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El farol

21 Ene

La muerte a veces es silencio y, a veces, estruendo. El silencio que dejan sus libros cerrados, sus gafas guardadas y su cama vacía. El estruendo que produce la tierra lanzada con fuerza sobre su ataúd. A veces es luz y, a veces, oscuridad. Unas veces, venganza, y otras, descanso. Pero siempre es brusca, aunque se espere.

Cada muerte en el pueblo es una gota que colma el vaso del desaliento, una prueba más de que la vida es una cuenta atrás. Y nunca deja indiferente a sus habitantes, que acuden a cada despedida cargando con sus achaques y sus bastones, limpiando con un pañuelo de tela sus ojos llorosos. La impresión que deja sentir su cuerpo inerte a unos metros pone de manifiesto que la muerte, sin duda, es ley de vida.

Una reunión familiar, unas risas y unos recuerdos en torno a una caja de cartón. Fotografías de hace medio siglo. Ese libro de familia descompuesto. Y un puñado de vidas que hoy se resisten a que el último adiós sea el definitivo. Es imposible poner palabras a la despedida…

… pero lo cierto es que ya no luce el farol de la calle de la Iglesia.

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