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Lunes

Los lunes poseen la inconmensurable capacidad de calmar las tormentas. Pocos acontecimientos ostentan el poder de paralizar la vida del metro, así que el inicio de la semana es un reinicio siempre. Y hoy parecía un lunes cualquiera. El metro no admite lutos. El trabajo espera y es un lujo atreverse a perder cada tren. Era un lunes cualquiera, pero los periódicos hoy no hablaban del tiempo. Hablaban de fútbol, sí, pero en pequeñito, porque copaba los titulares el forjador de la democracia, el presidente que inventó otra España, el mito de la Transición, el gran presidente del pacto, el líder que unió a los españoles. No son mías: son palabras de tinta.

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De Forges, claro.

No estaba de acuerdo toda la prensa en qué pasó el sábado por las calles de Madrid. Como cada vez, bailan las cifras y tiemblan las manos de quienes contemplan la violencia con la que termina una defensa de la dignidad. Vuelan las culpas y pueblan los medios los testimonios de cada parte. ¿Cuándo nos convertimos en dos bandos? Van marchándose los artífices de la Transición y la democracia va faltando poco a poco. Se la jugaron por conseguirnos unas libertades que vamos lentamente perdiendo. Si Suárez impulsó la pluralidad política, hoy en día hablar en la calle sale caro. Tanto que las manifestaciones ya no llevan tal nombre, sino marchas de la dignidad. Hemos llegado al punto en que hay que salir a reclamar algo tan humano como la dignidad en un país popularmente considerado como avanzado.

Esta tarde en el Congreso ha habido lágrimas, señales de la cruz y palabras, muchas palabras. De respeto y admiración, casi todas. Los que allí han estado señalan la alta y esperanzadora presencia de jóvenes que querían acercarse a homenajear y agradecer. Es que Suárez tenía tan adherido el consenso que ha conseguido llevarlo a los titulares y a las bocas de todos. Hay que ser muy bueno para que políticos, periodistas y ciudadanos hablen bien de ti… Al menos ahora. Hacemos uso de la pluralidad política que él impuso a cada rato, pero en esto estamos de acuerdo: estamos donde estamos gracias a él. Y eso no puede decirse de cualquiera. Qué envidia de altura política, la de un hombre que dimite cuando el bien de su país lo exige. En España ya no sabemos lo que es eso.

Poco queda por decir. Simplemente, adiós y gracias, Adolfo. No ha sido un lunes cualquiera.

 

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