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Archivos Mensuales: agosto 2012

Reducción al absurdo

Que sepamos aprender de nuestra historia

Sencillamente. En la vida hay dos clases de personas: los que están hechos para ejercer el poder del mando de la tele y los que no. Los políticos, por hablar de alguien, pertenecen a esa curiosa casta de personajes que de críos se peleaban por el mando y siempre ganaban. No hay que juzgarles por eso, pues en toda casa existe alguien que controla la televisión, pero eso sí, existe un problema. Si nunca cedes el mando ni dejas que otros opinen, en casa siempre se verá lo mismo, y la “familia” dejará de interesarse por la televisión, aunque presida siempre la mesa.

Desengañémonos. Aún no conocemos la receta para evitar que la economía se autoproclame reina o que la clase política se corrompa desde lo más profundo. En la vida hay pocas cosas que podamos considerar certezas y el futuro, por ejemplo, no es una de ellas. El pasado, en cambio, sí. En lo que a mí respecta, tengo muy claros mis orígenes y que mis abuelos, los tres, llevan toda su vida ejerciendo un papel infravalorado, pero esencial: sacar adelante a una familia trabajando en el campo. Sé con seguridad que ese es el oficio que más admiro, pero no tengo claro por qué no lo es del resto de la gente, en especial de esos tantos ladrones con traje, de quienes mis abuelos deberían ser jefes y no sirvientes.

Nuestros abuelos no nacieron para tener el mando, porque durante toda la vida les han hecho creer que los que están arriba son los que tienen derecho a elegir el canal, aunque el aparato ni siquiera les pertenezca. Se lo transmiten de unos a otros, mientras nos venden que el canal que ellos eligen es el más interesante e ignoran la opinión de la gente. Y nosotros, criados en una televisión de cientos de canales, con decenas de opciones, hemos creído siempre que elegíamos lo que veíamos, hasta que nos hemos dado cuenta de que no, que los diferentes canales pertenecen a los mismos de siempre.

Nos están obligando a salir corriendo y a dejar de ver esta televisión. El número de trabajadores españoles que emigran a Alemania ha aumentado un 11,5%… desde el año pasado. Si los políticos nunca cambian ni de discurso, ni de canal, ni de mensaje que nadie se queje de que los jóvenes emigren huyendo de un país en el que el bien y el mal están a punto de encontrarse en la frontera. Uno sueña toda la vida con tener el mando de la tele y elegir el canal, pero cuando lo recibe se da cuenta de que no tenía ni idea de la responsabilidad que acarrea.

Hay una etapa, una maravillosa etapa en el proceso de desarrollo de un niño en la que dar respuesta a todas las preguntas que surcan de un lado a otro su pequeño cerebro se convierte en el gran juego, ese juego en el que los adultos corremos el grave riesgo de dejar de verles como adorables criaturas. Pues bien. Se empieza a percibir en el ambiente adulto una sensación bastante semejante. Eso de mirar alrededor y no saber interpretar el guión, eso de preguntarse de dónde han salido tantos hombres millonarios y los robinhoodes de andar por casa, eso de leer los periódicos y no hacer otra cosa que dudar del bosque en el que nos estamos metiendo. Quizás hemos complicado demasiado la vida y la única salida a esta tormenta sea la simplicidad.

Hace un par de días, un tal Juan Manuel Sánchez Gordillo quiso también reducir lo complejo y recuperar los planteamientos más simples. Harto como estaba del mundo que vemos cada día mientras nos tomamos el café, organizó un asalto a dos supermercados como “medida necesaria” para “dar un toque de atención”, en sus palabras. Esta es, más o menos, la historia. Cierto es que, conociendo sus intenciones, es difícil posicionarse totalmente en contra, pero, si me dejan, en este caso el fin no justifica los medios. Tertulianos, a sus puestos.

El fin no justifica los medios, pero es cierto que escandalizarse por la acción del SAT y no por los asaltos diarios con los que ciertos señores con traje muy elegantemente destrozan nuestras vidas, ya sea robándonos cantidades millonarias de dinero o varios derechos fundamentales, es una gran incoherencia, otro deporte nacional en el que obtendríamos el oro, de convertirse este en olímpico. No lleguemos a esos extremos, ni a los de robar para denunciar los robos ni a los de ser incoherentes con nuestros propios principios. Y aprendamos de nuestra historia y de la valentía de los responsables de que estemos aquí, que supieron enfrentar épocas peores sin tener el mando y consiguieron no volverse locos. Que el miedo no devore nuestra cordura.

 
 

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