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Archivos Mensuales: enero 2012

El oficio de periodista

Aquellos folios arrugados en los que creaba pequeñas revistas cuando era una niña. Las cintas de cassette grabadas y regrabadas en las que guardo los programas caseros de radio que locutaba con mi hermana. Los cuadernos llenos de relatos que empecé con algo más de doce años. Vídeos caseros en los que no contábamos las vacaciones, sino que las presentábamos como si de un informativo se tratase. Aparecer en un Bachillerato científico por no decidirse a dar el salto… y descubrir a los dos meses de empezar Ciencias de la Salud que no quieres ni sabes ser otra cosa que no sea periodista. Descubrir, en medio de una facultad en la que los periodistas son los más numerosos y los más rechazados, que no te equivocaste al elegir tu futuro. Aprender de todo y de nada. Crecer. Que la suerte te conceda unos primeros pasos rodeada de buenos maestros que fabrican cada día el periódico de la ciudad, “el que se ha leído en casa toda la vida”. La sensación de leer por primera vez tu firma en un periódico. Eso de llevar más de ocho horas trabajando en la redacción y tener que cancelar planes con tus amigos, pero aún así sentir que estás haciendo lo que te gusta. Criticar el telediario a todas horas. Que las faltas de ortografía se te claven en el corazón. Ese gusanillo que te hace cosquillas por dentro cuando ves que está ocurriendo algo importante y te morirías por estar en una redacción, en una emisora o en un estudio de televisión contándolo. De esto que se te hace un nudo en la garganta cuando escuchas las historias de grandes periodistas (que no famosos) que han luchado toda su vida por trabajar de ello… y lo han conseguido. El armario y el recuerdo a punto de rebosar.

La cosa está chunga para vivir ahora del Periodismo, pero lo importante es no perder de vista lo que uno quiere ser y luchar por ello. Hace unas semanas, la periodista Noemí Hernández vino a la facultad para darnos una charla y abrirnos los ojos ante las distintas oportunidades que tenemos los que estamos a punto de licenciarnos. Ella defendía que la pasión es lo único que nos va a hacer seguir adelante con esto. Que el camino sea largo, y que haya dragones y tesoros, dijo. Feliz día de los periodistas.

 

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“La SOPA, ni con cuchara”

Leo en los medios teorías sobre el futuro que nos espera si entra en vigor la ley SOPA (véase ley Sinde) y me entran escalofríos.

El proyecto de ley americano tiene repercusiones gravísimas para la estructura actual de Internet, pues permite al Departamento de Justicia y a los propietarios de derechos intelectuales obtener órdenes judiciales contra aquellas webs o servicios que permitan o faciliten supuesto el infringimiento de los derechos de autor, según los expertos consultados.

El objetivo del equivalente estadounidense a la ‘ley Sinde’ es el cierre de páginas web que permitan la descarga de contenido protegido por derechos de autor, aunque estas estén alojadas en el extranjero. Así, las nuevas leyes pretenden que los servidores estén obligados a bloquear cualquier página de cualquier lugar del mundo que difunda contenidos sin autorización. Lo mismo desde un blog anónimo en Francia o a través de la red social Twitter, lo que convertiría a las webs ubicadas fuera de Estados Unidos, hasta ahora a salvo de la Justicia de ese país, en uno de sus principales objetivos.

Mantengo conversaciones con otras personas sobre volver demasiado atrás con esta clase de legislaciones y me absorbe una nostalgia de esos tiempos en que se regalaban CDs en los cumpleaños y los escritores no se enfadaban si le prestabas un libro a un amigo. Me acuerdo de aquellas tardes en las que acompañaba a mi madre a la biblioteca y me perdía en la sección de audiovisuales, de lo raro que sonaba aquella palabra y de lo jóvenes que parecían los Hombres G en aquellos discos -que, por cierto, se llamaban discos. Si no querías comprarte un libro para clase, tenías la posibilidad de fotocopiar las dos o tres páginas que necesitabas (guardo todos esos documentos como auténticos fósiles con mucho cariño). Ah, esos tiempos en los que los revolucionarios eran aquellos que se negaban a fotocopiar partituras y no los que entendían que la cultura, cuando se comparte, vale mucho más. Parece increíble que con poco más de veinte años sea capaz de hacer estas demostraciones de abuelocebolletismo, pero es que Internet ha cambiado tanto nuestras vidas, nuestra forma de hacer las cosas y nuestras relaciones con la Propiedad Intelectual que parecen haber pasado siglos desde que nos enganchamos a la Red. En fin. Febrero está enseñando los dientes y no hay tiempo para divagar sobre la Propiedad Intelectual, pero me parece importante difundir explicaciones como la que se da en el siguiente vídeo. Disfrútenla y prepárense para la montaña rusa.

 
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Publicado por en 19 de enero de 2012 en Platos preparados

 

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