RSS

Archivos Mensuales: diciembre 2011

Las hadas

Shalakabula chachicomula di bi di da bi du bu.

Las hadas modernas no visten de rosa. No portan alas de purpurina ni caminan a unos centímetros del suelo. No tienen una varita mágica, sino que sus instrumentos son tijeras, peine y secador. Parecen personas corrientes, pero tienen el poder de nuestra felicidad corriendo por sus venas azules de personajes de cuento. Nos acercamos a su extraño universo dos veces al año y, aunque somos conscientes de las cosas que allí ocurren, nunca nos planteamos no acudir a su llamada.

Cuando nos adentramos en su mundo, somos despojados de nuestras pertenencias, que van a parar a un armario en el que descansan los abrigos y las chaquetas de otros inconscientes que, como nosotros, se sienten presos de esa necesidad de acudir a las hadas de vez en cuando para mejorar algo de ellos mismos que no termina de satisfacerles. Después, nos acompañan y nos dan conversación en un intento de demostrar su humanidad. Colocan nuestros cuellos en esos inventos tan curiosos que reciben un nombre que siempre ha llamado mi atención: lavacabezas. Simple y llanamente, lavacabezas. No se puede decir más con menos letras. Bueno sí, con la palabra ‘miedo’, que tiene mucho que ver con el trabajo que desarrollan las hadas. En esa bañera de cabellos reposamos el cuello e iniciamos una sucesión de mentiras que deteminarán nuestro futuro. Ella dice: ¿Está bien así?. Y tú, indescriptiblemente acongojado por la posibilidad de que el hada utilice el lavacabezas para lavarte el cerebro, respondes: Sí, está bien. Mentira. Tu cuello ha adquirido una posición propia de un contorsionista y tus cervicales demandan clemencia, pero te acobarda el miedo y no eres capaz de expresar tus sentimientos en voz alta.

Tras el lavado de cabeza, que no de cerebro, te acompañan a la silla. Esa silla. Esa butaca que ha sido testigo de gritos, lloros y pocas caras de satisfacción. Esa silla más elevada de lo habitual, colocada en un suelo sembrado de cabello humano, condenado a ser barrido y depositado sin cuidado en la negra bolsa del olvido. Te sientas y colocas tus gafas en una pequeña mesa frente al espejo, en la que esperan ansiosas las herramientas de las hadas. Son peines con formas que jamás conociste en el mundo terrenal de los supermercados, planchas con más opciones que las duchas hidromasaje y una revista Cuore, en la que el tema del día es la aparición de celulitis en los traseros más famosos del panorama rosa nacional. El hada te pregunta cómo de larga quieres la melena y tú dudas entre si decirle de más, por si corta mucho, o decirle de menos, por si no corta nada. Nunca se sabe cómo va a reaccionar un hada, son muy imprevisibles. Tras las negociaciones, entra en juego el arma más peligrosa que conocen tus inocentes ojos de ser humano: esas pequeñas tijeras, que parecen inofensivas a primera vista, pero que guardan en su expediente numerosos crímenes capilares de personas que jamás volvieron a pisar aquel universo. El espejo que tienes enfrente te permite ser testigo del ras-ras que definirá tu imagen durante los próximos meses. El hada, a quien hasta ahora considerabas una persona de confianza tras haberle contado que tu prima la del pueblo vuelve a casa por Navidad y que a ti no te hace ninguna gracia, maneja ese instrumento como quien maneja un bolígrafo, con una maestría y unos movimientos de muñeca que bien podrían ser considerados arte. A través de ese espejo ves como tu pelo va desapareciendo. No quieres mirar al suelo, pero sabes que ahí reposan miembros imprescindibles de tu cabello, cuyas puntas has maltratado y has hecho abrirse a base de abusar de las planchas y del champú.

Tras el recorte, que te deja más traumatizado que una bajada de sueldo en plena crisis, te miras al espejo y se inundan tus pupilas. Recorres tu memoria en busca de aquel momento en que decidiste pedir cita en la peluquería. Te gustaría volver atrás, pero es demasiado tarde. El hada ha actuado. Y tú no puedes hacer nada porque, si lo piensas bien, fue decisión tuya enfrentarte al poder de las hadas, que, aunque no lo parezca, suelen seguir al pie de la letra tus mandatos. De nuevo, ella te pregunta: ¿Está bien así?. Y, de nuevo, tú le mientes: Sí, está bien. Es culpa de esas mentiras que te vas a casa intentando evitar encontrarte a alguien conocido que te diga Anda, te has cortado el pelo. Como si no fuera evidente. No las culpemos a ellas. Culpémonos a nosotros mismos, por seguir siendo tan dependientes del poder que ejercen sobre nuestras cabezas. Esa peluquería Conchi, ese salón de belleza Pepi, ese centro de estética Mari Luz… no tienen la culpa. Nos esforzamos mucho en criticar los resultados de su trabajo, pero lo cierto es que no podemos vivir sin ellas. Las hadas fabrican la imagen que nos gusta dar de nosotros mismos. Tienen ese poder.

 
Deja un comentario

Publicado por en 30 de diciembre de 2011 en El circo, Elefantes

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Lieja. Liège. Luik.

La vida cambia cada cuatro minutos.

En Lieja siempre se escuchan cantos de sirenas modernas. Coches de policía, bomberos y ambulancias desfilan varias veces al día por el Boulevard d’Avroy. Cuando vivía allí era tal el nivel de decibelios que se producía que solíamos bromear diciendo que Lieja estaba en guerra, pero que nadie nos había dado el aviso. Esta ciudad no está hecha para el silencio, recuerdo haber escrito alguna vez sobre Lieja, pero nunca pensé que la ausencia de ruido pudiera aparecer tan de repente como lo hizo el pasado martes. Imagino un silencio confuso segundos después de los disparos, seguido de una locura multitudinaria de gritos y ataques de pánico. Nunca pudimos imaginar que su historia se mancharía una vez más de aquella manera, porque Lieja no es una ciudad de telediarios.

Los belgas son especiales, muy especiales. Mis oídos guardan registrados miles de sonidos que no he vuelto a escuchar desde que me marché de allí, como las canciones que los veteranos universitarios hacían entonar a los novatos a las puertas de la facultad de Philosophie et Lettres o las manifestaciones a ritmo de cacerola y trompeta en favor de la Educación. Y esos olores… En contra de la creencia popular, hay pocas calles que huelen a gofre, pero sí es cierto que la mayoría desprende un fuerte olor a frites, el plato estrella. En cuanto aterrizas en la impresionante estación de Guillemins, diseñada por Santiago Calatrava, percibes un olor a fritanga belga mezclado con kebap que grita en silencio llamando al gusanillo de tu estómago. Tengo miles de imágenes grabadas en el archivo fotográfico de mis retinas. Los colores brillantes de las luces de neón de la feria que instalaron durante mes y medio en el centro de la ciudad, en la que la ventana de mi habitación tenía un privilegiado puesto de primera fila. Los muros grisáceos de la mayoría de edificios que el Ayuntamiento olvidó limpiar, pero que adquirían un brillo especial en los días de nieve. Las figuras inéditas que decoraban las paredes del Pot au Lait y el intenso color dorado de sus cervezas. Las 373 escaleras de la Montagne de Bueren y esa sensación de vértigo y satisfacción al llegar arriba. El suelo de Le Carré, siempre lleno de charcos de cerveza y otros productos nacidos en las noches de fête, ces soirées-là.

A Liège, il se dit qu’on fait toujours tout un peu plus fort que les autres, un peu autrement aussi. On l’a dit des grèves, on l’a dit des affaires, on le dit de la fête.

Los martes y trece nunca han sido símbolo de buen augurio, pero tampoco han demostrado ser peores que los jueves veintitrés o los sábados cuatro. El martes pasado fue trece, y volvieron a mí esos sonidos, esos olores, esas imágenes. Me gustaría que los únicos gritos que estuvieran en mi memoria fueran los de los jóvenes disfrutando en las atracciones de la Foire d’Octobre, pero ahora han sido (casi) sustituidos por los lamentos de pánico y confusión de las personas que se encontraban en la place Saint-Lambert el pasado martes, que llegaron a mí a través de la televisión. Cuando ahora pienso en Lieja, recuerdo a la mujer del telediario de RTL, que en un francés refinado y con una expresión facial absolutamente neutra resumía los hechos. Tir, fusillade, blessé. Son palabras que solo aprendes cuando lees los periódicos, porque no te las enseñan en las clases de francés. Ahora no puedo evitar visualizar la sangre sobre esa alfombra roja, que aparece en el suelo de Saint-Lambert cuando se acerca la Navidad, y sobre esas baldosas, colocadas siguiendo una serie que se repite por toda la ciudad, pero que no se ha exportado a ningún otro lugar. Esa es la plaza que le enseñas a tus padres cuando van a verte, en la que te haces fotos con tus amigos y por la que pasas para ir de compras y al supermercado.

Los belgas toman el almuerzo a las doce y media, justo la hora a la que un hombre de 32 años, nervioso e inquieto ante la posibilidad de volver a prisión, comenzó el pasado martes un ataque que la policía aún no ha logrado explicar a los casi 200.000 habitantes de la ciudad, los cuales, al igual que el nosotros, siguen perplejos por lo sucedido. Hasta el momento en que escribo estas líneas, son cinco las víctimas mortales, además del agresor. Una mujer de la limpieza que apareció muerta en el apartamento del atacante, una anciana, un bebé de 17 meses y dos adolescentes que esperaban tranquilamente en las frecuentadísimas paradas de autobús de Saint-Lambert. Los pequeños tenían 15 y 17 años, respectivamente, y venían de hacer uno de los primeros exámenes del trimestre. El bebé salvó involuntariamente la vida de su madre. Cuando ahora pienso en Lieja, no puedo evitar recordarme a mí misma de pie a unos centímetros del televisor. En una mano el mando a distancia a punto de deslizarse entre mis dedos en dirección al suelo. En la otra, la manga de la chaqueta firmemente agarrada, intentando transmitir fuerza y energía a las conexiones de mi cerebro, para que lograran enlazar los acontecimientos con una explicación razonable. Y me recuerdo leyendo durante toda la tarde las actualizaciones de las noticias por Internet, presa de un pánico silencioso que, lejos de volverme histérica, había suspendido mis pensamientos y colocado en su lugar una única preocupación:

¿Y si yo hubiera estado allí?

 
Deja un comentario

Publicado por en 16 de diciembre de 2011 en El viaje del elefante, Elefantes

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Los duendes

De súbito recordé el día en que descubrimos a los duendes. Cada noche, sin más motivo que intentar hacer nuestra vida más fácil, unos hombrecillos vestidos de verde se dedican a decorar nuestras calles. Lo hacen en un silencio casi completo, sin que nadie se entere. Por las mañanas echan a suertes el nombre del barrio que van a mejorar y preparan sus aparejos durante todo el día. Su sencilla historia podría resumirse en que algún día de su vida estos duendecillos escogieron dedicarse al inapreciado, aunque imprescindible arte de pintar las calles. Se visualizaron en un futuro invisibles, casi inexistentes. Sus familias sabían que nunca nadie se pararía a mirarlos y que sus maravillas pictóricas serían, literalmente, pisoteadas por los viandantes. Pero no les importó.

Aquella fue la primera vez que me quedé observando cómo realizan su labor. No recuerdo qué año era, ni si hacía frío o calor, pero ahí estábamos. De pie, frente al número 17 que me vio crecer, traspasando por momentos la frontera entre mi casa y la de otros, que tantas veces he cruzado y que ahora echo de menos. Vencíamos el límite que separa el ser conocidos del ser amigos. Cada día piso esas líneas blancas del suelo, injustamente relacionadas con las cebras, que, en realidad, son blancas con líneas negras. Todos los días las piso, indiferente ante el esfuerzo y el tiempo que cuestan. Y cuando miro los asfaltos de Madrid, cuyas líneas blancas están a medio hacer, pienso en los duendes vestidos de verde fluorescente y en su silenciosa capacidad de hacernos felices al crear un espacio que nos protege de los reyes de la carretera. Ellos fabrican el suelo sobre el que dejamos nuestras huellas.

 
2 comentarios

Publicado por en 14 de diciembre de 2011 en El circo, Elefantes

 

Etiquetas: , , , ,

Placeres literarios II

Placer literario descubierto hace unos años en Versátil.es.

LA CAJERA MURIEL – María Eloy-García

estoy pensando en la cajera sedente
ella es lo verdadero de la sincronía del mundo
con su rayo láser ávido de códigos
me murmura complacida las ofertas
y cómo suma los dígitos arrastrando
entre lo dócil y el hastío
el tesoro precioso de mi dulce integral
a través de la máquina que le computa
el precio exacto de toda mi tarde
dice tres
y nunca nunca fue este número más mágico
la cajera extraordinaria teclea el sumatorio
de la monotonía y dice tres
y mira entonces justo antes de que se produzca
el cotidiano milagro de que mi dulce integral
sea mío para siempre
de repente ella mira otra tarde
sale de lo mío a lo del otro
le susurra las mismas ofertas
le marca el tetrabrik con el ojo de su láser
abriendo en fin el cajón místico del hiper
con un movimiento suyo de mercado
los billetes ordenados repiten la cara de ella sin gestos
y me voy por esas puertas 
que se abren sólo con el aura
dejándola mientras su láser que suena
va marcando otra tarde

 
Deja un comentario

Publicado por en 11 de diciembre de 2011 en Cacahuetes

 

Etiquetas: , ,

Caminaré sobre el barro

Era un lunes con sabor a viernes aquel en que me dispuse a entrar en una facultad más vacía que llena. No se había decidido en España si el día formaba parte de la cadena de festividades de la semana, pero estaba claro que si existía la mínima posibilidad de no ir a trabajar, se aprovecharía. Eran las 10:54 horas, pero no había empujones ni pisotones en el metro de Ciudad Universitaria, donde se había conseguido, sospechosamente, disolver la marabunta de estudiantes que se agolpan allí cada mañana. Nadie avanzaba por la fila rápida, porque nadie tenía prisa. Tampoco se mostraba especialmente ágil el camarero de la cafetería, frente al que esperé, como cada mañana, el ansiado aunque realmente insípido café de las once. Tras entregarle el ticket que una máquina poco simpática me había proporcionado poco antes, el hombre se giró, colocó un vaso de plástico bajo la cafetera, esperó unos instantes a que apareciera el café y me lo entregó, con pocas ganas, junto a una cuchara de frío plástico y un azucarillo, que poco colaboraría a endulzar la falta de sabor de aquel líquido. Como es habitual, no dijo hola, adiós, por favor ni gracias. Yo había pagado por todo el servicio setenta y cinco céntimos de euro.

Así, dicha de sopetón, la palabra esclavitud nos crea una sensación extraña en el estómago y nos evoca el recuerdo de civilizaciones antiguas, en las que el comercio de personas estaba a la orden del día. Lamentablemente, esa desgraciada práctica no se ha erradicado aún por completo, e incluso ha infectado algunos sectores de nuestra sociedad que utilizamos para presumir de pertenecer al llamado Primer Mundo. La semana pasada, una periodista española denunció públicamente que una empresa, que la había seleccionado como redactora, le había ofrecido 0,75 euros por cada artículo que publicara para ellos. El debate provocado en las redes sociales comenzó con esto.

Es cierto que muchos becarios periodistas sufren esta y situaciones peores cada día. Probablemente existan contratos más esclavos y gente que trabaja mucho más por mucho menos. No obstante, en un desesperado intento de comprender qué está pasando con la profesión, me pregunto: ¿de quién es la culpa? ¿De las empresas o nuestra? Este debate se ha convertido en un habitual de las conversaciones de sobremesa debido a la nube negra que se nos colocó encima de nuestras cabecitas hace no demasiado. La culpa de que exista la telebasura, ¿es de los que se benefician de ella o de los que la consumen?. La culpa de la proliferación de las hipotecas basura, ¿es de los que las pidieron o de los que se las concedieron?. La culpa de los contratos basura, ¿es de las empresas o de los trabajadores que los aceptan?. Parece que a la hora de buscar culpables a los asuntos basura la cosa no resulta tan fácil como acusar a dedo, aunque aceptamos sin contemplaciones que quienes tienen la sartén por el mango siempre son los otros.

Cometamos una locura y sumerjámonos en un ejercicio de imaginación: visualicémonos en una protesta conjunta (tanto de becarios como de trabajadores) en la que nos reveláramos contra las empresas que cometen este tipo de abusos. A la pregunta, ‘¿cree Usted que serviría para algo?’ la mayoría de la gente respondería diciendo “No. No podemos hacer nada, es eso o no trabajar”. Es muy, muy necesario desterrar afirmaciones como esta si lo que queremos realmente es ganarnos la vida con este oficio. La situación económica de hoy en día pone las cosas difíciles, muy difíciles, pero no es la única causa de la crisis que vive el Periodismo español, que ya venía eliminando sueños hace décadas. Cinco años atrás, el futuro de mi generación, un extenso grupo de dieciochoañeros con ganas de cambiar el mundo, era prometedor en casi todos los ámbitos. Pero la vida, que conoce perfectamente nuestros puntos débiles, juega a pincharnos de vez en cuando para hacernos reflexionar. Este mundillo no es fácil ni cómodo, y nunca se acercará a unos centímetros de serlo si aceptamos el abuso de las empresas como algo implícito a la hora de firmar un contrato. Una cosa es convertirse en aprendiz de la profesión y reconocer que, efectivamente, el dinero no es lo primero que uno busca en unas prácticas en empresa, y otra muy distinta es resignarse a aceptar que viviremos de nuestros padres hasta que alguien decida reconocer el valor de nuestro trabajo.

Puede que una denuncia como esta no sirva para mucho, y es más que probable que la empresa que ofreció esas condiciones a la periodista le haya encontrado ya un sustituto que sí está dispuesto a trabajar así, no conozco la evolución de la oferta. Sin embargo, lo reseñable de toda esta historia es el impacto que ha tenido y que ha colaborado en cierta medida a que nos preguntemos hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Es cierto que tendremos que aguantar esta situación un tiempo, pero llegará un día en que la varita de la conciencia golpeará nuestras preocupadas cabecitas y tomaremos ejemplo de quienes lucharon por los derechos laborales que ahora disfrutamos. Esperemos que no sea demasiado tarde y aún tengamos ganas de hacer las cosas bien.

 
2 comentarios

Publicado por en 8 de diciembre de 2011 en Platos preparados

 

Etiquetas: , , , , ,

Amante de la escalera mecánica

El despertador suena a las 7:45 horas. El mecánico ejercicio de salir perezosamente de la cama y subir la persiana de poco sirve en las mañanas de otoño. En cuanto penetra la primera luz en la habitación me doy cuenta de que a esas horas ni las calles están del todo despiertas en Madrid. El café cae como una bomba sobre mi estómago, aún dormido. Los dientes también andan lentos para hacer desaparecer la triste galleta del desayuno. Noto que el día ya no está siendo bueno por la falta de alegría mañanera, y desde luego, no mejora al echar un vistazo a la versión digital de los periódicos y leer que nuestros políticos son cada día más corruptos. Vaya por Dios.

Las escaleras del metro chirrían. Se quejan, lanzan pequeños gritos de dolor como anunciando que se avecina un día de frustraciones. Espero unos minutos sentada a que el metro me transporte al universo paralelo de Ciudad Universitaria. Me siento una ciudadana más ahora que he aprendido a controlar en qué vagón tengo que sentarme para llegar antes a la salida del metro. Ahora que siempre avanzo por la fila rápida y empiezan a molestarme los que caminan más despacio. Ahora que mis palabras comienzan a volverse mudas de disculpas y solo me importa economizar tiempo. Sabes que eres de esta ciudad cuando no te perturba el viento que arrastra el metro.

Llego tarde a clase y me sorprendo al ver que quien se mueve por el estrado no es mi profesor, sino un periodista que ha venido a contarnos su experiencia. Habla de Kuwait y de Iraq. De Couso y del Hotel Palestina. Del 11S y del avión que nunca llegó a estrellarse en el Pentágono. No había restos, no había cuerpos, no había butacas. Yo estuve allí. Nos llena de esperanza en el Periodismo, pero también de desconfianza hacia las versiones oficiales. Hay que mostrar a la gente que existe otra verdad que no se cuenta. Así, sí. Así se aprende Periodismo. En otra clase, una profesora pregunta ¿Somos antes periodistas o personas? Me quedo pensando un rato. Miro los informativos y leo los periódicos, pero, aun así, no se me ocurre una respuesta.

El día continúa con altibajos, no se decide entre el rojo y el gris. Sobrevivo a las últimas horas de un noviembre demasiado insomne en el que hasta las palomitas de microondas me han hecho pensar. Mi última reflexión antes de cerrar los ojos es que ningún día es del todo malo, y con eso me conformo. Me tranquiliza que llegue por fin diciembre, aunque solo se nota en el cambio del ticket mensual del metro, ya que la gente aún no se ha decidido a llevar abrigo.

 
5 comentarios

Publicado por en 2 de diciembre de 2011 en El viaje del elefante, Elefantes

 

Etiquetas: , , , ,