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Archivos Mensuales: octubre 2011

Adversidad

Esta mañana (aunque bien podría decir esta tarde por las horas tan intempestivas a las que he amanecido) al darme una vuelta por la cocina en busca de una excusa con forma de magdalena para poder echarme al estómago un antiinflamatorio, he centrado mis ojos en el armario de los cereales. Y de una manera sutil, pero bruta, una cifra se ha clavado en el rabillo de mi ojo y ha penetrado sin permiso hasta mi retina izquierda. La mirada ha sido de reojo. La cifra, inédita. “4.978.300 parados en España”, rezaba el titular de El Norte de Castilla del sábado 29, ayer, en una letra de cuerpo muy robusto. Era mucha la tinta que sus rotativas habían empleado para clavarnos en la frente ese número, una cifra que pesaba más que nunca sobre esas páginas de periódico, que descansaban por el esfuerzo, y con razón, sobre una de las sillas de mi cocina. Casi cinco millones de personas en nuestro país se encuentran en situación de paro. Trago saliva.

En los últimos meses, y en especial en las últimas semanas, he pronunciado tantas veces esa interrogación formada por tres de mis palabras favoritas, que al escuchármela decir esta mañana, ya no he sentido nada. ¿Qué está pasando? No lo sé. No lo quiero pensar, a la vez que siento un deseo profundo de no dejar de darle vueltas a la cuestión. ¿Qué estamos haciendo con el mundo? ¿Es nuestra culpa? ¿Es, acaso, algo justificable?

La semana pasada viví algo parecido con otra cifra, otro número, otra realidad. Pero esta no estaba en negrita, sino en letra cuerpo diez, doce si me apuras, y escrita solo por personas que buscan la raíz de las cosas. No lo vi en las portadas de los periódicos, no lo vi en los informativos y no lo escuché en ningún boletín. Pero me enteré, porque quise enterarme, de que (tomen asiento antes) mil millones de personas en nuestro mundo (sí, en este), no tienen nada que echarse a la boca y, lo que es peor, no tienen consuelo (esto último nadie había querido relatarlo). Una de cada seis personas, sí, una de cada seis personas en el mundo pasa hambre. Hambre. Hambre. Ese dato no aparecía en negrita, no estaban las hojas empapadas de tinta por ese número, no manchaba nuestros dedos de negro esa desgracia. No nos mancha los dedos y no nos mancha la conciencia. ¿Por qué? ¿En qué momento llegamos a esto? ¿En qué momento llegamos a que el paro apareciera cada día en la prensa y no nos llamara la atención? ¿En qué momento llegamos a convertirnos en personas con un nivel tal de deshumanidad que nos permite ver asesinatos en diferido y no sentir ni una punzada en el corazón? ¿En qué momento dejó de importar que no todos comemos cada día, que no todos soñamos cada día? No dejo de preguntármelo, y en los periódicos nunca encuentro respuesta.

Creo que me estoy haciendo mayor, pero no me estoy dando cuenta. Me lo están diciendo los demás. Me preguntan que qué prefiero, si orla clásica o apergaminada. Si foto con birrete, orlete infantil o foto de grupo. ¿Qué son todas esas preguntas? En el colegio nunca me enseñaron a tratar con esas palabras. Birrete. Pergamino. Orlete. Claro, que tampoco me enseñaron lo que significaba paro, ni hambre, ni tirano. Ni tregua. No me enseñaron que esas palabras podían cambiar de significado con el paso de los años. No me dijeron que el diccionario iba a ser tan necesario. Acudo todos los días a él, busco con ansia entre sus páginas dónde está escrito que el hambre es algo natural e inevitable. Pero no lo pone. No pone en ningún sitio que la televisión sea un escenario de crímenes. Nunca he leído en la definición de paro que este pudiera enfermar a tanta gente.

Abro el periódico y me encuentro otro titular. “Sonrisas frente a la adversidad”.

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Publicado por en 30 de octubre de 2011 en Platos preparados

 

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Elefantes

Amanece en Chamartín a las ocho y diez. Atrás queda una ciudad ni muy grande ni muy pequeña que ha sido testigo de los veinte primeros años de su vida. Con ella viajan decenas de ejecutivos que apuran los últimos minutos de sueño y, por primera vez, el camino de ida se le hace corto. En realidad, son 55 minutos de esos pensamientos entrecruzados que le atacan a todas horas. ¿Será este el mejor momento para marcharse?

Los primeros rayos de sol le impiden alcanzar respuestas. El cielo adquiere unos colores que no se deciden entre el azul y el naranja a la altura del día en que el tren se detiene.  Son las 8:12 horas, pero solo están despiertos la radio y ella. Con el sueño cerrándole los párpados, agarra su maleta y abandona el vagón. Sus compañeros de viaje, mientras tanto, echan a correr sin mirar atrás, pero ella camina despacio, buscando con desgana en su bolso el ticket de metro. El día vuelve a oscurecerse cuando se entrega a los vaivenes del metro. Se permite disfrutar durante unos segundos de un largo suspiro, aunque no se imagina lo que ese pequeño papel llegará a significar. Lo introduce en la máquina. Ya está.

He llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan,
he crecido en La Habana, he sido un paria en París.
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid.

Registrado en: Metro Chamartín.

 
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Publicado por en 26 de octubre de 2011 en El viaje del elefante, Elefantes

 

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