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Archivo de la categoría: Cacahuetes

Placeres literarios II

Placer literario descubierto hace unos años en Versátil.es.

LA CAJERA MURIEL – María Eloy-García

estoy pensando en la cajera sedente
ella es lo verdadero de la sincronía del mundo
con su rayo láser ávido de códigos
me murmura complacida las ofertas
y cómo suma los dígitos arrastrando
entre lo dócil y el hastío
el tesoro precioso de mi dulce integral
a través de la máquina que le computa
el precio exacto de toda mi tarde
dice tres
y nunca nunca fue este número más mágico
la cajera extraordinaria teclea el sumatorio
de la monotonía y dice tres
y mira entonces justo antes de que se produzca
el cotidiano milagro de que mi dulce integral
sea mío para siempre
de repente ella mira otra tarde
sale de lo mío a lo del otro
le susurra las mismas ofertas
le marca el tetrabrik con el ojo de su láser
abriendo en fin el cajón místico del hiper
con un movimiento suyo de mercado
los billetes ordenados repiten la cara de ella sin gestos
y me voy por esas puertas 
que se abren sólo con el aura
dejándola mientras su láser que suena
va marcando otra tarde

 
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Publicado por en 11 de diciembre de 2011 en Cacahuetes

 

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Con la que está cayendo

Elvira Lindo

El País, 27 de noviembre de 2011

La alegría va a acabar siendo un sentimiento subversivo. La crisis del 29 despertó las conciencias sociales pero también inspiró un arte cinematográfico, teatral, musical que trataba de iluminar unas vidas que de haberse limitado sólo a la realidad no hubieran pasado del gris. Al poeta sueco Tomas Tranströmer, premio Nobel de Literatura de 2011, sus compatriotas practicantes de la poesía comprometida, tendencia dominante en los setenta en su país, le acusaban de crear versos escapistas, ya se sabe, paisajes invernales, misterios de la vida cotidiana, recovecos de su mundo interior, de los sueños o la música. Antes de continuar, juro ante Dios y ante mis lectores que no tengo nada en contra de la poesía o de la novela social, tampoco de los cantautores, del teatro y del cine comprometidos o de las performances de Marina Abramovich que denuncian la soledad del ser humano, la incomunicación, la alienación del individuo, el sexismo, el racismo, vamos, que no se dejan un atisbo de injusticia sin denunciar. Pero estoy radicalmente en contra de esa tendencia asfixiante a practicar un compromiso malhumorado que niega la alegría. La alegría se está convirtiendo en algo subversivo. Y a eso estamos contribuyendo aquellos que mostramos nuestro trabajo públicamente, porque, temerosos de que si confesamos cierto entusiasmo de vivir se nos tache de poco solidarios con la situación que, desde luego, estamos viviendo, nos entregamos a una seriedad continua, un poco impostada, y escribimos y hablamos, hablamos y escribimos sin respiro alguno sobre el nubarrón que ha ensombrecido nuestras vidas y que no hay viento que se lo lleve. El otro día, leo a un escritor que cuenta la manera en que se está produciendo la transición del otoño al invierno, al caer las hojas desaparecen los colores, decía, y del color se pasa al blanco y negro, del óleo al dibujo a carboncillo. En fin, algo que, en principio, no debiera molestar a nadie. Pues bien, más de un lector entró a considerar si era lógico hablar de colores y árboles desnudos con la que está cayendo. ¡Con la que está cayendo!, la frase de la década. Inevitablemente, el severo juicio de unos pocos que pueden tachar de frívolo o insensible al cronista que un día se permite un descanso y decide no hablar del sistema financiero hace mella en cualquier alma bienintencionada; el resultado es que en los medios de comunicación estamos dejando de frecuentar el término medio: vamos de la columna catastrofista (lo cual es fácil con la que está cayendo) a la crónica petarda y malévola. La consecuencia es que ese territorio del disfrute legítimo de la vida se nos está quedando hecho un erial. Y hay una ligera falsedad en ese proclamar a los cuatro vientos una preocupación constante por los males del mundo. De algo así escribía el otro día Javier Marías en su columna. Si tenemos sensibilidad todo nos concierne, está claro, pero no creo que ni el intelectual más comprometido se sienta concernido las veinticuatro horas del día. Si así fuera, su problema sería la consecuencia, sin duda, de un desequilibrio químico, y con prozac o similares aliviaría su propensión al derrotismo. A no ser que seas “rico por tu casa” es imposible ahora mismo ser español y no tener algún hermano en paro, unos hijos mileuristas o aspirantes a mileuristas, una madre anciana a la que hay que completar la pensión y a la que no acaba de llegarle la ayuda de la famosa ley de dependencia, un amigo angustiado por la inseguridad de colaboraciones precarias o algún familiar que harto de buscar dentro decide largarse, volver a hacer las Américas, por ejemplo. Pero no significa que la vida no presente momentos que celebrar. Hay cierta incongruencia entre nuestra actitud de catastrofismo perenne y la capacidad que uno observa en la calle de disfrute de la gente. Es como cuando un fotógrafo va a África y sólo muestra la imagen de las moscas revoloteando los lacrimales del niño. A pesar del nubarrón, no es tristeza sin esperanza lo que veo a mi alrededor, ni en Madrid, ni en el sur de España, ni en este Nueva York en el que el jueves se comieron algunos de los cuarenta y cinco millones de pavos sacrificados para celebrar el día de Acción de Gracias. Nuestro imbatible antiamericanismo nos lleva a considerar que expresar gratitud entorno a una mesa es algo peliculero. Sin embargo, esta fiesta no religiosa pero sí espiritual tiene algo reconfortante. Todos aquellos españoles que pasaron por aquí y se acostumbraron a celebrarla continúan la tradición cuando abandonan el país. Dar gracias. Esta misma semana el suplemento de ciencia de The New York Times hablaba de cómo sentir gratitud ensancha el ánimo, o el alma, como antes se decía. Sentirse agradecido, aclaraban, que no es lo mismo que sentirse en deuda. Y puede ser entorno a un pavo o a cualquiera de esas cenas esmeradas que prepararemos en las casas cuando el año se cierre, a pesar del nubarrón o de que alguna desgracia nos haya caído este año sobre los hombros. Y dado que la alegría se está convirtiendo en algo subversivo me comprometo a practicarla y difundirla, a riesgo de ser considerada superficial por aquellos que han adoptado la frasecilla “con la que está cayendo” para amargarle la vida al prójimo.

 
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Publicado por en 27 de noviembre de 2011 en Cacahuetes

 

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Ironías

 

Juan José Millás

El País, 11 de noviembre de 2011

Entre parado y preparado no hay más que un prefijo, distancia que, si nunca fue excesiva, con la crisis se ha reducido hasta extremos insoportables. De hecho, ahora todos los trabajadores somos, en potencia, preparados. La recomendación tradicional de los padres (“hijo, debes formarte para estar preparado”) ha devenido en una ironía sangrienta, igual que la expresión “jamás hemos tenido una juventud tan preparada”. En efecto, nunca hemos tenido una juventud tan cerca de quedarse en el paro; la mitad de los que acaben sus estudios este año se encuentran ya en situación de preparados. El significado se desliza por debajo de las palabras con el sigilo de una sombra asesina. Estar preparado, que en otro tiempo quiso decir haber estudiado dos carreras y cuatro idiomas, significa hoy encontrarse en la situación previa al desempleo, en el umbral del paro, en la frontera de la desesperación laboral. Ahora que habíamos logrado vivir como si no fuéramos a morir nunca, vamos a la oficina con la certidumbre de que nuestro empleo es la antesala del desempleo. Por eso hay también más trabajadores prejubilados que jubilados y contribuyentes más preocupados que ocupados. Hubo un tiempo, ¿recuerdan?, en el que el prefijo de moda fue pos: nos encontrábamos de súbito en la posmodernidad, en la poshistoria, en la era posindustrial o posanalógica. Parece mentira que un cambio de prefijo implique un cambio tan grande de cultura. Ahora todo es más premeditado que meditado, hay también más prejuicios que juicios y presentimos las cosas antes de sentirlas. Perdido su prestigio el pos, nos hemos dado de bruces con el pre. Pero no imaginábamos, la verdad, un pre tan duro, un pre de premonición, sobre todo sabiendo como sabemos desde el principio de los tiempos que no hay presentimientos buenos, pues no existen los profetas de la dicha.

 
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Publicado por en 11 de noviembre de 2011 en Cacahuetes

 

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Placeres literarios

LA LEVEDAD DEL PÁJARO – Laura Casielles

Aprender la levedad del pájaro.
Sacar los pies del nido y encontrar
que fuera el mundo es limpio
y el cielo es amplio
y no nos queda nada
por lo que valga la pena no amar.

Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir cómo pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a tierra.
Desafiar
la gravedad
como el que desafía
una norma, aprender
la levedad del pájaro.
Olvidar que las cosas pesan
y echarlas al aire,
quedarse quieto y ver
cómo
les nacen
alas.
Lo más parecido a volar
que puedo hacer,
yo que tengo
los pies
de plomo.

Aprender
la levedad
del pájaro.

 
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Publicado por en 6 de noviembre de 2011 en Cacahuetes

 

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No me quieras tanto

Elvira Lindo

El País, 02 de octubre de 2011

De un tiempo a esta parte quedo con personas que, en realidad, no tienen un gran interés en charlar conmigo. Esto podría minar mi autoestima pero una suerte de optimismo insensato me lleva a pensar que amar y no hacer ni puto caso pueden ser compatibles. Yo sé que esas personas que no muestran mucho interés en hablar conmigo me quieren. Si no fuera así, entendámonos, no quedaría con ellas. Esas personas me escriben mensajes rebosantes de cariño: por e-mail, por sms, por Whatsapp, por Facebook, por activa y por pasiva. Y en esos mensajes hay frases tan apasionadas que parecen extraídas de un bolero. Son frases que antes en España no se decían pero que, ahora, gracias a la revitalización del género epistolar propiciado por las nuevas tecnologías, están en auge. Esas personas me dicen que me adoran. Que me adoran y que cuentan los días para verme. Que cuentan los días y que me quieren. Que me quieren y que nos va a faltar tiempo en una cena para contarme todo lo que me tienen que contar. Que nos va a faltar tiempo y que están deseando conocer mi opinión. Que desean conocer mi opinión y que nadie como yo para compartir este y otro secreto. ¿Y por qué? Porque soy adorable. Eso me dicen. El mundo de la tecnología ha bolerizado el género epistolar. Ha generalizado el lenguaje de las postales románticas y ahora lo que toca es escribirse con palabras de novios antiguos de los años cuarenta. Y, aunque yo soy de esa generación en la que si tus padres te decían “te quiero” es porque o se iban a morir ellos o te ibas a morir tú, tengo el corazón débil y, cuando una persona me pide una cita con palabras tan melosas, soy incapaz de no creerme un poco la pasión que sienten hacia mí. Esas personas son las que te reciben con los brazos abiertos en un restaurante, te dan un beso apretado y unen sus pechos sin pudor contra tus pechos, por no hablar de otras partes que también entran en contacto, en estos abrazos actuales; sean hombres o mujeres los que intervengan en ellos. Esas personas son las que acto seguido de desdoblar la servilleta y ponerla sobre sus piernas, sacan el móvil del bolso o de la chaqueta y lo colocan al lado del plato. Esas personas de las que hablo, las mismas que me adoran por escrito, suelen tener un iPhone o una Blackberry, a través de los cuales me escriben a mí esos deliciosos mensajes. El problema es que mientras están conmigo no renuncian a comunicarse con terceras personas. Con un ojo me miran a mí, que estoy situada a la izquierda, por ejemplo, y por el rabillo del otro, miran a su querido aparatito. Suena una campanilla. Les ha entrado un mensaje. Lo leen tan rápido que casi no lo noto. Entonces, sonríen. Sonríen como si alguien les hubiera contado un secreto, o algo picante, o como si les acabara de llegar una información crucial. Pero, desde luego, no sonríen por la conversación que tiene lugar en la mesa. Esas personas, las mismas que, con desesperación, anhelaban verte, te dicen, perdona, perdona un momentito, y se ponen a teclear un mensajito con un solo dedo. Qué dedo más rápido tienen esas personas. Es un dedo entrenado para escribir como si a uno le hubieran amputado la mano izquierda. Una vez terminado el mensaje la conversación continúa. Continúa hasta que vuelve a sonar de nuevo la campanilla: el amante, el amigo, el jefe, el cómplice, el plasta, ha contestado. Nueva sonrisa de esas personas que nos quieren tanto. Y como poco a poco van perdiendo la vergüenza, toman el iPhone o la Blackberry con las dos manos y teclean entonces con los dos pulgares. Qué maravilla de pulgares. Parece que han ido a una academia de mecanografía con pulgares para iPhones. Viene el camarero a tomar nota de la comanda y como las personas que tanto me quieren están ya apoyadas en el plato escribiendo a velocidad de vértigo mensajes tan apasionados, imagino, como los que me pusieron a mí, soy yo la que encarga el vino, el picoteo del principio y, si se me ha informado antes, el plato elegido por las personas que tanto deseaban este encuentro. No siempre una se siente ignorada, en lo absoluto. Hay ocasiones en las que los dueños de la Blackberry o el iPhone te hacen partícipe de los mensajes recibidos, y tú puedes aportar algo en las contestaciones. A veces se trata de los amantes y entonces ya vives con excitación delegada. Ha habido ocasiones en las que las personas que me quieren se intercambian fotos con dichos amantes. No fotos a lo Scarlett Johansson, porque no son horas. Imagino que ese tipo de instantáneas de corte más íntimo las dejan para cuando están encerrados en el cuarto de baño de su hogar, mientras sus maridos o sus mujeres están acostando a los niños. El móvil ha supuesto una revolución en el universo de la infidelidad. Quiero decir con esto que no soy uno de esos espíritus rancios que discuten las ventajas que para muchos ciudadan@s ha supuesto la irrupción de la nueva telefonía. Solamente quisiera expresar el desconcierto que me produce el que personas que tanto me adoran y desean compartir una hora y media de mesa y mantel conmigo no sean capaces de olvidarse del puto móvil durante un tiempo ridículo de sus hiperconectadas vidas. Que lo comprendo todo, sí, ¡que yo también tengo iPhone!, pero que lo dejo metido en el bolso. Joé.

 
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Publicado por en 2 de noviembre de 2011 en Cacahuetes

 

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