están ahí haciendo de las suyas y pidiéndonos austeridad mientras se llenan los bolsillos de avaricia es porque nosotros les dejamos. Los políticos no saben dimitir, porque nosotros les hemos concedido inmunidad a pesar de sus desfachateces, porque ya nos parece normal que un político (o persona perteneciente a una institución pública) corrupto no vaya a la cárcel o se libre de ella pagando una fianza (con el dinero que nos ha robado, obvio). Hace unos días, el PP propuso en el Congreso que los niños reciban educación financiera y tributaria como medida para prevenir el fraude fiscal. Ahí está el error. La corrupción se evita enseñando a los niños a ser honrados y buenos ciudadanos, no contándoles las triquiñuelas de la fiscalidad. Para eso ya habrá tiempo. Educarles es enseñarles que aprovechar un cargo para sacar beneficio de manera ilegal no está bien y que es penalizado. Si les mostramos que quien comete un delito se va de rositas, la historia siempre se repetirá y dentro de unos años será demasiado tarde. Empecemos por levantarnos del sillón hoy y abolir la frase: No sé qué tiene que pasar para que la gente reaccione. Reaccionemos ahora.

Tiempo al tiempo. Sacarán sus eslóganes y se los compraremos. Menearán la banderita del partido y les aplaudiremos la gracia. Tocarán la campana de las urnas como en un comedor escolar y acudiremos borreguilmente al redil. Cada cuatro años salen los títeres y allí estaremos sentados de nuevo, delante de la función, embobados, con el dedo en la nariz, la gorra de medio lado y una piruleta en la boca. No es que a los políticos les parezcamos imbéciles, no. Es que, a estas alturas, ya deben haber constatado que lo somos.

Imbéciles, de Pedro Simón

 
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Publicado por en 1 de febrero de 2013 en Platos preparados

 

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