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Lieja. Liège. Luik.

16 Dic

La vida cambia cada cuatro minutos.

En Lieja siempre se escuchan cantos de sirenas modernas. Coches de policía, bomberos y ambulancias desfilan varias veces al día por el Boulevard d’Avroy. Cuando vivía allí era tal el nivel de decibelios que se producía que solíamos bromear diciendo que Lieja estaba en guerra, pero que nadie nos había dado el aviso. Esta ciudad no está hecha para el silencio, recuerdo haber escrito alguna vez sobre Lieja, pero nunca pensé que la ausencia de ruido pudiera aparecer tan de repente como lo hizo el pasado martes. Imagino un silencio confuso segundos después de los disparos, seguido de una locura multitudinaria de gritos y ataques de pánico. Nunca pudimos imaginar que su historia se mancharía una vez más de aquella manera, porque Lieja no es una ciudad de telediarios.

Los belgas son especiales, muy especiales. Mis oídos guardan registrados miles de sonidos que no he vuelto a escuchar desde que me marché de allí, como las canciones que los veteranos universitarios hacían entonar a los novatos a las puertas de la facultad de Philosophie et Lettres o las manifestaciones a ritmo de cacerola y trompeta en favor de la Educación. Y esos olores… En contra de la creencia popular, hay pocas calles que huelen a gofre, pero sí es cierto que la mayoría desprende un fuerte olor a frites, el plato estrella. En cuanto aterrizas en la impresionante estación de Guillemins, diseñada por Santiago Calatrava, percibes un olor a fritanga belga mezclado con kebap que grita en silencio llamando al gusanillo de tu estómago. Tengo miles de imágenes grabadas en el archivo fotográfico de mis retinas. Los colores brillantes de las luces de neón de la feria que instalaron durante mes y medio en el centro de la ciudad, en la que la ventana de mi habitación tenía un privilegiado puesto de primera fila. Los muros grisáceos de la mayoría de edificios que el Ayuntamiento olvidó limpiar, pero que adquirían un brillo especial en los días de nieve. Las figuras inéditas que decoraban las paredes del Pot au Lait y el intenso color dorado de sus cervezas. Las 373 escaleras de la Montagne de Bueren y esa sensación de vértigo y satisfacción al llegar arriba. El suelo de Le Carré, siempre lleno de charcos de cerveza y otros productos nacidos en las noches de fête, ces soirées-là.

A Liège, il se dit qu’on fait toujours tout un peu plus fort que les autres, un peu autrement aussi. On l’a dit des grèves, on l’a dit des affaires, on le dit de la fête.

Los martes y trece nunca han sido símbolo de buen augurio, pero tampoco han demostrado ser peores que los jueves veintitrés o los sábados cuatro. El martes pasado fue trece, y volvieron a mí esos sonidos, esos olores, esas imágenes. Me gustaría que los únicos gritos que estuvieran en mi memoria fueran los de los jóvenes disfrutando en las atracciones de la Foire d’Octobre, pero ahora han sido (casi) sustituidos por los lamentos de pánico y confusión de las personas que se encontraban en la place Saint-Lambert el pasado martes, que llegaron a mí a través de la televisión. Cuando ahora pienso en Lieja, recuerdo a la mujer del telediario de RTL, que en un francés refinado y con una expresión facial absolutamente neutra resumía los hechos. Tir, fusillade, blessé. Son palabras que solo aprendes cuando lees los periódicos, porque no te las enseñan en las clases de francés. Ahora no puedo evitar visualizar la sangre sobre esa alfombra roja, que aparece en el suelo de Saint-Lambert cuando se acerca la Navidad, y sobre esas baldosas, colocadas siguiendo una serie que se repite por toda la ciudad, pero que no se ha exportado a ningún otro lugar. Esa es la plaza que le enseñas a tus padres cuando van a verte, en la que te haces fotos con tus amigos y por la que pasas para ir de compras y al supermercado.

Los belgas toman el almuerzo a las doce y media, justo la hora a la que un hombre de 32 años, nervioso e inquieto ante la posibilidad de volver a prisión, comenzó el pasado martes un ataque que la policía aún no ha logrado explicar a los casi 200.000 habitantes de la ciudad, los cuales, al igual que el nosotros, siguen perplejos por lo sucedido. Hasta el momento en que escribo estas líneas, son cinco las víctimas mortales, además del agresor. Una mujer de la limpieza que apareció muerta en el apartamento del atacante, una anciana, un bebé de 17 meses y dos adolescentes que esperaban tranquilamente en las frecuentadísimas paradas de autobús de Saint-Lambert. Los pequeños tenían 15 y 17 años, respectivamente, y venían de hacer uno de los primeros exámenes del trimestre. El bebé salvó involuntariamente la vida de su madre. Cuando ahora pienso en Lieja, no puedo evitar recordarme a mí misma de pie a unos centímetros del televisor. En una mano el mando a distancia a punto de deslizarse entre mis dedos en dirección al suelo. En la otra, la manga de la chaqueta firmemente agarrada, intentando transmitir fuerza y energía a las conexiones de mi cerebro, para que lograran enlazar los acontecimientos con una explicación razonable. Y me recuerdo leyendo durante toda la tarde las actualizaciones de las noticias por Internet, presa de un pánico silencioso que, lejos de volverme histérica, había suspendido mis pensamientos y colocado en su lugar una única preocupación:

¿Y si yo hubiera estado allí?

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Publicado por en 16 de diciembre de 2011 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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