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Archivos Mensuales: noviembre 2012

Pequeños héroes

Leer en la cama, bajo la sábana, a la luz de una linterna.

La bocina del camión sonaba a las tantas de la madrugada en pleno Carabanchel (Alto). Manolito y su hermano, el Imbécil, sabían que eso significaba dos cosas: la primera, que papá había vuelto a casa, y la segunda, que podrían acabar comiendo huevos fritos como lo haría él. Al día siguiente, si había pasado un espacio de tiempo considerable desde su última visita, Manolo (padre) los medía para comprobar cuánto habían crecido. Si ahora volviese a hacerlo, Manolito mediría, aproximadamente, 150 centímetros.

Entrevista a Elvira Lindo en ABC 

Hay una cosa (de tantas) que siempre he envidiado de la generación anterior a la mía. Pertenezco a ese grupo al que se le escapó de los dedos, por poco, la televisión de los payasos. Cuando llegamos al mundo ya había varios canales, así que repartíamos nuestras meriendas de pan con chocolate entre Pipi Calzaslargas, Heidi y otros buenos muchachos de la época. Cada vez que veía en la televisión lo mucho que quería Miliki a sus niños de 30 años, confieso que me entraba una envidia bastante insana, pues yo quería haber sido uno de ellos. Sentía que faltaba alguien que pusiera sus ojos en los que fuimos niños en los 90, hasta que un día, hace algunas semanas, me sorprendió un regalo hecho a toda mi generación. Mejor Manolo, se llamaba. Nuestro Manolito estaba de vuelta.

El mundo mundial. Así de extensa es la realidad del mejor héroe de la infancia de esa colección de pequeños que no nos conformábamos con Superman o Batman, que queríamos un héroe real, de los que no aparecen en las cajas de cereales. Esos niños cuyos cómics estaban firmados siempre por Francisco Ibáñez, pues disfrutábamos más con la cercanía de Mortadelo y Filemón que con los poderes asombrosos (para algunos) de los archifamosos superhéroes. Llegó Elvira Lindo y, como quien no quiere la cosa, se instaló en nuestras estanterías con un personaje más que entrañable, a quien durante diez años hemos echado de menos más de la cuenta.

Por fin se produjo el reencuentro con ese viejo amigo que nos enseñó a mirar la vida con otros ojos, detrás de unas gafas, como las que muchos teníamos. Y es que ya echábamos de menos el barrio de Carabanchel (Alto), el primer lugar en el que aprendimos que la vida no era solo pan con chocolate, sino que existían familias atrapadas entre las letras de un camión, antes de aprender a golpe de telediario lo que significaba la palabra crisis. Era (y es) difícil encontrar personajes como Manolito, mejor Manolo, que sean capaces de arrastrar a la lectura a miles de niños que, ahora jóvenes adultos, disfrutamos de sus últimas historias, las de una familia cualquiera, los García Moreno. Gracias a esa familia, cuyas desventuras creaban adicción (nuestros padres llegaban, incluso, a castigarnos sin leer para obligarnos a ir a dormir), la niña que apagó su vela de primer cumpleaños con el dedo y que hoy se empeña en ser periodista aprendió a leer, a escribir y a reír.

Desengañémonos. Hay demasiados héroes por aquí. Muchos, sacados de los libros, y otros tantos, creados a partir de las grandes gestas del siglo XXI, que, lejos de tener que ver con salidas a la crisis, se concretan en hazañas futbolísticas. No puedo decir que mis héroes lleven capa. Los personajes que se ganaron mi corazón de niña, a los que admiraba y perseguía por todas las librerías tienen nombre de gente corriente: Manolito, Mortadelo, Filemón… Y otros, que no tuvieron la suerte de ser eternos como personajes de libros, pero a los que también perseguía: Antonio Mingote, Miguel Gila… y ahora Emilio Aragón. Nombres comunes de quienes poco tenían de corriente. A estas personas las echaremos de menos todos los días, porque la gente que hace reír es la más necesaria, no solo en tiempos de crisis, y ellos nos enseñaron a hacer lo más importante del mundo, a reír. Así es como empiezan todas las vidas.

 
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Publicado por en 29 de noviembre de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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A cada figurita, su lugar

De aquí.

Nos queda mucho más que hacer que ver en la televisión cómo el mundo se apaga.

Ha hablado el Papa y nos hemos quedado estupefactos. Que la mula y el buey, dice, no estaban en el portal de Belén. El asunto ha dejado indiferente a unos cuantos, la verdad, como a los belenistas de este gran país, que han mostrado poca preocupación. Están seguros de que ni las palabras del Papa van a quitarles la tradición o el trabajo. Pero las señoras, grandes sabias, andan indignadas: “Eso lo dice él –reprochan en el telediario-. A ver, ¿dónde pone eso?”. Pues en la Biblia, hombre, en la Biblia.

Mientras tanto, las circunstancias del día a día siguen sin dar mucho de sí, o sin dar nada bueno, mejor dicho: de noticias negativas está el telediario lleno. En los últimos días se nos ha arrebatado otro derecho más, con la excusa de la tormenta. En este caso, relativo a la Justicia. El BOE publicó el miércoles pasado la nueva Ley de tasas judiciales, en virtud de la cual será necesario pagar entre 100 y 1.200 euros cada vez que se quiera (se necesite, más bien) acudir a la Justicia. No habíamos terminado de preocuparnos por si nuestros (espero, futuros) hijos iban a tener capacidad económica para operarse de una simple apendicitis, cuando se nos echa encima que igual no podrán ni intentar hacer justicia si el médico se deja el bisturí dentro. Estamos convirtiendo a nuestro país en un lugar donde, a cada momento, las cosas son más difíciles. Preocupados por la mula y el buey, resulta que el mensaje del portal de Belén se nos está quedando por el camino.

Hace más de dos mil años (lo mismo da dos mil que dos mil dieciocho) apareció, precisamente donde ahora tiene lugar una guerra, un matrimonio a punto de tener un hijo. Ella era muy joven. Él, artesano. Y, aunque no les había atrapado ninguna burbuja inmobiliaria ni se habían pillado los dedos con una preferente en Bankia, tampoco andaban muy sobrados de dinero. El niño estaba a punto de llegar y los padres primerizos, tras ser golpeados por varias puertas, lo trajeron al mundo en el primer sitio que encontraron. No era bonito, ni luminoso, ni valía tanto como un ático en Gran Vía, pero fue su primer hogar.

Un hogar es, para quien ande perdido, lo que Pedro Simón describe en Suicidios no, homicidios, como las zapatillas de felpa. El buenas noches y el hasta mañana. Los pies estirados sobre la mesa. La manta en el sillón y el mando a distancia. El pasillo que conoces con los ojos vendados y esa única oscuridad que no nos da miedo. La cama en la que murió mamá. Y todas las fiestas de cumpleaños de los niños, con las fotos tomadas en la misma mesa […]. Las muescas que se hacían en el marco de la puerta para que ver quién era más alto. Y las narices pegadas a la ventana nocturna, roturando el vaho, a ver si pillábamos a los Reyes. Era la foto de la boda en blanco y negro. Ese amanecer con el paisaje de siempre que tanto tranquiliza […]. El “este es mi sitio” del sofá y toda la juventud que guardas en cajas en el trastero. El hueco del álbum y las habitaciones que se fueron vaciando. La vajilla que ya nunca se estrenará.

Hace dos mil años, o los que sea, la justicia era para quien podía pagársela. Hace dos mil años, o los que sea, las personas sin recursos económicos eran echados de sus casas por no pagar. Hace dos mil años, o los que sea, el dinero se quedaba en las altas esferas y era casi imposible cambiar la posición social. Qué diferentes son las cosas ahora, ¿eh? Lo relevante del portal tiene poco que ver con si estaban allí una mula o un buey abrigando a una familia sin recursos, rechazada en una noche más fría, seguro, que las de Valladolid, donde ya se han instalado los días de fumar sin cigarrillo. No nos quedemos en lo superficial de un animal o dos, que eso no es importante. Lo es el mensaje que está detrás, que suele pasar desapercibido y del que no hemos aprendido ni en dos mil años, o los que sea. Pongamos el belén completo y, si hay que retirar a alguien, que no sea a quien da calor humano, sino a quien intenta arrebatarlo.

Aviso a navegantes: para quien no esté muy puesto en esto de la tormenta, aquí hay un artículo que explica muy bien qué es un rayo y qué un trueno. Yo era un tonto de alquiler y tú un listo con hipoteca, de Isaac Rosa.

 
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Publicado por en 23 de noviembre de 2012 en Platos preparados

 

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