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Archivo de la categoría: El circo

El incidente de la patilla

Eran, aproximadamente, las cuatro de la mañana. Los pies ya no estaban para mucho trote en los últimos metros que me separaban de casa, así que cuando llegué y me lancé a la cama, los tacones se habían convertido en mi peor enemigo. Posé la cabeza sobre la almohada y cerré los ojos por un segundo. La música aún resonaba en mi cabeza como un reloj biológico programado siempre en la madrugada de una discoteca. Habían pasado cinco minutos cuando la llegada de un WhatsApp me despertó. Miré la hora y suspiré tranquila, pues, de no haberme despertado, las lentillas habrían decidido fusionarse con mis pupilas. Del sueño que tenía ni siquiera les cambié el agua y ahí quedaron, suspendidas en las lágrimas ácidas de la noche anterior, sin oportunidad de ser renovadas hasta la mañana siguiente. Cogí las gafas para echar un vistazo al móvil y me las coloqué mecánicamente, dejando en manos del cansancio la torpeza de tenerlas puestas tres minutos antes de darme cuenta de que les faltaba una patilla. Las miré con incredulidad. Mis ojos vagos contemplaban el cristal que los vuelve fuertes arrastrados por la frustración que les transmitía mi cerebro. Las gafas habían sido depositadas por mí misma en el estuche tan solo unas horas antes, y nadie las había tocado desde entonces. ¿Quién había, pues, desenroscado el tornillo que articulaba la patilla con el resto del conjunto? Quizás las mismas gafas habrían tomado represalias contra mi manía de abandonarlas por unas lentillas cada noche. O tal vez habrían sido aquellos duendes que hacían mi cama cuando me marchaba pronto a trabajar y limpiaban los platos que dejaba sucios de un día para otro. En la casa no vivía nadie más que yo, así que la indiferencia que solía provocar en mí la existencia de esos duendes se tornó súbitamente en pánico. Mi cabeza descansó de nuevo sobre la almohada, pero fue imposible recuperar el sueño. Pasé horas en vela, abrumada por la sospecha de que algo fuera de mi alcance podría estar durmiendo debajo de mi colchón. Cuando entró la primera línea de sol a través de la persiana cerrada de forma incompleta decidí poner fin al asunto. Bajé de la cama y me dispuse a buscar debajo de ella la magia que trabajaba cuando estaba fuera de casa, no sin antes tomar en la mano una raqueta, por lo que pudiera pasar. Recogí la caída del edredón con una mano e iluminé con la pantalla del móvil la escena del crimen que estaba a punto de producirse. Me asomé y la imagen me dejó petrificada. Un ratoncito permanecía pegado a la esquina de la pared. Estaba temblando. A su lado yacía una tuerca diminuta y un destornillador del tamaño de una lenteja. Miré a los ojos al pobre animal y solté la raqueta. No podía creer lo que estaba viendo, pues el animal que frente a mí temblaba era, nada más y nada menos, que el Ratoncito Pérez.

 
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Publicado por en 5 de agosto de 2013 en El circo, Elefantes

 

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A veces sueño que soy calcetín

Di la verdad: llevas tiempo sin romper muñecos

Los calcetines son los peones de la lavadora, los rivales más débiles, los primeros soldados a los que los ejércitos envían a las trincheras, donde saben con toda seguridad que serán fusilados o capturados. Son como pequeños esclavos incapaces de rebelarse ante la autoridad de los pantalones vaqueros y las camisetas negras, que son los que deciden si la lavadora será de color o de blanco. Ahogados por un alto porcentaje de resignación, cruzan sus pequeños hilos salientes para que el programa elegido sea de agua caliente, pero casi nunca tienen suerte. Durante toda su vida han sido los grandes escondidos, los que nunca salen a la luz. En invierno los forzamos a mantener nuestros pies calientes, siempre por debajo de los autoritarios zapatos, y en verano incluso nos atrevemos a obviar su presencia y condenarlos al armario durante tres meses seguidos. Los calcetines, los pobres, se pasan todo el programa envidiando a las demás prendas, como a ese par de pantalones de pijama que se abrazan apasionadamente durante el centrifugado y se niegan a separarse para ser tendidos al aire. Los calcetines no saben lo que es el amor.

 
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Publicado por en 27 de abril de 2012 en El circo, El viaje del elefante, Elefantes

 

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Las hadas

Shalakabula chachicomula di bi di da bi du bu.

Las hadas modernas no visten de rosa. No portan alas de purpurina ni caminan a unos centímetros del suelo. No tienen una varita mágica, sino que sus instrumentos son tijeras, peine y secador. Parecen personas corrientes, pero tienen el poder de nuestra felicidad corriendo por sus venas azules de personajes de cuento. Nos acercamos a su extraño universo dos veces al año y, aunque somos conscientes de las cosas que allí ocurren, nunca nos planteamos no acudir a su llamada.

Cuando nos adentramos en su mundo, somos despojados de nuestras pertenencias, que van a parar a un armario en el que descansan los abrigos y las chaquetas de otros inconscientes que, como nosotros, se sienten presos de esa necesidad de acudir a las hadas de vez en cuando para mejorar algo de ellos mismos que no termina de satisfacerles. Después, nos acompañan y nos dan conversación en un intento de demostrar su humanidad. Colocan nuestros cuellos en esos inventos tan curiosos que reciben un nombre que siempre ha llamado mi atención: lavacabezas. Simple y llanamente, lavacabezas. No se puede decir más con menos letras. Bueno sí, con la palabra ‘miedo’, que tiene mucho que ver con el trabajo que desarrollan las hadas. En esa bañera de cabellos reposamos el cuello e iniciamos una sucesión de mentiras que deteminarán nuestro futuro. Ella dice: ¿Está bien así?. Y tú, indescriptiblemente acongojado por la posibilidad de que el hada utilice el lavacabezas para lavarte el cerebro, respondes: Sí, está bien. Mentira. Tu cuello ha adquirido una posición propia de un contorsionista y tus cervicales demandan clemencia, pero te acobarda el miedo y no eres capaz de expresar tus sentimientos en voz alta.

Tras el lavado de cabeza, que no de cerebro, te acompañan a la silla. Esa silla. Esa butaca que ha sido testigo de gritos, lloros y pocas caras de satisfacción. Esa silla más elevada de lo habitual, colocada en un suelo sembrado de cabello humano, condenado a ser barrido y depositado sin cuidado en la negra bolsa del olvido. Te sientas y colocas tus gafas en una pequeña mesa frente al espejo, en la que esperan ansiosas las herramientas de las hadas. Son peines con formas que jamás conociste en el mundo terrenal de los supermercados, planchas con más opciones que las duchas hidromasaje y una revista Cuore, en la que el tema del día es la aparición de celulitis en los traseros más famosos del panorama rosa nacional. El hada te pregunta cómo de larga quieres la melena y tú dudas entre si decirle de más, por si corta mucho, o decirle de menos, por si no corta nada. Nunca se sabe cómo va a reaccionar un hada, son muy imprevisibles. Tras las negociaciones, entra en juego el arma más peligrosa que conocen tus inocentes ojos de ser humano: esas pequeñas tijeras, que parecen inofensivas a primera vista, pero que guardan en su expediente numerosos crímenes capilares de personas que jamás volvieron a pisar aquel universo. El espejo que tienes enfrente te permite ser testigo del ras-ras que definirá tu imagen durante los próximos meses. El hada, a quien hasta ahora considerabas una persona de confianza tras haberle contado que tu prima la del pueblo vuelve a casa por Navidad y que a ti no te hace ninguna gracia, maneja ese instrumento como quien maneja un bolígrafo, con una maestría y unos movimientos de muñeca que bien podrían ser considerados arte. A través de ese espejo ves como tu pelo va desapareciendo. No quieres mirar al suelo, pero sabes que ahí reposan miembros imprescindibles de tu cabello, cuyas puntas has maltratado y has hecho abrirse a base de abusar de las planchas y del champú.

Tras el recorte, que te deja más traumatizado que una bajada de sueldo en plena crisis, te miras al espejo y se inundan tus pupilas. Recorres tu memoria en busca de aquel momento en que decidiste pedir cita en la peluquería. Te gustaría volver atrás, pero es demasiado tarde. El hada ha actuado. Y tú no puedes hacer nada porque, si lo piensas bien, fue decisión tuya enfrentarte al poder de las hadas, que, aunque no lo parezca, suelen seguir al pie de la letra tus mandatos. De nuevo, ella te pregunta: ¿Está bien así?. Y, de nuevo, tú le mientes: Sí, está bien. Es culpa de esas mentiras que te vas a casa intentando evitar encontrarte a alguien conocido que te diga Anda, te has cortado el pelo. Como si no fuera evidente. No las culpemos a ellas. Culpémonos a nosotros mismos, por seguir siendo tan dependientes del poder que ejercen sobre nuestras cabezas. Esa peluquería Conchi, ese salón de belleza Pepi, ese centro de estética Mari Luz… no tienen la culpa. Nos esforzamos mucho en criticar los resultados de su trabajo, pero lo cierto es que no podemos vivir sin ellas. Las hadas fabrican la imagen que nos gusta dar de nosotros mismos. Tienen ese poder.

 
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Publicado por en 30 de diciembre de 2011 en El circo, Elefantes

 

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Los duendes

De súbito recordé el día en que descubrimos a los duendes. Cada noche, sin más motivo que intentar hacer nuestra vida más fácil, unos hombrecillos vestidos de verde se dedican a decorar nuestras calles. Lo hacen en un silencio casi completo, sin que nadie se entere. Por las mañanas echan a suertes el nombre del barrio que van a mejorar y preparan sus aparejos durante todo el día. Su sencilla historia podría resumirse en que algún día de su vida estos duendecillos escogieron dedicarse al inapreciado, aunque imprescindible arte de pintar las calles. Se visualizaron en un futuro invisibles, casi inexistentes. Sus familias sabían que nunca nadie se pararía a mirarlos y que sus maravillas pictóricas serían, literalmente, pisoteadas por los viandantes. Pero no les importó.

Aquella fue la primera vez que me quedé observando cómo realizan su labor. No recuerdo qué año era, ni si hacía frío o calor, pero ahí estábamos. De pie, frente al número 17 que me vio crecer, traspasando por momentos la frontera entre mi casa y la de otros, que tantas veces he cruzado y que ahora echo de menos. Vencíamos el límite que separa el ser conocidos del ser amigos. Cada día piso esas líneas blancas del suelo, injustamente relacionadas con las cebras, que, en realidad, son blancas con líneas negras. Todos los días las piso, indiferente ante el esfuerzo y el tiempo que cuestan. Y cuando miro los asfaltos de Madrid, cuyas líneas blancas están a medio hacer, pienso en los duendes vestidos de verde fluorescente y en su silenciosa capacidad de hacernos felices al crear un espacio que nos protege de los reyes de la carretera. Ellos fabrican el suelo sobre el que dejamos nuestras huellas.

 
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Publicado por en 14 de diciembre de 2011 en El circo, Elefantes

 

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