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Las hadas

30 Dic

Shalakabula chachicomula di bi di da bi du bu.

Las hadas modernas no visten de rosa. No portan alas de purpurina ni caminan a unos centímetros del suelo. No tienen una varita mágica, sino que sus instrumentos son tijeras, peine y secador. Parecen personas corrientes, pero tienen el poder de nuestra felicidad corriendo por sus venas azules de personajes de cuento. Nos acercamos a su extraño universo dos veces al año y, aunque somos conscientes de las cosas que allí ocurren, nunca nos planteamos no acudir a su llamada.

Cuando nos adentramos en su mundo, somos despojados de nuestras pertenencias, que van a parar a un armario en el que descansan los abrigos y las chaquetas de otros inconscientes que, como nosotros, se sienten presos de esa necesidad de acudir a las hadas de vez en cuando para mejorar algo de ellos mismos que no termina de satisfacerles. Después, nos acompañan y nos dan conversación en un intento de demostrar su humanidad. Colocan nuestros cuellos en esos inventos tan curiosos que reciben un nombre que siempre ha llamado mi atención: lavacabezas. Simple y llanamente, lavacabezas. No se puede decir más con menos letras. Bueno sí, con la palabra ‘miedo’, que tiene mucho que ver con el trabajo que desarrollan las hadas. En esa bañera de cabellos reposamos el cuello e iniciamos una sucesión de mentiras que deteminarán nuestro futuro. Ella dice: ¿Está bien así?. Y tú, indescriptiblemente acongojado por la posibilidad de que el hada utilice el lavacabezas para lavarte el cerebro, respondes: Sí, está bien. Mentira. Tu cuello ha adquirido una posición propia de un contorsionista y tus cervicales demandan clemencia, pero te acobarda el miedo y no eres capaz de expresar tus sentimientos en voz alta.

Tras el lavado de cabeza, que no de cerebro, te acompañan a la silla. Esa silla. Esa butaca que ha sido testigo de gritos, lloros y pocas caras de satisfacción. Esa silla más elevada de lo habitual, colocada en un suelo sembrado de cabello humano, condenado a ser barrido y depositado sin cuidado en la negra bolsa del olvido. Te sientas y colocas tus gafas en una pequeña mesa frente al espejo, en la que esperan ansiosas las herramientas de las hadas. Son peines con formas que jamás conociste en el mundo terrenal de los supermercados, planchas con más opciones que las duchas hidromasaje y una revista Cuore, en la que el tema del día es la aparición de celulitis en los traseros más famosos del panorama rosa nacional. El hada te pregunta cómo de larga quieres la melena y tú dudas entre si decirle de más, por si corta mucho, o decirle de menos, por si no corta nada. Nunca se sabe cómo va a reaccionar un hada, son muy imprevisibles. Tras las negociaciones, entra en juego el arma más peligrosa que conocen tus inocentes ojos de ser humano: esas pequeñas tijeras, que parecen inofensivas a primera vista, pero que guardan en su expediente numerosos crímenes capilares de personas que jamás volvieron a pisar aquel universo. El espejo que tienes enfrente te permite ser testigo del ras-ras que definirá tu imagen durante los próximos meses. El hada, a quien hasta ahora considerabas una persona de confianza tras haberle contado que tu prima la del pueblo vuelve a casa por Navidad y que a ti no te hace ninguna gracia, maneja ese instrumento como quien maneja un bolígrafo, con una maestría y unos movimientos de muñeca que bien podrían ser considerados arte. A través de ese espejo ves como tu pelo va desapareciendo. No quieres mirar al suelo, pero sabes que ahí reposan miembros imprescindibles de tu cabello, cuyas puntas has maltratado y has hecho abrirse a base de abusar de las planchas y del champú.

Tras el recorte, que te deja más traumatizado que una bajada de sueldo en plena crisis, te miras al espejo y se inundan tus pupilas. Recorres tu memoria en busca de aquel momento en que decidiste pedir cita en la peluquería. Te gustaría volver atrás, pero es demasiado tarde. El hada ha actuado. Y tú no puedes hacer nada porque, si lo piensas bien, fue decisión tuya enfrentarte al poder de las hadas, que, aunque no lo parezca, suelen seguir al pie de la letra tus mandatos. De nuevo, ella te pregunta: ¿Está bien así?. Y, de nuevo, tú le mientes: Sí, está bien. Es culpa de esas mentiras que te vas a casa intentando evitar encontrarte a alguien conocido que te diga Anda, te has cortado el pelo. Como si no fuera evidente. No las culpemos a ellas. Culpémonos a nosotros mismos, por seguir siendo tan dependientes del poder que ejercen sobre nuestras cabezas. Esa peluquería Conchi, ese salón de belleza Pepi, ese centro de estética Mari Luz… no tienen la culpa. Nos esforzamos mucho en criticar los resultados de su trabajo, pero lo cierto es que no podemos vivir sin ellas. Las hadas fabrican la imagen que nos gusta dar de nosotros mismos. Tienen ese poder.

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Publicado por en 30 de diciembre de 2011 en El circo, Elefantes

 

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