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El farol

La muerte a veces es silencio y, a veces, estruendo. El silencio que dejan sus libros cerrados, sus gafas guardadas y su cama vacía. El estruendo que produce la tierra lanzada con fuerza sobre su ataúd. A veces es luz y, a veces, oscuridad. Unas veces, venganza, y otras, descanso. Pero siempre es brusca, aunque se espere.

Cada muerte en el pueblo es una gota que colma el vaso del desaliento, una prueba más de que la vida es una cuenta atrás. Y nunca deja indiferente a sus habitantes, que acuden a cada despedida cargando con sus achaques y sus bastones, limpiando con un pañuelo de tela sus ojos llorosos. La impresión que deja sentir su cuerpo inerte a unos metros pone de manifiesto que la muerte, sin duda, es ley de vida.

Una reunión familiar, unas risas y unos recuerdos en torno a una caja de cartón. Fotografías de hace medio siglo. Ese libro de familia descompuesto. Y un puñado de vidas que hoy se resisten a que el último adiós sea el definitivo. Es imposible poner palabras a la despedida…

… pero lo cierto es que ya no luce el farol de la calle de la Iglesia.

 
 

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Joyeux annif, les éléphants!

Nos pasamos la vida esperando que pase algo, y lo único que pasa es la vida

Coged un trocito, invito yo.

Cumplir años se ha convertido en una afrenta directa contra la crisis. Contra todo tipo de crisis. Sin embargo, seguimos insistiendo en ello. Hace un año que la palabra elefante cambió de significado para quien firma estas líneas. Han pasado 366 días desde que, gracias a las herramientas que nos ha traído este siglo, bajo el título La cocina del elefante se pusieron en práctica las dos reglas que Oscar Wilde determinó como imprescindibles para escribir: tener algo que decir y decirlo. Y hacerlo público, que es algo ante lo cual siempre existen reticencias, pero resulta que una de las mejores formas de conocer a alguien es leer las cosas que escribe y, sobre todo, cómo las escribe. Así nacieron los elefantes. No queda más que dar las gracias a quien se pasea de vez en cuando por esta cocina, porque gracias a ellos los elefantes le han ganado la batalla al tiempo, a la tormenta y a todos sus secuaces. Espero que así sea durante muchos años: en esta cocina siempre hay sitio para dar de comer a alguien más. Gracias y feliz día a todos. El tiempo y La cocina del elefante se verán las caras el año que viene.

 
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Publicado por en 26 de octubre de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes, Uncategorized

 

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Días de color elefante

No existen cuestas abajo, solamente cuestas

La señal más clara de que ha llegado el otoño son los pies fríos. Podemos elaborar mil teorías y engañarnos cuanto queramos, pero lo cierto es que son nuestros pies los que soportan la delgada línea entre un buen día o uno malo. Son ellos los encargados de decidir si una noche es larga o corta, si existirá ese día un momento que cambie nuestras vidas o si, simplemente, nos iremos a dormir sin nada nuevo en el horizonte. Este año, de la noche a la mañana hemos viajado a la siguiente estación y ni siquiera hemos tenido tiempo de cambiar la ropa del armario, ni siquiera se nos ha regalado un octulio como transición hacia los días grises. Pero nuestros pies se han dado cuenta. ¿Quién le ha dado permiso al frío para tomar la ciudad?

Estamos impactados por el cambio. Lo hemos aprendido en los telediarios, según los cuales lo que no nos deja dormir bien es el frío y no que, en lo que va de año, casi 55.000 españoles se han marchado al extranjero a buscarse las lentejas o, más bien, los currywurst. Sin embargo, la diferencia dejó de ser brusca el día en que los matices desaparecieron por falta de trabajo. Empezaron a aburrirse cuando, hace unos años, se instaló una tormenta encima de nuestras cabezas y todos los días empezaron a tener algo de gris. O, más bien, de rojo, ya sabe, de esos en los que de repente se tiene miedo y no se sabe por qué. Hemos tardado cuatro años en construirnos un paraguas y, ahora que tenemos solucionado lo de la lluvia, se nos echa encima el frío. Este invierno, como todos, el mercurio va a descender como nunca, y el sol no tiene ni previsto pasarse por aquí a tomarse un café. Ahora lo que nos queda es esa sensación de humedad que queda cuando pasa la lluvia. Nos ha costado adaptarnos al olor a tierra mojada -porque ir de menos a más es fácil, pero al revés se hace cuesta arriba-, y tenemos tan interiorizado que vamos a pagar los intereses de la crisis que ya no recordamos cómo era la vida antes. ¿Cómo era eso de pensar en objetivos de aquí a un año, cómo nos sentíamos cuando el futuro estaba en nuestros planes? ¿Cómo eran aquellos tiempos en los que la lluvia era solo aquello que hacía más bonitos los días de sol? ¿Qué era eso de un día de sol?

Marzella, de Ernst Kirchner.

Hemos convertido en rutina el vivir a un mes vista, sin saber realmente cómo terminaremos cada semana ni las cosas que pasarán entre el lunes y el domingo. El primer día de la semana, suspiramos profundamente mientras el despertador sigue sonando, nuestros oídos se habitúan al hecho de que ya no es domingo y el frío invade toda la habitación, excepto el rinconcito que hemos creado entre el colchón y el edredón. Es el único momento en el que no hace frío ni el día es gris, pero rápidamente tomamos conciencia de que se avecinan otros siete días en los que lo sentiremos todo, llegaremos a la cima y volveremos a caer varias veces, soñaremos y lloraremos, tendremos miedo a leer el periódico y daremos gracias por la vida que tenemos. Condensadas en 168 horas estarán todas esas sensaciones, que antes de la tormenta nos llevaba una vida entera sentir. Estamos en una etapa en la que todo dura un segundo. Ni siquiera las ideas profundas nos sirven para reflexionar varios días, y lo habitual es que nuestra cabeza dé vueltas sin decidirse por un pensamiento concreto (¿hay futuro o no lo hay?), como en esos días de niebla en las autovías, cuando la radio del coche salta de una emisora a otra y confunde canciones de rock con anuncios de peleterías. Una visión desoladora para un amante de la vida reposada, como en España nos solía gustar ser. Quién sabe, quizás algún día seamos capaces de abolir la noción del tiempo y de hacer desaparecer los días grises del calendario.

La lluvia me trae recuerdos de la felicidad de los belgas. Aquí, los saludos, si existen, llevan a cuestas mucha más hostilidad. Estamos muy susceptibles, saltamos por todo y hay quien realmente está perdiendo la cabeza, no hace falta más que leer la sección de sucesos de los periódicos, que crece pese a perder estos cuerpo por la falta de ingresos. Solamente las grandes crisis son capaces de hacer temblar el suelo bajo nuestros pies y hacernos replantearnos el porqué de todo. Esta tormenta es tan grande que ha roto los paraguas de todos los sectores y tenemos crisis para rato en todas partes, en todas las instituciones y en todas las empresas, incluso en aquellas que creíamos intocables. ¿Qué es menos malo, la lluvia que nos hace tener siempre los pies mojados o ese frío que no se puede combatir ni con duchas calientes, ni con mantas de punto, ni con la calefacción a 30º? No son buenos los días de lluvia, porque es cuando más ambulancias se escuchan, pero estamos hablando de un frío que no se puede mitigar.

Volverán los calcetines a tomar nuestros pies. Volverá la escarcha a anidarse en nuestros tejados. Pasará el otoño y, una vez más, habremos ganado la batalla del tiempo. La lluvia cae fuerte en Madrid y lo único que se escucha es a Yann Tiersen.

Que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar

 

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Oda a una vida estable

La vida es lo que pasa mientras retrasas la alarma del despertador cinco minutos más

A los jóvenes de hoy en día, con la excusa de la crisis, se nos está educando en la idea de que lo temporal, lo breve, lo efímero, es el futuro. La sensación de estar de paso en todas partes, de que todo es temporal. Tras décadas en las que se promulgaba la estabilidad, resulta que pasar un breve periodo de tiempo en mucho sitios es el futuro de todo. Aquí también es necesario un cambio de modelo. Lo peor y lo mejor de la crisis será precisamente eso, que nos obligue a removernos por dentro, a cambiar lo que creíamos fuertemente enraizado en nuestras vidas y a volver a pensar qué estamos haciendo.

En Periodismo es muy fácil distinguir quién tiene vocación y quién no. Basta con observar a un sujeto cualquiera y sus reacciones ante un acontecimiento importante de la actualidad. Si simplemente observa lo que ocurre, mientras sus intestinos se mantienen en el mismo estado de tranquilidad, no está hecho para el oficio. Si, sin embargo, no puede despegarse de Internet y siente un gusanillo en el estómago que le indica que se moriría por estar en una redacción sintiendo la adrenalina que produce la última hora… Entonces estamos ante una verdadera vocación. Parece una tontería, pero es importante tenerlo claro a la hora de elegir este oficio.

En este mundillo más que en ningún otro se nos inculca el estar de paso en muchos “trabajos” como primer movimiento para convertirte en lo que verdaderamente quieres ser. Pruebe a preguntar a cualquier estudiante en prácticas su opinión sobre las historias, tan comunes antes e irrepetibles ahora, de todos los compañeros que comenzaron en el periódico de prácticas y se quedaron durante 20 años. Descubrirá un profundo rechazo del estudiante preguntado, quien seguramente sostiene un profundo odio por las citadas historias, consecuencia directa del hecho de que él no tendrá esa oportunidad. Esas historias ya no son comunes, no se repetirán hasta dentro de muchos años. Y, entretanto, ahí nos encontramos los futuros periodistas, saltando de una redacción a otra, de una emisora a otra, de un estudio a otro sabiendo en cada paso que no podremos quedarnos allí. Acostumbrándonos a un montón de paredes que nunca nos verán crecer, porque no hay sillas para nadie más.

Y, sin embargo, los que verdaderamente queremos ser periodistas, los que guardamos esa vocación en lo más profundo de nuestros agobiados cerebritos para que no se marchite ni con síntomas diagnosticables de estrés crónico, en ningún caso renunciamos a pasar dos meses entre esas paredes, porque sabemos que, junto a los profesionales que allí trabajan, van a transmitirnos muchas más capacidades periodísticas de las que nos dio tiempo a aprender en cinco años de carrera o, al menos, por disfrutar durante algunas semanas del pánico a la hoja en blanco y de ese gusanillo, que aparece con los grandes acontecimientos y es el culpable de que salgamos de la redacción sonriendo, a pesar de haber pasado allí todo el día. Todo es maravilloso, todo son piruletas y palomitas durante esas valiosas semanas, pero cuando terminan siempre nos queda una sensación de vacío, la que nos produce esa temporalidad horrible que nos quieren vender como nueva forma de vida. La vida construida con pequeños trocitos de vidas perfectas no es buena vida, nos dice la experiencia que comenzar una vida distinta cada mes de septiembre va a terminar por desgastar nuestro ánimo.

La desazón, el quedarse parado, el dejar de soñar… son las tentaciones que hemos creado en el siglo XXI y de las que es necesario correr en dirección contraria. No claudiquemos ante las exigencias de una crisis mayúscula en un país en el que se nos instruye que lo temporal es el futuro mientras se nos fuerza a pensar que ganar dos Eurocopas y un Mundial es “ser eterno”. No me malinterprete, que yo el fútbol lo respeto como a lo que más, pero me confunden tantas alabanzas y una cobertura de medios tan exagerada como para tener a los mejores profesionales del Periodismo televisivo nerviosos y pendientes de que el avión de la Selección aterrice… Pero no nos vayamos del tema, que aquí lo importante es que el miedo no devore nuestra cordura y que sepamos aprender de los pequeños trocitos de vida ideal que nos gustaría convertir en eternos. Y que el desánimo no nos gane la batalla. Nada más.

 

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El Periodismo tiene que cambiar

Pero, ¿cómo?

El 3 de mayo se conmemoró el Día Mundial de la Libertad de Prensa, y los periodistas, sus garantes, lo celebramos en las calles, nuestro legítimo lugar de trabajo.

Elena Lozano Santamaría

La ciudad de Miguel Delibes, a quien seguramente también le habría gustado cambiar las cosas para proteger nuestra profesión, fue testigo el pasado mes de abril del nacimiento de un texto al que, además, puso nombre. Surgida del seno de la LXXI Asamblea General de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), la Declaración de Valladolid es el nuevo manifiesto de los profesionales del sector periodístico en este 2012. Las cosas tienen que cambiar, o al menos eso opina el colectivo, que propuso una defensa del Periodismo en las calles españolas el pasado jueves 3 de mayo y acuñó término: el #periodigno.

La Declaración de Valladolid pide a los periodistas ser los protagonistas del necesario cambio que ha de vivir el Periodismo en nuestro país. Los desafíos se han multiplicado en poco tiempo en una profesión cuya crisis, que empezó hace décadas, se ha visto agravada con la ya célebre recesión en la que estamos inmersos. El oxígeno está empezando a terminarse y ya son demasiados los profesionales que han perdido su trabajo en la inmensidad de esta doble crisis. Nuestros representantes asumen que debemos ser los líderes de la transformación del sector, pero, ¿depende esto exclusivamente de nosotros?

La clave está en buscar y lograr un Periodismo de calidad. La FAPE nos exhorta a ser originales en los contenidos informativos, a adaptarnos a los nuevos tiempos, a impulsar nuevos proyectos periodísticos, a modernizar los obsoletos planes de estudios de las universidades, a cambiar la mentalidad de los editores y a huir de las ruedas de prensa sin preguntas y de las declaraciones enlatadas. Esto no depende solamente de los periodistas, sino que entran en juego un gran número de factores, como empresarios y universidades, por lo que cambiar el sistema solo puede ser fruto de un esfuerzo conjunto.

No obstante, sí es cierto que no podemos seguir esperando y soñando con que alguien de fuera nos saque de esta maraña. Si los periodistas no nos movemos, la situación se alargará hasta que sea insostenible, aunque, de hecho, ya estamos empezando a perder el equilibrio. Los despidos masivos y la precarización ya no pueden justificarse con la crisis económica. Los ERE en las empresas, por desgracia, han dejado de ser noticia al perder la condición de nuevo, pero están llegando ya a todos los rincones de la profesión, incluidos los grandes diarios.

La idea es que sin periodistas no puede haber Periodismo, y sin Periodismo no puede haber democracia. Eso sí, para hacer verdadera esta tesis es muy necesario un cambio, pero de raíz, pues hay fallos muy graves que es necesario solventar, como deja claro este manifiesto: “El futuro sigue estando, independientemente del soporte en que se exprese, en el Periodismo hecho con rigor, el Periodismo que contrasta la información, el que verifica lo que está ocurriendo, el que recurre al uso independiente y plural de las fuentes y el que cumple las normas éticas y deontológicas que rigen nuestra profesión”.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer nosotros? Entre otras cosas, salir a la calle y demostrar que no estamos bien, que no aceptamos lo que está pasando y que necesitamos un cambio, porque en caso contrario nuestra profesión seguirá devaluándose hasta un punto en que perdamos los valores que dieron origen al Periodismo. Necesitamos que manifiestos como este no se queden solo en el papel. Y lo que sí está en nuestra mano es que la figura del periodista sea, en palabras de la FAPE, la de alguien “bien formado y capacitado para jerarquizar la abundante información que circula, para cubrir las noticias que interesan y preocupan a los ciudadanos y para hacer las preguntas que temen los poderosos”.

Este artículo ha sido publicado en Punto de Encuentro el 4 de mayo de 2012 (http://www.puntoencuentrocomplutense.es/2012/05/falta-fotoel-periodismo-tiene-que-cambiar/).

 
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Publicado por en 7 de mayo de 2012 en Publicaciones, Uncategorized

 

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La vida en la caverna

Esta noche he soñado que era de día

Era lunes el pasado día 23, y por primera vez no celebró la fiesta de Castilla y León, sino que tuvo que actuar como un madrileño más e ir a clase y al trabajo, inconsciente de lo que en su casa se estaba cociendo. A las ocho de la tarde, después de un día agotador, se disponía a disfrutar de una larga sesión de sofá, cuando se encontró con un pastel que no había cocinado. La visión era desoladora para un amante del siglo XXI como ella, pues le habían arrebatado la electricidad, por circunstancias que escapaban a su responsabilidad y su entendimiento. Pasó cuatro días intentando subsistir sin aquel bien tan preciado, y lo consiguió, pero la experiencia tuvo poco de positiva.

Es cierto que se puede sobrevivir sin electricidad, ni luz, ni Internet, ni calefacción, ni línea telefónica ni agua caliente, al igual que se puede subsistir sin derechos laborales ni sociales. Pero la vida, desde luego, empeora y mucho en ambas situaciones, cuando lo único que puedes hacer es sentarte a leer un libro sin emitir queja alguna. Que tres personas estudien a la luz de una única vela es posible, pero todos nos damos cuenta de que esa proporción es un disparate. Nos creemos muy avanzados, pero basta un detalle para desestabilizar nuestro mundo. Una persona más en paro, un corte de luz, un político corrupto… hunden nuestras realidades y nos dejan en recesión. Y la crisis, que ya no es solo económica, infecta todo nuestro organismo.

Encontrar a un optimista se ha convertido últimamente en una gesta comparable a las de los grandes caballeros de la Edad Media, porque es muy difícil de cumplir la regla básica para convertirse en uno de ellos: sacar lo positivo de todo. Esta semana nos hemos enterado de que el 1 de mayo lo puede celebrar todavía menos gente que hace unos meses. Más temas de conversación para la sobremesa: el desempleo aumenta a 5.639.500 personas. Es decir, que 1.728.400 familias tienen a todos sus miembros en paro. Aún recuerdo cuando los “casi cinco millones” dolían a los ojos, a la cabeza y al estómago. Y lo peor es que no parece que la cosa vaya a mejorar hasta dentro de bastante tiempo. Cuando pase esto, no voy a querer mirar. Pocas cosas como esta clase de crisis son capaces de hacer temblar el suelo bajo nuestros pies y obligarnos a plantearnos el porqué de todo.

De momento, nos conformamos con cruzar los dedos y sobrevivir un día más sin que la onda expansiva de la crisis nos llegue a nosotros en forma de verdaderos problemas. En definitiva, que cuando pulsemos el interruptor, se encienda la luz. Feliz día del Trabajo.

 

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El periódico, una especie en extinción

Primera y última edición de La Voz de Asturias. Fuente: http://www.lavozdeasturias.es

Basta, se acabó poner la excusa del cambio estructural en el Periodismo. Uno se levanta por las mañanas, enciende el ordenador con miedo y aparece la noticia de otro periódico al que la corriente de la crisis se ha llevado por delante. En esta ocasión ha sido La Voz de Asturias. El balance de periódicos desaparecidos ha pasado a medirse como en aquellas viejas películas, en las que el jefe de la milicia local anotaba cada día en una pizarra el número de soldados muertos en la guerra. Un periódico que se pierde no es una anécdota más que anotar en Wikipedia, porque cada cierre de un medio de comunicación es un paso atrás en la libertad de expresión. Una servidora está empezando a hartarse de mentar la palabra crisis en cada conversación, pero es que estamos perdiendo la batalla. Se nos están muriendo un medio tras otro en una guerra que nunca hemos alcanzado a comprender, pero que está tan avanzada que hemos perdido la noción de quién es el enemigo, como en las guerras más duras. Y no estamos sobrados de calidad periodística en este país como para que vayan desapareciendo periódicos.

El Consejo de Gobierno de ayer nos ha regalado temas de conversación para toda la semana. Entre ellos, el enorme paso atrás que acabamos de dar con RTVE. Así, gratuitamente (aunque siempre hay quien lo celebra). Las semanas surrealistas se están haciendo irritablemente habituales y estamos perdiendo el Norte, el Sur, el Este y el Oeste. No es precisamente el Siglo de Oro del Periodismo español.

 
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Publicado por en 21 de abril de 2012 en Platos preparados, Uncategorized

 

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