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Días de color elefante

23 Oct

No existen cuestas abajo, solamente cuestas

La señal más clara de que ha llegado el otoño son los pies fríos. Podemos elaborar mil teorías y engañarnos cuanto queramos, pero lo cierto es que son nuestros pies los que soportan la delgada línea entre un buen día o uno malo. Son ellos los encargados de decidir si una noche es larga o corta, si existirá ese día un momento que cambie nuestras vidas o si, simplemente, nos iremos a dormir sin nada nuevo en el horizonte. Este año, de la noche a la mañana hemos viajado a la siguiente estación y ni siquiera hemos tenido tiempo de cambiar la ropa del armario, ni siquiera se nos ha regalado un octulio como transición hacia los días grises. Pero nuestros pies se han dado cuenta. ¿Quién le ha dado permiso al frío para tomar la ciudad?

Estamos impactados por el cambio. Lo hemos aprendido en los telediarios, según los cuales lo que no nos deja dormir bien es el frío y no que, en lo que va de año, casi 55.000 españoles se han marchado al extranjero a buscarse las lentejas o, más bien, los currywurst. Sin embargo, la diferencia dejó de ser brusca el día en que los matices desaparecieron por falta de trabajo. Empezaron a aburrirse cuando, hace unos años, se instaló una tormenta encima de nuestras cabezas y todos los días empezaron a tener algo de gris. O, más bien, de rojo, ya sabe, de esos en los que de repente se tiene miedo y no se sabe por qué. Hemos tardado cuatro años en construirnos un paraguas y, ahora que tenemos solucionado lo de la lluvia, se nos echa encima el frío. Este invierno, como todos, el mercurio va a descender como nunca, y el sol no tiene ni previsto pasarse por aquí a tomarse un café. Ahora lo que nos queda es esa sensación de humedad que queda cuando pasa la lluvia. Nos ha costado adaptarnos al olor a tierra mojada -porque ir de menos a más es fácil, pero al revés se hace cuesta arriba-, y tenemos tan interiorizado que vamos a pagar los intereses de la crisis que ya no recordamos cómo era la vida antes. ¿Cómo era eso de pensar en objetivos de aquí a un año, cómo nos sentíamos cuando el futuro estaba en nuestros planes? ¿Cómo eran aquellos tiempos en los que la lluvia era solo aquello que hacía más bonitos los días de sol? ¿Qué era eso de un día de sol?

Marzella, de Ernst Kirchner.

Hemos convertido en rutina el vivir a un mes vista, sin saber realmente cómo terminaremos cada semana ni las cosas que pasarán entre el lunes y el domingo. El primer día de la semana, suspiramos profundamente mientras el despertador sigue sonando, nuestros oídos se habitúan al hecho de que ya no es domingo y el frío invade toda la habitación, excepto el rinconcito que hemos creado entre el colchón y el edredón. Es el único momento en el que no hace frío ni el día es gris, pero rápidamente tomamos conciencia de que se avecinan otros siete días en los que lo sentiremos todo, llegaremos a la cima y volveremos a caer varias veces, soñaremos y lloraremos, tendremos miedo a leer el periódico y daremos gracias por la vida que tenemos. Condensadas en 168 horas estarán todas esas sensaciones, que antes de la tormenta nos llevaba una vida entera sentir. Estamos en una etapa en la que todo dura un segundo. Ni siquiera las ideas profundas nos sirven para reflexionar varios días, y lo habitual es que nuestra cabeza dé vueltas sin decidirse por un pensamiento concreto (¿hay futuro o no lo hay?), como en esos días de niebla en las autovías, cuando la radio del coche salta de una emisora a otra y confunde canciones de rock con anuncios de peleterías. Una visión desoladora para un amante de la vida reposada, como en España nos solía gustar ser. Quién sabe, quizás algún día seamos capaces de abolir la noción del tiempo y de hacer desaparecer los días grises del calendario.

La lluvia me trae recuerdos de la felicidad de los belgas. Aquí, los saludos, si existen, llevan a cuestas mucha más hostilidad. Estamos muy susceptibles, saltamos por todo y hay quien realmente está perdiendo la cabeza, no hace falta más que leer la sección de sucesos de los periódicos, que crece pese a perder estos cuerpo por la falta de ingresos. Solamente las grandes crisis son capaces de hacer temblar el suelo bajo nuestros pies y hacernos replantearnos el porqué de todo. Esta tormenta es tan grande que ha roto los paraguas de todos los sectores y tenemos crisis para rato en todas partes, en todas las instituciones y en todas las empresas, incluso en aquellas que creíamos intocables. ¿Qué es menos malo, la lluvia que nos hace tener siempre los pies mojados o ese frío que no se puede combatir ni con duchas calientes, ni con mantas de punto, ni con la calefacción a 30º? No son buenos los días de lluvia, porque es cuando más ambulancias se escuchan, pero estamos hablando de un frío que no se puede mitigar.

Volverán los calcetines a tomar nuestros pies. Volverá la escarcha a anidarse en nuestros tejados. Pasará el otoño y, una vez más, habremos ganado la batalla del tiempo. La lluvia cae fuerte en Madrid y lo único que se escucha es a Yann Tiersen.

Que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar

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