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La luz de Levante

09 May

¿A qué no sabes dónde he vuelto hoy?

Fuente: @loveoflesbian

A nadie se le ocurrió fruncir el ceño a la luna llena que alumbraba la Fica, mientras miles de personas gastábamos las fuerzas bailando las mejores declaraciones de The PulpDelorentos y Gossip. Alta, limpia y vigilante, se autoproclamó reina soberana del SOS 4.8. Era difícil, pero ni el fulgor de The Flaming Lips consiguió eclipsarla.

Y ahí estábamos: saltando, dejándonos la voz, haciéndole los coros a Beth Ditto. Unidos por una marca verde en la muñeca, reconociéndonos por las calles, por los supermercados y por las terrazas de la mañana del domingo. Contemplando el desfile de libertades que vestían a cada uno de los asistentes. El punto final lo puso Love of lesbian, y entonces los saltos se convirtieron en respiración, mientras Santi Balmes hablaba de sus taxis, sus gritos y su club de fans de John Boy.

Horas después, y solamente una vez que los altavoces desfallecieron tras haber pedido clemencia durante días de música sin tregua, saludamos a la ciudad a la que nunca habíamos mirado a los ojos, Murcia. Había una plaza distinta, la de las Flores, que hacía honor a su nombre más que nunca en el día en que se reconocía por fin a las madres como luchadoras y merecedoras de una festividad. Agotamos las existencias de Estrella Levante de un bar escondido en el rincón de un tal Chapas. Buscábamos aferrarnos a los últimos rayos de sol y al placer de disfrutar de un helado en plena calle antes de entregarnos al eterno invierno de la capital, al que esperamos agotar las fuerzas esta misma semana.

También en el metro, una vez arribados en Madrid, nos sentíamos conocidos los del trocito de tela verde, al que mirábamos con nostalgia de lo que, sin duda, había sido un montón de horas bien gastadas. Aparecía de repente el brillo de la estrella de Levante, que solo es reconocible cuando uno se sumerge en el mundo más profundo de Madrid y se deja llevar por las cintas transportadoras de personas. Cuando uno viaja del verano al invierno en cinco horas de autobús y pierde la noción de lo que las estaciones solían significar.

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