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Archivos Mensuales: septiembre 2012

No somos una generación perdida

Ser feliz es una forma de pasar por la vida

Esta fotografía es obra de Irene Muñoz, alias Neneando.

Con el paso de los años, la madurez nos obliga a tranquilizarnos y no saltar a la primera de cambio cuando algo nos enfurece. Sin embargo, pasa a veces, que algo nos molesta tanto, tantísimo, que progresivamente va creándonos una sensación primero de enfado y después de ira, que nos obliga, al final, a dejar que la rabia se encargue de elegir las palabras que salen de nuestros labios. Pues bien, ha llegado el momento en el que los elefantes explotan de rabia.

Un tweet fue el detonante de una idea que desde hace unos días no consigo sacarme de la cabeza. Los 140 caracteres hablaban, nuevamente, de la famosa “generación perdida”. De esa cantera del ’85 al ’90, más o menos, que no colaboramos en ninguna medida en la crisis, pero que la vamos a pagar, y con intereses, con nuestros futuro. Aún así, creo que cito un clamor muy extendido cuando afirmo que los niños de la Logse, los primeros hijos de Internet, los jóvenes de hoy en día, vaya, no somos una generación perdida. En ningún sentido. Puede que hayamos tenido las cosas más o menos fáciles, que nos espere un futuro mejor o peor, que nos merezcamos o no la jubilación cuando, con suerte, llevemos cuarenta años trabajando, pero ya se ha convertido en ofensivo que se nos meta a todos en el mismo saco y se nos tache, así como si nada, de “miembros de una generación perdida”. ¿Quiere decir esto que por culpa de la crisis y la consecuente falta de empleo nuestras vidas están perdidas o no valen nada?

Es necesario ser realista y admitir que existe la figura del nini, que es una persona que no solo no estudia ni trabaja, sino que no lo hace porque no quiere, al margen de que las circunstancias se lo impidan. Sin embargo, generalizar siempre entraña el riesgo de dejarse a alguien por el camino. La mayoría de los jóvenes nos hemos ganado el derecho a no ser, como indicaba aquí un gran compañero y maestro en el oficio, metidos en el mismo saco, como si todos fueran borrachos insolidarios, ninis apolíticos, vagos redomados, ronaldos tristes o pijos con manos de porcelana.

Miro a mi alrededor y lo que veo son jóvenes con mucho futuro. Con sueños que se van cumpliendo, que aspiran a algo más que quedarse de brazos cruzados, que publican libros, destacan en su oficio, renuncian a sus miedos y se marchan al extranjero para no ceder ante la desazón, que se enfrentan a retos del siglo XXI -como oposiciones o prácticas eternas- y salen airosos, que se forman constantemente, que sí estudian y sí trabajan, o que no estudian ni trabajan, pero porque las circunstancias y el poderoso caballero se lo impiden, pero que no tienen ni pizca de ninis. Y, ojo, que seguir soñando en tiempos de tormenta es muy difícil, pero se trata de jóvenes, en definitiva, que, a pesar de los monstruos de los ERE y los recortes, no se cansan de mirar más allá de los muros que nos impone la crisis y que nunca, nunca dejan de aprender. Para mí, esto significa aprovechar (y muy bien, por cierto) la vida, sean cuales sean las circunstancias. Esto también deberíamos contarlo.

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Publicado por en 20 de septiembre de 2012 en El viaje del elefante, Elefantes, Platos preparados

 

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Arte (bastante) dramático

Una no sabe si quedarse durmiendo o salir corriendo.

Pero, ¿hacia dónde?

Es la tormenta. Sí, tiene que ser la tormenta la que nos está haciendo perder los papeles. Sabíamos (o, al menos, intuíamos) que la crisis nos iba a hacer cambiar la estructura de la obra, que los actos y las escenas se multiplicarían, pero no se nos pasó por la cabeza que podría destruir los guiones y redistribuir los papeles, lanzándolos al aire y repartiéndolos al azar. Tiene que haber sido el viento de la tormenta, porque, de repente, hemos perdido el Norte.

El guion ha cambiado, y el verano ha dejado de ser la estación más feliz del año para convertirse en un hervidero de informaciones negativas. Con nosotros, la época estival ha madurado y las noticias que han copado la escena informativa estos días, por sorprendente que pueda parecer, no han tenido nada que ver con el calor. Y con ellas, unos cuantos personajes que se presentaron al casting para secundarios, han acabado protagonizando nuestras vidas. Los papeles de jueces y abogados han cambiado de actores. Algunos diarios y televisiones, a raíz de la horrible noticia del presunto asesinato de dos niños a manos de su padre, han encontrado la excusa perfecta para aumentar sus ventas unos días. Resulta que, a veces, la sangre vende más que una verdad matizada, y hay quien no ha dudado en saltarse la oposición y, de paso, sus principios, para convertirse en juez y, ya que estamos, en el rey del share y del kiosko.

La comunidad twittera, por otra parte, también adopta de vez en cuando papeles que nunca se le concedieron. La influencia de los 140 caracteres es tan grande, que a veces mueve montañas, o casi. Un vídeo bastante personal de una concejala (no importan el nombre, el partido ni el contenido) fue publicado y difundido por todo el país en cuestión de horas. La mujer, que sin comerlo ni beberlo se convirtió en protagonista, retiró su dimisión al verse apoyada por la comunidad de las frases breves, que, en una suerte de fenómeno sociológico, interpretó un papel de Óscar como abogada y le ganó el juicio a la hipocresía y los prejuicios de quien solo gastaba su tiempo lanzando insultos por el desafortunado vídeo.

Me pregunto qué diría alguien que hubiera pasado los últimos diez años en coma y despertara de repente en este país de panderetas que hemos montado. La sola figura del tertuliano de los programas en un tiempo llamados de cotilleos dispararía sus ganas de volver al sueño. Es probable que se asustara de lo que estamos haciendo con todo. Igual es que estos tiempos solo los podemos aceptar los que hemos nacido en ellos. Pero de lo que no se sorprendería sería de ver toros en la televisión pública. Espontáneamente han vuelto a aparecer esas imágenes en las que el negro, el granate y el camel son protagonistas absolutos. Hasta en los colores ha cambiado la jerarquía y los secundarios han vencido a los protagonistas. Y, con los toros televisados, regresa el debate. Vuelve la cortina de humo a colmar nuestras conversaciones, mientras hay quien aprovecha la distracción general para recortarnos, a golpe de IVA, la sonrisa mañanera, las tontas alegrías y los sueños de tener un futuro.

¿Dónde quedaron los buenos tiempos? Nos educaron en que son los buenos los que triunfan al final de la película, pero de momento los malos nos están ganando la batalla. Será que aún queda mucho para el desenlace, porque las obras maestras nunca terminan en un punto álgido, que es donde nos encontramos ahora. Un momento en el que a los veinteañeros nos llaman generación perdida, justo cuando los principios de este país parecen regirse por una pandereta. Que levante la mano quien esté harto de ser llamado “miembro de una generación perdida”. Porque… perdida, ¿de qué? No conozco a muchos jóvenes a los que pueda meter en el saco de vidas perdidas, aunque es cierto que son tiempos raros. Estos son los años que relataremos a nuestros nietos como los peores de nuestras vidas, como aquellos en los que la tormenta y algunos personajes dotados de paraguas aprovecharon para robarnos las ilusiones durante un tiempo. Durante un tiempo, porque la tormenta siempre se pasa.

Pero seguro que, dentro de 50 años, en las verbenas de la pérgola te encontrarás a unos pucelanos que tuvieron que pasar su juventud con más paro del que hubieran querido, con menos oportunidades de las que se merecían, con más tijeretazos de los necesarios, con más mentiras de las deseables. Serán pucelanos que, rondando ya los 70, recordarán aquellos años en que los jóvenes eran metidos, con injusticia, en el mismo saco, como si todos fueran borrachos insolidarios, ninis apolíticos, vagos redomados, ronaldos tristes o pijos con manos de porcelana.

Víctor M. Vela, El Norte de Castilla, Fiestón feat. Pucela

 
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Publicado por en 17 de septiembre de 2012 en Platos preparados

 

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