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Caminaré sobre el barro

08 Dic

Era un lunes con sabor a viernes aquel en que me dispuse a entrar en una facultad más vacía que llena. No se había decidido en España si el día formaba parte de la cadena de festividades de la semana, pero estaba claro que si existía la mínima posibilidad de no ir a trabajar, se aprovecharía. Eran las 10:54 horas, pero no había empujones ni pisotones en el metro de Ciudad Universitaria, donde se había conseguido, sospechosamente, disolver la marabunta de estudiantes que se agolpan allí cada mañana. Nadie avanzaba por la fila rápida, porque nadie tenía prisa. Tampoco se mostraba especialmente ágil el camarero de la cafetería, frente al que esperé, como cada mañana, el ansiado aunque realmente insípido café de las once. Tras entregarle el ticket que una máquina poco simpática me había proporcionado poco antes, el hombre se giró, colocó un vaso de plástico bajo la cafetera, esperó unos instantes a que apareciera el café y me lo entregó, con pocas ganas, junto a una cuchara de frío plástico y un azucarillo, que poco colaboraría a endulzar la falta de sabor de aquel líquido. Como es habitual, no dijo hola, adiós, por favor ni gracias. Yo había pagado por todo el servicio setenta y cinco céntimos de euro.

Así, dicha de sopetón, la palabra esclavitud nos crea una sensación extraña en el estómago y nos evoca el recuerdo de civilizaciones antiguas, en las que el comercio de personas estaba a la orden del día. Lamentablemente, esa desgraciada práctica no se ha erradicado aún por completo, e incluso ha infectado algunos sectores de nuestra sociedad que utilizamos para presumir de pertenecer al llamado Primer Mundo. La semana pasada, una periodista española denunció públicamente que una empresa, que la había seleccionado como redactora, le había ofrecido 0,75 euros por cada artículo que publicara para ellos. El debate provocado en las redes sociales comenzó con esto.

Es cierto que muchos becarios periodistas sufren esta y situaciones peores cada día. Probablemente existan contratos más esclavos y gente que trabaja mucho más por mucho menos. No obstante, en un desesperado intento de comprender qué está pasando con la profesión, me pregunto: ¿de quién es la culpa? ¿De las empresas o nuestra? Este debate se ha convertido en un habitual de las conversaciones de sobremesa debido a la nube negra que se nos colocó encima de nuestras cabecitas hace no demasiado. La culpa de que exista la telebasura, ¿es de los que se benefician de ella o de los que la consumen?. La culpa de la proliferación de las hipotecas basura, ¿es de los que las pidieron o de los que se las concedieron?. La culpa de los contratos basura, ¿es de las empresas o de los trabajadores que los aceptan?. Parece que a la hora de buscar culpables a los asuntos basura la cosa no resulta tan fácil como acusar a dedo, aunque aceptamos sin contemplaciones que quienes tienen la sartén por el mango siempre son los otros.

Cometamos una locura y sumerjámonos en un ejercicio de imaginación: visualicémonos en una protesta conjunta (tanto de becarios como de trabajadores) en la que nos reveláramos contra las empresas que cometen este tipo de abusos. A la pregunta, ‘¿cree Usted que serviría para algo?’ la mayoría de la gente respondería diciendo “No. No podemos hacer nada, es eso o no trabajar”. Es muy, muy necesario desterrar afirmaciones como esta si lo que queremos realmente es ganarnos la vida con este oficio. La situación económica de hoy en día pone las cosas difíciles, muy difíciles, pero no es la única causa de la crisis que vive el Periodismo español, que ya venía eliminando sueños hace décadas. Cinco años atrás, el futuro de mi generación, un extenso grupo de dieciochoañeros con ganas de cambiar el mundo, era prometedor en casi todos los ámbitos. Pero la vida, que conoce perfectamente nuestros puntos débiles, juega a pincharnos de vez en cuando para hacernos reflexionar. Este mundillo no es fácil ni cómodo, y nunca se acercará a unos centímetros de serlo si aceptamos el abuso de las empresas como algo implícito a la hora de firmar un contrato. Una cosa es convertirse en aprendiz de la profesión y reconocer que, efectivamente, el dinero no es lo primero que uno busca en unas prácticas en empresa, y otra muy distinta es resignarse a aceptar que viviremos de nuestros padres hasta que alguien decida reconocer el valor de nuestro trabajo.

Puede que una denuncia como esta no sirva para mucho, y es más que probable que la empresa que ofreció esas condiciones a la periodista le haya encontrado ya un sustituto que sí está dispuesto a trabajar así, no conozco la evolución de la oferta. Sin embargo, lo reseñable de toda esta historia es el impacto que ha tenido y que ha colaborado en cierta medida a que nos preguntemos hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Es cierto que tendremos que aguantar esta situación un tiempo, pero llegará un día en que la varita de la conciencia golpeará nuestras preocupadas cabecitas y tomaremos ejemplo de quienes lucharon por los derechos laborales que ahora disfrutamos. Esperemos que no sea demasiado tarde y aún tengamos ganas de hacer las cosas bien.

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2 comentarios

Publicado por en 8 de diciembre de 2011 en Platos preparados

 

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2 Respuestas a “Caminaré sobre el barro

  1. Nacho Bartolomé

    31 de diciembre de 2011 at 16:19

    Qué buen rollo me ha dejado este texto. Hace falta que todos los pre-riodistas hagamos piña en estos momentos en los que todo parece venir cuesta arriba. Y el primer paso es reflexionar sobre ello y tomar conciencia de lo que puede pasar si nos dejamos hacer…

    En mi caso, tengo ideas en la cabeza, iniciativa y locura como para intentar sacar adelante un proyecto y hacer periodismo a mi manera y sin jefes mamonazos. ¡Ahora lo que necesito es suerte! Ya que a veces es difícil ver periodismo bueno y digno (que lo hay, ¿eh?) una de las mejores soluciones que se me ocurre es hacerlo uno mismo, no esperar a que el mandamás de turno te de permiso.

    Me gusta mucho el blog, ¡ánimo con ello!

     
  2. lacocinadelelefante

    31 de diciembre de 2011 at 16:31

    ¡Cuánto me alegro! Pues mucha suerte con el proyecto, entonces; espero que 2012 te dé oportunidades para sacarlo adelante. Lo más difícil (pensar que sí es posible) ya lo tienes, así que ¡a por ello!

    Gracias por pasarte y reflexionar un ratito 😉

     

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